No hay muchas reglas fijas en política. Eso es algo que le he leído a no poca gente precisamente y, con el tiempo, se ha convertido en una verdad incuestionable para mí. En la discusión pública hay tantos matices (y tanta voluntad de tenerlos, para qué mentir) que resulta difícil encontrar algo que nadie haya dicho todavía. Tampoco se puede negar que la dificultad de ser novedoso solo es equiparable a la facilidad a la hora de herir sensibilidades. Basta tocar algunos temas para entrar en una guerra dialéctica. Hoy entro de lleno en uno de ellos y lo hago, además, en mi presentación en este medio.

Para no pisar minas desde el principio, me voy a desprender de algunas cortapisas habituales a la hora de hablar de idiomas. No me interesa si las lenguas regionales españolas son dialectos o no, cuál es su historia o si una es más hablada que la otra. Son asuntos muy interesantes, pero bastante inútiles si se trata de valorar una herramienta comunicativa. Tampoco vengo a negar el enorme bagaje cultural que encierra saber más idiomas.

«resulta difícil encontrar algo que nadie haya dicho todavía»

Pinker decía en su libro La tabla rasa que la cuestión con la enseñanza no suele estar en si merece la pena saber algo, sino en si merece la pena saber ese algo en detrimento del conocimiento sobre otro asunto. Dicho de otra manera, el problema cuando diseñas un currículum educativo no radica en seleccionar la única serie de materias que es importante, despachando el resto como irrelevantes, sino en priorizar. El alumno dispone de unas horas limitadas en el aula, y el deber del Estado sería proporcionarle el mejor saber disponible para la era actual.

Por tanto, un buen legislador en educación (no pretendo dar cátedra en esta materia, me limitaré a señalar una obviedad) debería estar muy preocupado por conocer cómo es el mundo hoy y, por supuesto, cómo será cuando sus estudiantes se incorporen al mercado de trabajo. Todos convendremos en que la época que nos ha tocado vivir es poco romántica: todo ocurre muy deprisa, el mercado laboral es realmente exigente, las innovaciones se suceden a cada segundo, la información de calidad escasea pese a disponer de acceso a la red y, por encima de todo, Europa es un actor geopolítico (con suerte) de segunda categoría.

«la época que nos ha tocado vivir es poco romántica: todo ocurre muy deprisa»

No pretendo venderos que no merece la pena saber catalán porque tenemos poco conocimiento de inglés, pues eso sería una suerte de intercambio que no llevaría a nada más que a crispación. Lo que quiero plantear es si la idea de invertir recursos y tiempo en preservar la cultura de una región concreta de España, en una época en la que Europa va a suponer menos del 10% del PIB mundial, tiene algún sentido. Sé que es una pregunta difícil de asumir, porque no hay nada que enorgullezca más a una persona que sus tradiciones, pero es una cuestión que puede que merezca la pena plantearse más a menudo.

Por supuesto, el problema no está solo en la educación. Si soy sincero, ni siquiera me parece que esté principalmente en ella. Uno se plantea qué es lo que aporta exactamente, en un mundo globalizado, mantener dos denominaciones para una misma ciudad, tener que emitir los comunicados, repartir las circulares o dar las noticias en una pluralidad de idiomas. Puede que suene a tópico, pero cabe preguntarse si no tendría más lógica aprender a comunicarnos con un ciudadano chino que encontrar otra forma nueva de mantener una conversación con alguien con quien ya podíamos hablar desde el principio.

«Uno se plantea qué es lo que aporta exactamente, en un mundo globalizado, mantener dos denominaciones para una misma ciudad»

No se trata de eliminar la riqueza idiomática española. Ésta puede seguir existiendo, mientras resulte una prioridad para la población de las zonas que tienen la suerte de compartir ese pedazo de cultura. Hemos visto miles de intentos de recuperar un sentimiento patriótico, reivindicando y obligando a los niños a aprender una lengua que en su casa no conocen, que sus amigos no hablan y que en la calle no tiene reflejo alguno. Quien haya vivido en Valencia y paseado por su capital lo sabe. El valenciano ni está ni se le espera. Con el corazón en la mano, aún espero cruzarme con alguien que tenga el valor de decirme que no era, cuando estudiaba castellano, valenciano e inglés, la asignatura de letras de tercera categoría.

Si hay alguien que ha entendido esto es, precisamente, el político catalán. En Cataluña, el alumno medio tiene que enfrentarse al catalán como lengua vehicular de la enseñanza. El gobierno de Montilla mantuvo este modelo de inmersión lingüística, defendido a capa y espada por su ejecutivo pero no aplicado en el caso particular de sus propios vástagos, a quienes parece que la enseñanza en alemán les resulta más provechosa que el modelo de papá. Que levante la mano quien se sorprenda de la utilidad superior de aprender un idioma como el alemán.

«El gobierno de Montilla mantuvo este modelo de inmersión lingüística, pero no aplicado en el caso particular de sus propios vástagos»

Es gracioso leer, en la biografía del ex presidente, las siguientes palabras de su mujer: “Los niños saldrán de allí dominando perfectamente el alemán y el inglés. Es una maravilla. Sólo por saber alemán ya encontrarán trabajo. Es como tener una carrera”. Abundan los defensores del estupendo sistema de inmersión lingüística que, lastimosamente, no han tenido otro remedio que pagar cifras astronómicas para salvar a sus hijos de él. Supongo que será una cuestión de altruismo, castigándose con el conocimiento de francés o alemán, en lugar de poder disfrutar del peso específico a nivel mundial y de las oportunidades de empleo que te ofrecen el euskera, el catalán, el valenciano o el gallego.

Como espécimen pluscuamperfecto del hijo de la escuela pública española tenemos a quien opina que deberíamos saber todas las lenguas regionales de España. No me parece una mala empresa, pero ofrezcan a la gente la libertad de no embarcarse en ella. Más que nada porque, en términos de utilidad, saber valenciano, gallego, catalán, euskera o incluso andalú amplía tus posibilidades de comunicación de cuarenta y siete millones de personas a cuarenta y siete millones de personas. No soy defensor ni siquiera de esa posibilidad (me parece una pretensión absurda), pero cuesta que no dé la risa al comparar a ese supuesto alumno políglota con uno que conozca, aparte del castellano, inglés, chino, árabe y ruso. Y me sobra un hueco para que una institución ocupe el hueco del Institutó del Andalú y nos obsequie con más posibilidades comunicativas.

«tenemos a quien opina que deberíamos saber todas las lenguas regionales de España»

Que nadie me malinterprete. No pretendo dar a entender que toda la cultura que tenemos sea prescindible por el mero hecho de que el planeta lo habiten ocho mil millones de personas y tengamos poco tiempo para dedicárselo a las particularidades de cada territorio. Lo que pretendo dar a entender es que, igual que hay tradiciones que se sustentan por una voluntad consciente y pasional de la población, como las Fallas en Valencia o la Semana Santa en buena parte del territorio nacional, puede que haya manifestaciones culturales cuya preservación no se deba priorizar. Las lenguas son instrumentos comunicativos que, en su origen, sirvieron a un territorio concreto y por eso se asentaron. No lo hicieron porque fuesen punta de lanza de un proyecto político, o por patriotismo. La cultura de cada parte del planeta no es decidida por un burócrata, ni es un esfuerzo consciente de la población por diferenciarse maniáticamente del resto de zonas. Está mucho más cerca de ser consecuencia del desarrollo histórico, social y económico que de una voluntad pura.

Precisamente por eso, quienes creemos que no hace falta ametrallar a nuestros niños con una lengua que descubrirán por primera vez en el colegio, y que no será para ellos más que un quebradero de cabeza, no somos opositores del resto de los españoles. Solo somos conscientes de que despertar el deseo de un alumno de aprender inglés será más sencillo, cuando quiera investigar sobre cualquier asunto que le interese, que motivarlo para aprender una lengua que (como en el caso del valenciano) no encontrará reflejo en su vida diaria. No la necesitará para aprender sobre política, religión, tecnología, biología, física, matemáticas o geografía. La usará como trámite para superar cursos, igual que muchos políticos la utilizarán como arma arrojadiza para despertar el sentimiento nacionalista.

La cuestión siempre acaba siendo la misma. Agitar ficciones para despertar pasiones.

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