Un libro de autoficción es una especie de autobiografía, una especie porque lo interesante de este género tan en boga no es que el texto sea fiel a la realidad sino el hecho de que el autor-narrador-protagonista está ficcionando su vida.

La necesidad de hacer una ficción de lo que nos ha pasado siempre viene de una falta de entendimiento. En realidad, si nos vemos como un personaje, tomamos distancia y podemos ir más allá que simplemente contando lo que sentimos. Eso también es clave en las sesiones de psicoanálisis. Si tuviéramos claro y bien colocado lo que nos ha pasado, lo contaríamos tal cual fue, como una anécdota y no como una novela. Y Daniel Guebel es consciente de que necesitaba escribir este libro “Contar no es saber sino preguntarse y darse respuestas y aceptar su provisoriedad”, dice.

El papel del lector en este tipo de libros también es curioso. Se da cuenta de que sabe mucho más que ese narrador que está un poco perdido haciéndose el personaje. Puede ver qué hay detrás de los silencios, de la relación entre los personajes, de la selección de escenas o de cómo se coloca ante la realidad.

“El hijo judío” (De Conatus, 2020), que en principio quiere redimir una relación paterno filial marcada por un maltrato en la infancia y una enfermedad crónica y terminal en los últimos tiempos, pasa a generar una inquietud mayor que nos toca a todos: ¿la tranquilidad de nuestro yo depende de otros?

Parece que no es suficiente para tener una identidad con llegar a ser escritor cuando de muy pequeño ya querías serlo, ni pertenecer a una raza llena de historia y rituales, ni comprender las ideas políticas de tu padre. En realidad, cuando Daniel Guebel escarba en las noches sin dormir de la niñez recuerda su necesidad de ser reconocido. ¿Y si tu padre se muere antes de haberte reconocido? ¿Habrá alguna acción, algún acontecimiento capaz de suplir ese vacío?

El lector se siente tocado por el hecho de la reconciliación, de la redención, de un extraño amor en el desencuentro, pero mientras Daniel Guebel cuenta este episodio de su vida buscando respuestas, él choca con preguntas sobre su identidad. Es posible que la necesidad de ser alguien no tenga nada que ver con albergar unas ideas o pertenecer a un grupo, sino simplemente con el hecho de sentirse reconocido.  Cuánto trabajo a lo largo de la vida en busca de tantas cosas que a lo mejor nunca habríamos hecho si nos sintiéramos reconocidos. El lenguaje que perdura en el tiempo viene de cierta sabiduría. Siempre se ha hablado de la importancia de reconocer a un hijo. Si eso no sucede, o si nada es suficiente para poder sentirlo, a lo mejor hay una solución: reconocer al padre.

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