Hace unas semanas, Daniel Ortega anunció: “Aquí no volverá a haber más elecciones para que ellos [la oposición] intenten atrapar el gobierno, atrapar el poder”. Con unas pocas frases el mandatorio ponía el último clavo en el ataúd de la democracia. Nicaragua culmina su transición al autoritarismo. Y como siempre que oigo alguna noticia del pequeño país centroamericano, me acuerdo de M…, mi canguro.
Cuidó mucho de mí entre los cuatro y los siete. Era y es una persona increíble, con un amor sin límites por los niños y un gran sentido de la justicia. La he visto convertirse en profesora de educación especial –como siempre quiso– y dos veces en madre. Si me recuerda a Nicaragua es porque en los veranos solía marchar allí para ayudar a niños en aldeas y zonas pobres.
«Daniel Ortega anunció: “Aquí no volverá a haber más elecciones para que ellos [la oposición] intenten atrapar el gobierno, atrapar el poder”»
Entre cuentos, leyendas del mundo y recortables de papel, de vez en cuando, contestaba mis preguntas sobre Nicaragua, ese país lejano que me la robaba de junio a septiembre. Siempre le digo que fue ella quien despertó mi interés en la geopolítica.
No es ninguna exageración. Mi primer bosquejo de qué era una dictadura y una democracia lo tuve a través de ella. Por supuesto, nunca usó palabras complicadas. Me contó que en Nicaragua habían mandado unos señores muy malos y crueles. Años después, supe que se refería a los Somoza. Me los imaginaba yo como los reyes malvados que había en otros de los cuentos que me leía.
«Como tanta gente, dentro y fuera de Nicaragua, mi canguro vio en Daniel Ortega a un revolucionario comprometido»
Los habían echado otras personas mejores. Nunca me dio el nombre, pero evidentemente, hablaba de los sandinistas. Pero mucha gente de allí seguía pasándolo mal. Por eso tenía que cruzar el Atlántico para echar una mano.
Como tanta gente, dentro y fuera de Nicaragua, mi canguro vio en Daniel Ortega a un revolucionario comprometido. No acierto a imaginar hasta qué punto estará hoy decepcionada con una persona a quien tanto admiró en su juventud. Y es que, si uno lo piensa, pocas personas ejemplifican tanto la corrupción de un idealista.
«pocas personas ejemplifican tanto la corrupción de un idealista»
Muchos revolucionarios, Fidel Castro, sin ir más lejos, han recitado como nadie sonoros discursos engrandeciendo la libertad, la igualdad y la justicia. Pero, en cuanto alcanzaron el poder, dejaron muy claro, con sus actos, hasta qué punto se negaban a cederlo y cuán brutales podían ser con cualquier disidente o con quien simplemente, con motivo o sin él, hubiese perdido su confianza.
Ortega, no. Cuando tocó a su fin la dictadura del clan Somoza, quienes trataron Nicaragua casi como una finca particular, se formó una junta de transición. Poco después en 1985, Ortega se hizo con la presidencia. Gobernó con aciertos y errores. Cuando perdió las elecciones en 1990, entregó el poder sin oponer resistencia alguna. Hoy eso parece increíble.
«en 1985, Ortega se hizo con la presidencia. […] Cuando perdió las elecciones en 1990, entregó el poder»
Después de su regreso a la presidencia en las elecciones de 2007, el mandatario empezó a deslizarse por la pendiente del autoritarismo, cada vez con menos disimulo. En las sucesivas elecciones se evidenció su desprecio por las reglas del juego democrático. En las últimas, las de 2022, literalmente impidió presentarse a sus rivales o directamente los encarceló.
Hanna Arendt escribió que no hay mejor termómetro para medir el avance del totalitarismo que la facilidad con la que un gobierno despoja de la ciudadanía. Desde 2023, más de 452 opositores se han convertido en apátridas por voluntad de Ortega. Políticos destacados, intelectuales, escritores, el clero católico… Cualquier puede ser un objetivo a abatir, por una gobernanza cada vez más errática.
«Después de su regreso a la presidencia en las elecciones de 2007, el mandatario empezó a deslizarse por la pendiente del autoritarismo»
La conversión de Nicaragua en un Estado policial ha terminado de hundir su maltrecha economía espantando a la inversión. Las nacionalizaciones no ayudan. La pobreza no deja de crecer. La oferta China para hacer un segundo canal de Panamá no acaba de concretarse.
A partir de las elecciones de 2017, Ortega convirtió a su esposa en vicepresidenta. Como primera dama, la influencia de Rosario Murillo ya era más que notoria y no siempre para bien. Aunque es imposible investigar su veracidad, pesan sobre ella numerosas sospechas de corrupción para provecho del clan familiar Ortega-Murillo.
«La conversión de Nicaragua en un Estado policial ha terminado de hundir su maltrecha economía»
El pasado 18 de febrero, entró en vigor una reforma constitucional que transformó la vicepresidencia en una copresidencia. Oficialmente, Nicaragua ahora es uno de esos raros casos de diarquía, donde dos personas ejercen conjuntamente la Jefatura de Estado y gobierno. Quitando algunos casos simbólicos, como el rol de la reina madre en Esuatini (Suazilandia) o los copríncipes andorranos, creo que únicamente en San Marino existe también una diarquía efectiva.
La reforma no hace sino oficializar el poder de Rosario Murillo. Aunque a sus 75 años no es ninguna jovenzuela, lleva la edad mejor que su esposo. Las estridencias públicas del octogenario Ortega esbozan un proceso degradación neurológica que su entorno se esmera en ocultar. Cada vez necesita apoyarse más en su cónyuge y su entorno.
«A partir de las elecciones de 2017, Ortega convirtió a su esposa en vicepresidenta»
Entristece ver a algunos izquierdistas hispanoamericanos y españoles apelar a la edad de Ortega, para justificar su conducta. El mandatario no es ninguna víctima explotada por su cónyuge y sus acólitos. Aunque vaya perdiendo sus facultades, sin duda, ha sido su voluntad la que ha arrastrado a Nicaragua hacia una nueva dictadura.
No termina ahí la defensa que algunos iluminados pretenden hacer de Ortega y Murillo. En las redes no pocos repiten que la copresidencia goza de una altísima popularidad, más de un 80%. Deben de saberlo por la gran facilidad que hay para hacer sondeos de opinión bajo un gobierno autocrático.
«El pasado 18 de febrero, entró en vigor una reforma constitucional que transformó la vicepresidencia en una copresidencia»
Desconozco qué línea de razonamiento permite a alguien deducir que, si un mandatario es muy popular, no hay problema en cancelar las elecciones a perpetuidad. Todos sabemos que la popularidad de los políticos nunca varía ¿verdad? También se me escapa qué miedo pueden tener Ortega y Murillo a poner urnas si tan altísima es su aprobación pública.
¿Qué futuro le espera a Nicaragua? La verdad es que no podemos estar seguros, pero la intención de Ortega no se limita a las presidenciales. No quiere más elecciones legislativas ni municipales. En estos momentos, la Asamblea Nacional ya trabaja en una reforma constitucional en ese sentido. Ahora bien, quedan muchos interrogantes…
«la Asamblea Nacional ya trabaja en una reforma constitucional»
Todos los seres humanos, incluso los peores, se aquejan de mortalidad. ¿Qué pasará cuando fallezca un copresidente, un alcalde o un diputado? Sólo podemos especular, pero la apuesta más sólida sobre la mesa es que el pluralismo formal desaparecerá.
Hoy, en la Asamblea Nacional existen cinco partidos, el Frente Sandinista ostenta una super mayoría, 76 diputados de 90. Los otros cuatro, además de testimoniales, en la práctica siempre apoyan a Ortega. Lo mismo ocurre en las municipalidades. Como primer paso, más plausible, el régimen se reorganizará en un sistema de partido único. A la larga sí habrá elecciones –al menos legislativas y quizás municipales– pero con una lista única.
«Como primer paso, más plausible, el régimen se reorganizará en un sistema de partido único»
La copresidencia, probablemente, sólo se votará cuando fallezca uno de los titulares y quizás no directamente, sino a través de algún colegio electoral o del propio parlamento. Parece probable que la Jefatura de Estado degenere en un gobierno dinástico encubierto. Se apunta a alguno de los siete hijos de Daniel y Rosario como posibles sucesores. Si esto ocurre, el antiguo revolucionario habrá superado a los Somoza en su propio juego.










