Si hay un subgénero que ha enamorado por igual a hombres y mujeres, obreros y grandes fortunas ese es sin duda aquél que llaman “Reino perdido”. Este subgénero, a veces difícil de encasillar en otro superior, es una mezcla de fantasía, realismo mágico, ciencia-ficción e, incluso, histórico y fue, precisamente, al británico autor Henry Rider Haggard (1856 –1925) a quien se le atribuyó los inicios de este fascinante viaje literario.

“Los mundos perdidos” o “Reino perdido” es en términos literarios, toda obra que traslade al autor a un lugar desconocido por la civilización actual en la que se desarrolle la historia. Los protagonistas se embarcan en un viaje que les llevará hasta tierras lejanas, de las que poco o nada se conoce, y en ellas descubrirán pueblos olvidados con características extremas que comprometerán el mundo hasta entonces conocido. Tales son las obras como “Cinco semanas en globo” (1863) de Julio Verne (1828–1905), “La isla del tesoro” (1883) de Robert Louis Stevenson (1850–1894) o, por supuesto, “Las minas del rey salomón” (1885) de Rider Haggard.

Si bien es cierto que aparecen con anterioridad obras que podrían incluirse en este subgénero, como en el caso de “Los viajes de Gulliver”, publicada en el siglo anterior y escrita por Jonathan Swift (1667-1745); también lo es que para que no cumplía exactamente con los parámetros del género. Las historias debían tener cierta verosimilitud, los lectores tenían que creer que esas civilizaciones contadas por el autor existían en algún punto del planeta y que solo unos pocos habían tenido la oportunidad de verlas personalmente. Y, en este punto, Rider Haggard contaba con cierta ventaja y ahora sabremos por qué.

Henry Rider Haggard: Un aventurero en la vida y en la literatura

Henry Rider Haggard, nació en una familia numerosa y tradicional. Fue el octavo de diez hijos del matrimonio formado por William Haggard y Ella Doveton. La familia se caracterizaba por sus valores victorianos, una época marcada por una moral estricta, una fuerte ética de negocios y una profunda religiosidad protestante.

Desde temprana edad, Haggard mostró características que lo distinguirían en su vida: era un terrateniente con un agudo sentido para los negocios, además de poseer un carácter dominante y una personalidad extrovertida. A pesar de su inteligencia y cultura, disfrutaba de las actividades típicas de su entorno social, como los deportes y la caza, reflejando la vida de un auténtico caballero rural. Este trasfondo familiar y personal influiría en su obra literaria, en la que combinó su amor por la aventura y los paisajes exóticos con una visión del mundo arraigada en sus valores y experiencias.

El joven explorador que inspiró aventuras en el corazón de África

En 1875, un joven de apenas diecinueve años emprendió su primera expedición hacia un continente aún en gran parte inexplorado: África.

La historia comienza con Sir Henry Bulwer, un diplomático y funcionario británico que, entre paréntesis, era sobrino del famoso escritor Sir Edward George Bulwer-Lytton (1803-1873), autor de la célebre novela histórica “Los últimos días de Pompeya”. Bulwer, había sido nombrado gobernador de Natal en el sur de África en 1875 y William Haggard, amigo y vecino en Norfolk, pensó en su hijo para que lo acompañara en aquella aventura. Así fue como Henry Rider Haggard se convirtió en parte del grupo de funcionarios destinados a la región, emprendiendo su primer viaje hacia el continente africano.

Partiendo desde Inglaterra, Haggard llegó a un territorio que todavía conservaba muchas de sus incógnitas. La primera escala fue la colonia del Cabo, en lo que hoy es Sudáfrica, una región que en aquel entonces era un mosaico de dominios: británicos, alemanes y bóer (de origen holandés). Sin embargo, el escenario era aún complejo, con muchas tribus negras que mantenían cierta autonomía y que, en ocasiones, pactaban o resistían la presencia de los colonizadores blancos.

Durante su estancia en África, Haggard tuvo la oportunidad de recorrer amplias regiones del territorio. Su trabajo consistía en inspeccionar y negociar con los reyes y líderes tribales independientes, especialmente entre los zulúes, una de las culturas más conocidas y fascinantes de la región. Gracias a esta cercanía y experiencia directa, Haggard adquirió un conocimiento profundo de las costumbres, tradiciones y formas de vida de las diversas tribus africanas, además de practicar la caza mayor, actividad que enriqueció aún más su comprensión del entorno.

Ella: Una histórica más allá del mundo conocido

Cuando hablamos de Henry Rider Haggard pensamos en sus minas del rey Salomón, en ese viaje repleto de misterios y riesgos que deben superar los protagonistas, en las batallas que se desprenden de su historia, de la arqueología mostrada. Sin embargo, aunque esta obra fuera la que le abrió las puertas para dedicarse por completo al oficio de escritor, fue otra, ahora casi olvidada, la que le consagraría como tal.

“Ella” es una obra que rompe con los esquemas de la época, no solo porque choca con los principios de la época victoriana, sino porque introduce nuevas creencias que golpearán con fuerza a los conservadores lectores de su tiempo.

En esta historia, Rider Hoggard, nos narra la historia de Horace Holly, un profesor universitario que vive junto a Leo Vincey, hijo de un amigo suyo ya fallecido. Cuando Leo cumple veinticinco años, reciben un mensaje acompañado de un fragmento de cerámica antigua con inscripciones, llamado el «Sherd of Amenartas». En dicho mensaje se les invita a emprender un viaje a África relacionado con la familia de Leo y al que se suma su criado Job. Al llegar a su destino, se hacen acompañar por un guía árabe llamado Mahomed para adentrarse en el interior del continente. Finalmente, alcanzan el reino de Kôr, un antiguo pueblo aislado y olvidado por el mundo, que se autodenomina la tribu de los «Amahagger». Este pueblo, a diferencia de las comunidades circundantes, no es de raza negra ni blanca, sino que está compuesto por personas de piel tostada, con cierta belleza y esbeltez, aunque también con una gran ferocidad y un aparente primitivismo. Los Amahagger rinden culto a una reina, que es a la vez bruja y hechicera, a quien nunca han visto en persona, ya que siempre se presenta envuelta en velos que ocultan su rostro y su cuerpo. Ella es conocida como She o, valga la redundancia, Ella. Uno de los ancianos de la tribu, Billali, será el encargado por She de atender a los extranjeros hasta que sean recibidos por ella. Mientras tanto, los tres europeos y su guía árabe conocen las costumbres de los Amahagger, entre las cuales se encuentra la libertad que tienen las mujeres para decidir con qué hombre desean estar.

Me apropio de las palabras que la Catedrática en Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, Raquel Sánchez García, regala en su trabajo sobre el autor para intentar resumir aquello que caracteriza al autor y su obra: “En el caso de Haggard, el lector no topa con civilizaciones tecnológicamente avanzadas, ni con razas superiores que amenazan la Inglaterra victoriana, pues lo que realmente inquieta a su mundo es, como en Dracula, lo atávico, lo mágico, lo antiguo no comprendido, lo que hay de extraño en el pasado. A Haggard no le intimida mucho el futuro, simplemente no le interesa, da por sentado que será hostil. Lo que el lector se encuentra en su obra es la presencia del pasado en el presente: restos de civilizaciones antiguas, pueblos anclados en otro tiempo viviendo en el mismo espacio que el explorador, el viajero o el aventurero protagonista, pero en un entorno aislado al que no ha llegado el hombre moderno”.

En las recomendaciones que acompañan a este artículo no puedo olvidar las ya nombradas en el mismo para comprender mejor a qué nos referimos cuando hablamos de reinos perdidos como subgénero literario: “Cinco semanas en globo” de Julio Verne, “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson o “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad. Por supuesto, “Las minas del rey Salomón” y “She” de Henry Rider Haggard. Todas ellas son fabulosas muestras del interés mostrado por un pueblo en pleno proceso de descubrimientos como Troya o Pompeya, ciudades que se creían mitos hasta ser descubiertas.