“Había una vez, en una pequeña isla en medio del río Loira, un niño llamado Julio que miraba los barcos partir hacia el horizonte con los ojos llenos de preguntas. Mientras su padre, un serio abogado de Nantes, soñaba con que su hijo heredara sus códigos y leyes, Julio prefería escuchar el crujido de los mástiles y el lenguaje del viento.

Se cuenta que, a los once años, movido por un amor de juventud, el pequeño Julio intentó escapar como polizón en un gran velero rumbo a la India. Su padre lo atrapó justo a tiempo y, tras el regaño, le hizo prometer que, de ahora en adelante, “solo viajaría en su imaginación”. Julio cumplió la promesa, pero lo hizo con tanta fuerza que terminó arrastrando al mundo entero con él.

Ya de joven en París, entre el hambre de los artistas y el humo de las bibliotecas, Julio decidió que no sería abogado. Prefería ser un cartógrafo de lo invisible. Se pasaba las horas estudiando geografía, ingeniería y astronomía, convencido de que la ciencia era la verdadera magia de su siglo. Así, conoció a un editor llamado Hetzel, quien vio en los manuscritos de Julio algo que nadie había hecho antes: el futuro.

De su pluma brotaron máquinas que aún no existían. Inventó submarinos maravillosos antes de que los océanos fueran conquistados; llevó a sus lectores al centro de la Tierra cuando el subsuelo era un misterio absoluto; y diseñó un proyectil que apuntaba a las estrellas antes de que el hombre supiera volar.

Y esta es la historia que hoy os cuento: la del “primer” viaje a la luna”

De la Ficción de Verne a la Realidad de la NASA

Cuando Julio Verne (1828-1905) publicó “De la Tierra a la Luna” en 1865, el mundo todavía se movía a caballo y el vapor era la cima de la tecnología. Para el lector de la época, la Luna era un símbolo romántico o un misterio teológico, pero Verne decidió tratarla como un problema de ingeniería. A través de su estilo característico de «novela científica», no solo entretuvo, sino que proyectó una sombra tan larga que alcanzó a los ingenieros que, cien años después, harían realidad el sueño.

La gran diferencia conceptual reside en cómo salir de nuestro planeta. Verne, influenciado por su época, recurrió a la balística; es decir, el estudio del comportamiento y efectos de los proyectiles desde el disparo hasta el impacto. Su cohete espacial era en realidad una bala de cañón de aluminio disparada por un gigantesco cañón de hierro fundido enterrado en el suelo. En su visión, toda la energía necesaria se entregaba en una explosión inicial.

La realidad del programa Apollo (1961-1972) fue distinta por pura necesidad física: en lugar de un disparo violento que habría desintegrado a cualquier ser vivo por la fuerza de gravedad instantánea, se utilizó la propulsión por etapas. El cohete Saturno V funcionaba como una serie de empujes graduales que permitían a los astronautas sobrevivir a la aceleración, una tecnología de motores de combustión líquida que en tiempos de Verne ni siquiera era un boceto.

Lo que resulta casi profético es la elección del lugar. Verne razonó que, para aprovechar la velocidad de rotación de la Tierra, el lanzamiento debía ocurrir lo más cerca posible del ecuador. Tras un debate ficticio entre Texas y Florida, el autor eligió Tampa, en el estado de Florida. Curiosamente, la NASA seleccionó Cabo Cañaveral, en el mismo estado, por las mismas razones físicas y la ventaja de tener el océano al este para las caídas de escombros.

Incluso el factor humano muestra una simetría asombrosa. Verne decidió que su tripulación ideal la formaran tres hombres (Barbican, Nicholl y Michel Ardan), exactamente el mismo número de astronautas que viajaron en el módulo de mando de las misiones Apollo. Es curioso pensar que Verne visualizó una cabina de aluminio —un metal que en 1865 era tan caro y exótico como el oro— prediciendo que la ligereza sería la clave de la aeronáutica moderna.

La Percepción del Espacio: El Vacío y la Caída Libre

Donde Verne y la realidad de los años 60 divergen más es en la experiencia del viaje. En la novela, los protagonistas solo experimentan ingravidez en el punto exacto donde las gravedades de la Tierra y la Luna se equilibran. Durante el resto del trayecto, caminan por el suelo del proyectil como si estuvieran en casa.

Hoy sabemos, gracias a los testimonios de los astronautas reales, que la ingravidez es constante desde que se apagan los motores en órbita. Sin embargo, Verne acertó en el desenlace: el amerizaje. Tanto el proyectil de ficción como la cápsula de la NASA regresaron a la Tierra cayendo en el Océano Pacífico, siendo rescatados por barcos de la marina, cerrando así un círculo de intuición literaria que tardó un siglo en completarse.

Para Verne, la conquista de la Luna era la culminación de la audacia humana y el triunfo de la matemática sobre lo imposible. Para el mundo de 1969, fue un hito geopolítico y técnico. Pero en ambos casos, el sentimiento de aquel que miraba hacia arriba era el mismo: la comprensión de que la Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna para siempre.

Hoy nos encontramos frente a un nuevo viaje a la luna tras más de cincuenta años y la tecnología espacial es casi la misma. Reconozco que yo fui una de esas personas que, exactamente, a las 00:35 horas del 2 de abril (hora española), encontrándome de viaje de regreso a casa, pude ver el despegue en directo junto a otros millones de personas de todo el mundo. La conquista del espacio es una idea imperecedera, más por soñadores de ciencia, que por quienes intentan obtener otros beneficios.

El último viaje, a bordo del Artemis II, los astronautas Wiseman, Glover, Koch y Hansen, volvieron a hacer historia y demostraron que la ciencia-ficción no es solo un género literario, es una visión de futuro.

Como siempre, espero que les haya gustado este artículo y les invito a introducirse en la obra de Verne más allá de “La vuelta al mundo en 80 días” o “Viaje al centro de la tierra”. Así mismo, si quieren descubrir nuevos autores que les hagan pensar y viajar, les recomiendo a Arthur C. Clarke, autor muy similar a Verne en el uso de la técnica y la ciencia para la exposición de la trama; a K. Dick cuyas tramas exploran la realidad desde otros puntos de vista; y, por supuesto, Isaac Asimov cuyo universo de historias conectadas y visión futurista recomiendo.