Inés Arrimadas ha decidido salir a jugar. Ciudadanos empezaba a remontar levemente en las encuestas gracias a su pacifismo en la crisis del coronavirus. Tirar cohetes por defender diez escaños no era lo idóneo, pero hasta tal punto llegó la decadencia naranja. Y en esa partida ya iniciada, la líder de la formación ha optado por ponerse el brazalete de capitana en busca de un impulso. Puede salir fatal y abocar al grupo mixto o, por el contrario, detonar la explosión para recuperar la esencia que llevó a Ciudadanos a ser la máxima representación de la nueva política.

«Albert Rivera ya es pasado. Lo es Villegas, Girauta y, desafortunadamente para todos, De Páramo, uno de los grandes diamantes que tenía el partido en sus filas»

Albert Rivera ya es pasado. Lo es Villegas, Girauta y, desafortunadamente para todos, De Páramo, uno de los grandes diamantes que tenía el partido en sus filas. Esa idea debe quedar bien clara, sobre todo a aquellos que en su día criticaban a Rivera y que, repentinamente, comenzaron a elogiarle cuando el cadáver estaba fresco. Pese a todo, el riverismo siempre pervivirá en Arrimadas y el núcleo duro, pero en su versión inicial de referencia centrista y no en el del ataque al sanchismo. Ahora, si Ciudadanos quiere tomar el rumbo que definían sus principios, el pacto con el Gobierno es el único camino. Es una obligación no dejarse guiar por aquellos que ya se alejaron del partido cuando Rivera y cuya única aspiración es la conversión en ultraconservadores, tanto del PP como del propio Ciudadanos. ¿O acaso les beneficia en algo hacerle el vacío al partido con más votos?

La derecha más alterada ya tiene representación en VOX, y lo más probable es que cada vez menos porque hasta la constante exageración agota al que ya de por sí está cansado. El PP, como figura del bipartidismo, sale beneficiado de la crisis y aún sueña con que el español medio le vote en unas nuevas elecciones por el simple hecho de cambiar la confianza depositada anteriormente en un -ahora- fracasado Pedro Sánchez. Y, el PSOE, intentando abarcar todo el espacio de centro, izquierda y más izquierda a la izquierda. En medio de tal mercadillo ideológico se tiene que hacer un hueco el nuevo Ciudadanos y su única herramienta es la de la oposición dura a la par que la colaboración fría pero útil.

«El objetivo debe ser claro: hacer entender al electorado que repudiar a Sánchez y su carácter ‘redondista’ no es incompatible con apoyar al Gobierno a cambio de algo en un momento de máxima debilidad»

Es una estrategia complicada. Muy arriesgada. La comunicación ya les costó el tropiezo en las últimas elecciones, por lo que en esta ocasión deben activar ese frente para ganar la batalla del relato político. El objetivo debe ser claro: hacer entender al electorado que repudiar a Sánchez y su carácter ‘redondista’ no es incompatible con apoyar al Gobierno a cambio de algo en un momento de máxima debilidad. Los y políticos que en su día llamaron fascistas, extrema derecha y muchos descalificativos más a la agrupación de Arrimadas, se van a ver obligados a cambiar el discurso para validar el acuerdo alcanzado por los socialistas. ¡Ciudadanos va a contar con el respaldo de los medios! Un milagro que depara una oportunidad de oro.

Es innegable que el PSOE de Sánchez vendería hasta a su fundador con tal de un sillón, pero igualmente lo es que si Ciudadanos no saca rédito de esto lo hará ERC o cualquier otro partido cuyo interés sobre España se reduce al dinero que les van a destinar. Mientras VOX proponía al Gobierno una dimisión en bloque para elaborar un otro de concentración (en plena pandemia), Ciudadanos obligó al Ejecutivo a eximir a autónomos y pymes de la próxima liquidación trimestral.

«Mientras el PP se ponía de perfil barajando una abstención simbólica e inútil, o un voto negativo sin negociar una alternativa, Ciudadanos ha conseguido lo que el PP quería y más»

Mientras el PP se ponía de perfil barajando una abstención simbólica e inútil, o un voto negativo sin negociar una alternativa, Ciudadanos ha conseguido lo que el PP quería y más. A partir de ahora el Gobierno informará a la formación naranja cada semana, les convierte en socio prioritario y extenderá las ayudas económicas más allá del Estado de Alarma por petición de Arrimadas. Al fin y al cabo, han hecho política. Y, encima, han roto la tregua que existía entre Gobierno y partidos nacionalistas, que campaban hasta el momento a sus anchas en el horizonte del diablo sanchista.

La estrategia parece buena, pero sin la comunicación y la posterior escenografía no servirá de nada y, entonces, su fin estará más cerca que nunca. Desde este instante Ciudadanos entra en un nuevo nivel. Tienen que apretar al Gobierno, que exigir y, si es posible, tensionar hasta el punto de hacer públicos los desencuentros que caracterizan al actual Consejo de Ministros.

En su mano está retratar al sanchismo, que no ha hablado con la formación hasta que no han estado al borde del abismo. Es el momento perfecto para recuperar la esencia del centro, de partido de Estado y de renovación democrática. Justo mediante la política más alejada de la agresividad voxista, el populismo podemita o la bipolaridad popular. Y, sobre todo, de la vil traición del sanchismo que lograron esconder a los electores y que se ha adueñado del relato político de España. Alcanzando este tipo de acuerdos hay vía libre para la crítica. Lastra, José Zaragoza y los demás representantes de la figura de la hiena del PSOE no tendrán una base mínimamente lógica para atacar a los naranjas, pero estos sí podrán hacerlo justificando su apoyo en el bien de los españoles.

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