Es posible que la paciencia se me esté acabando. Si os gusta la política tanto como a mí, y la seguís diariamente, quizá os esté pasando algo parecido estas últimas semanas. Puede que os venga ocurriendo años, y que sea yo el que ha llegado tarde al hastío absoluto. El caso es que he caído en un pozo profundo de rabia y pena, y voy a dedicar estas líneas a analizar qué es exactamente lo que provoca en mí estos sentimientos. Podríamos decir que es una confesión ante una pantalla, a través de un teclado.

Al principio, cuando escuché la historia del pequeño Álex, asesinado por un criminal reincidente que había cumplido su pena y procedido a reinsertarse en la sociedad (a la vista está que con poco tino), simplemente pensé que la justicia y el sistema penitenciario habían fallado a los españoles. Me enervé y me senté a escribir un artículo sobre lo mucho que me enfadaba que las leyes estuviesen tan mal planteadas y apostasen tan poco por nuestra seguridad, y tiré de ironía para reseñar lo bien que votaban los ciudadanos. Luego me enteré de que el criminal, de apellido Almeida, ya llevaba tiempo atemorizando a los vecinos con intentos de rapto de sus hijas, y tratando de convencer a las niñas para que subiesen a su casa. Se había denunciado sin ningún éxito. Nadie se había hecho cargo.

“el criminal, de apellido Almeida, ya llevaba tiempo atemorizando a los vecinos con intentos de rapto de sus hijas”

Ahí, mi opinión cambió. Borré el artículo anterior y pensé en escribir otro con mi segunda impresión, pero me di cuenta de que volvía a caer en lo mismo: analizarlo todo con la herida todavía abierta y sin comprender nada. Podía vomitar bilis contra los policías que no atendieron bien a los vecinos de la zona, contra los políticos o contra quien quisiera. El caso era que, escribiese lo que escribiese, no me sentía conforme con el resultado. Al texto le faltaba algo y no me sentía representado por mis propias frases. Hoy he comprendido qué era lo que me pasaba: lo que me molesta en realidad es que todo lo que está pasando esta semana da igual.

Perdonad que sea tan crudo, pero es la verdad. Da lo mismo lo que ocurra. Día tras día mueren mujeres en España, y nadie le pide explicaciones al ministerio de Igualdad y a ese supuesto gobierno feminista (el anterior también se sentía “feminista” a su manera, no tiene nada que ver con el signo político). Los crímenes homófobos y racistas siguen sucediendo y, mientras repiten que todo se va a solucionar, nos bañan con excusas. Y la gente traga y sigue caminando. Nunca hay un “hasta aquí” en el mundo de la política. Nunca llega.

“Nunca hay un “hasta aquí” en el mundo de la política”

Por si alguien no lo entiende, me da igual que sea este gobierno u otro. El problema es la incongruencia del ciudadano medio, que se escandaliza mucho pero recuerda poco. Hoy es el asesinato de un niño el que nos conmueve; mañana quizá sea la falta de recursos de un barrio de Zaragoza, como ayer era el volcán de la Palma. El caso es que, sea lo que sea lo que nos toca el corazón, no se refleja en medidas reales. El español medio se contenta con llorar y patalear, montar cuatro manifestaciones e irse a casa. Debatimos unos cuantos días sobre la prisión permanente revisable, decimos lo malísimo que es el personaje de turno y lo urgente que es un cambio y, cuando mañana aparezca el siguiente escándalo, se nos olvida la acalorada discusión sobre Derecho Penal y garantías del reo de la jornada pasada.

Nuestro problema es una absoluta falta de exigencia con nosotros mismos y con nuestros representantes públicos. Es increíble que no ardan las calles ante el hecho de que España permitió que un asesino volviese a matar. ¿Acaso no entendemos la gravedad del asunto? ¿No nos hemos dado cuenta de que es posible que vivamos rodeados de antiguos criminales? Si no le podemos exigir a nuestro país que aleje a nuestros hijos de un degenerado, no sé cómo es posible que la nación española sigue en pie. Si ni siquiera podemos saber si, a escasos metros del hogar de nuestra familia, vive un asesino de niños, acechando a la espera de poder saciar lo que le nace de ese cerebro carcomido por la inmundicia, no sé de qué vale todo este armatoste de dimensiones cósmicas que llamamos Estado de Bienestar.

“Si no le podemos exigir a nuestro país que aleje a nuestros hijos de un degenerado, no sé cómo es posible que la nación española sigue en pie”

La culpa no es de nadie y, al mismo tiempo, es de todos. Que no seamos capaces de unirnos ni para exigir que los niños tengan más derechos que los pedófilos, y que el derecho a salir a la calle sin miedo de los primeros esté por encima del derecho de los segundos a reinsertarse en la sociedad, no sé exactamente para qué vale que compartamos unas fronteras y una cultura. Pero, como siempre, no pasará absolutamente nada. Esto será una anécdota más, un caso más de “estaba fichado como delincuente peligroso y ha vuelto a matar a alguien”. No sé si el problema lo tienen los policías, capaces de escuchar las habladurías de la gente de la zona sobre un hombre acechando a niñas y dormir tranquilos esa noche; o si la tienen los políticos, con el estómago suficiente como para quitarse la culpa de encima y decir que la cosa no van con ellos. Decía Marlaska que todo se hizo de acuerdo con la ley. Pues la ley debe ser una basura, porque quienes han actuado conforme a ella cargan con la muerte de un niño a sus espaldas.

“como siempre, no pasará absolutamente nada”

Lo peor es que este escándalo no tendrá ningún reflejo en las urnas, como tampoco lo han tenido muchos otros, con gobiernos azules y rojos por igual. A la hora de votar, los españoles fieros, duros y valientes se convierten en mansos corderitos. Vamos al colegio electoral con indiferencia y muchos pasan siquiera de dejar su voto en una urna, porque “todos son iguales”. Tenemos mucho tiempo para sentarnos en una barra de bar, con una cerveza tras otra, a dar cátedra sobre lo que debería cambiar en este país, pero muy poco para descubrir exactamente, entre las miles de opciones realmente existentes, si acaso no hay alguna formación capaz de hacerlo aunque sea un poco mejor que los que están (o los que estuvieron).

Esto volverá a pasar. Y, si no es esto, algo muy similar. Y ocurrirá una y otra vez, porque forma parte del ciclo de la indignación al que estamos abonados. Nos sentamos delante de la televisión a la hora de cenar, el telediario nos regala una sucesión de noticias terribles y, como si fuésemos héroes desde el salón, le echamos la culpa a alguien o explicamos la solución que se nos ocurre, entre bocado y bocado. Pero, a la hora de la verdad, todo nos da igual. Nada es suficientemente grave como para que se nos haga imposible seguir viviendo así.

Lo siento, Álex.

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