El filósofo Ignacio Castro Rey ofrece su lectura de Enjambres (Altamarea Ediciones, 2020), la nueva y celebrada novela de Edgar Borges, escritor venezolano que ha realizado buena parte de su obra desde España.  Esta reseña tiene la particularidad de sumergirse en dos abismos narrados en paralelo, el de los personajes, cinco jóvenes que huyen de “una guerra de todos contra todos”, y el del mundo exterior.

Para Castro Rey en la realidad que narra Enjambres “el exceso de luz doblegaba toda forma de resistencia en un mundo sin sombras, sin piedad, sin átomo de afecto o intuición”.

Casi todo el tiempo vivimos en esta novela un grado de lentitud fuera de cualquier normalidad. A María José, una figura excéntrica y central en estas ciento veinte páginas, «le llamó la atención que ninguno de sus compañeros parecía verla». Ciertamente, pocos la ven, ensimismada como ella está en intentar recoger el hilo de vivir, de sentir, de pensar; incluso, el de saber qué odiar. Se agachó, puso el dedo índice derecho en el suelo y se lo llevó apenas a la lengua. Es como si ella preparase una resurrección que ha de atravesar el infierno, la ley de cualquier gravedad. Toda la novela de Edgar Borges es la alegoría de una pesadilla colectiva que solo se la vence regresando, volviendo a una voluntad de infancia donde ya no habría paredes, ni más peligro que el de vivir una vida incontable. ¿Se trata de una huida? Sí, pero a la vez es una búsqueda incansable de nuevas armas, no una rendición. Al fin y al cabo, se dijo en su día, nómadas son aquellos que se aferran a una región central que no cabe en ningún sitio. Y ella es sin cesar nómada, incluso cuando no se mueve.

«Toda la novela es la alegoría de una pesadilla colectiva que solo se la vence regresando, volviendo a una voluntad de infancia donde ya no habría paredes, ni más peligro que el de vivir una vida incontable»

De pronto alguien se para, cualquiera de los protagonistas de Enjambres o el lector de la novela, un poco asombrado por la enormidad de lo que se está viviendo, a veces tan cercano que ni se ve. «El zumbido de los insectos cubría cualquier momento de silencio… era difícil mantenerse sereno en medio de una batalla por el control del espacio». Quizá en esta novela todo el desastre humano y terrenal exterior, terminal y sin definición precisa, es una disculpa para entrar en el modo de ser de algunos seres escogidos: Adolfo, María José, su padre, Diego, Eduardo, Verónica… Todos ellos podrían ser normales, pero resultan irreconocibles, ni siquiera por sus padres. Sobre un fondo de desastre sin fecha, el enfoque de la cámara de Borges, a ras de tierra, los convierte en impredecibles. En parte, porque están descritos con la minuciosidad del insomnio.

María José se pasa la vida parándose, atónita, sintiendo, dándole mil vueltas a cada detalle. Si el tiempo nos permite que las cosas no ocurran a la vez, en ella todo -lo mejor y lo peor- ocurre a la vez. Esto la convierte en un ser tal vez inútil para la acción, pero inquietante en su mera presencia, genial e incomprensible en sus percepciones, casi nunca confesadas. Además, en Enjambres apenas hay acción posible, salvo esporádicos brotes de violencia o intervenciones de la autoridad, pues las escenas se dibujan en un pánico congelado. Hay tal vez más enjambre y multitud en el alma de María José, una interioridad entre mística y atormentada, que en la plaga de violencia e insectos que infecta el exterior de los hombres. Lo grave no es esa peste, ni siquiera en sus estallidos de brutalidad, sino la transformación inescrutable que ha operado en los humanos.

Por en medio -sugiere Edgar Borges- la lenta paciencia de lo inanimado en un tiempo donde nadie protege a nadie. Y los padres, ausentes y a la vez reapareciendo sin cesar, al menos para mostrar su impotencia. María José quiso «ocupar la mente con un problema superior: su padre, las muchas formas de la soledad que vivía su padre. Desde que la madre los abandonó, él se convirtió en un sujeto que hacía muchas cosas para engañar su necesidad de suicidio». Él era un cobarde crónico y ella era una hija dependiente de su maldita cobardía.

Los padres se habían ido, pero cada vez que vuelven dejan el espacio envenenado de pólvora. Por más que lo intentaran, los padres nunca podrían llegar a tiempo. Vuelven una y otra vez, solícitos y protectores, pero su propia angustia les desarma, mientras su herencia es malbaratada por una juventud crispada, neurótica, asustada, furiosa. En los jóvenes el simple y necesario fingir, el no hablar y el misterio, se convierten en «una declaración de guerra discreta». E igual ocurre en los juegos que a veces trenzan entre ellos. Los juegos entre ellos son remedos de vivir que buscan interrumpir las peleas proponiendo retos extraños. Pero el desconcierto siempre vuelve. No puedes confiar en nadie, ya que hasta los amigos y los padres se han vuelto inaccesibles.

De hecho, el intento de violación colectiva que María José sufre por parte de sus amigos y amigas, no parece sorprenderle demasiado. Me durmieron, la durmieron. Me fragmentaron, la fragmentaron. Cuatro amigos saquearon su piel el igual que una banda de desconocidos podían saquear las calles en esa década incendiada. Ahora toca la demolición de la vida, dice ella. «Ni toda la lujuria del mundo podía detener el deterioro». Lo peor no es la agresión física, sino la violencia latente en este hundimiento central de las almas. Adolfo, particularmente, se ha convertido en un monstruo que usa cuatro caras, cuatro cuerpos. Aquel intento de sexo fue la despedida brutal de cinco infancias, piensa María José. Aunque seguimos con la impresión de que también desde esa despedida es posible rehacerse, recuperar una infancia que ella toma como su primer arma.

«A veces, para vivir, decides no ver nada de lo que te rodea. No hay niños que tiemblen, no hay gigantes; no hay padres, no hay batallas»

A veces, para vivir, decides no ver nada de lo que te rodea. No hay niños que tiemblen, no hay gigantes; no hay padres, no hay batallas. A María José el mal le daba hambre. «Hambre de resistirse a la monstruosidad, incluso a la que había escondida dentro de ella». El infinito que en ella no está muerto le permitía soñar con salir de esa prisión circular en la que todos se debatían. Por eso se sumerge en un mundo paralelo, en un minutero secreto, y entra en los entornos -el lago- dispuesta a ser absorbida por la profundidad. A pesar del temor -«si un monstruo te muerde, lo más posible es que monstruo te vuelvas»-, había oído de personas enfermas que fueron capaces de transformar su mordedura en belleza. Ella camina siempre en la senda de esta vieja leyenda: haz de tu maldición un jardín.

María José «llegó al cuarto sabiéndose prisionera», encerrada en una prisión sin paredes. El problema en Enjambres no es el confinamiento, sino -de manera parecida a lo que ocurre en El ángel exterminador– una infección externa e interna que impide huir. No solo es que no haya lugares a salvo, sino que todos somos cómplices de la monstruosidad que nos atenaza. Centro vacío de esta novela, María José busca algo nuevo y definitivo. La posibilidad de encontrar una salida, de atravesar la barrera -visible e invisible- y conocer otra forma de vida. En su memoria infantil llevaba el vaivén de los columpios. Hubiera deseado darse la vuelta y columpiarse hasta que la brisa le arrancara de su tragedia. «Avanzó por el centro del bosque sintiéndose enferma», presa de una enfermedad sin diagnóstico, la de vivir sin conseguir hacer tu vida. Hacia el final, quería descubrir algo nuevo en la mañana de ese sábado tantas veces repetido. Acaso el retorno de las libélulas, devoradas por la plaga de insectos predadores. Recordemos que ya en Pasolini la extinción de las luciérnagas indica un desastre antropológico sin precedentes, como si la noche de las afueras se quedase sin luces. En ese desierto legamos a ansiar el regreso de las hormigas, la llegada de la lluvia.

Todo eso que se ha ido, ternura, insectos benignos y climas, es el reflejo de la mutación que ha invadido a los humanos. El retorno de la calma natal sería el regreso del sentido, del sentido mundano que no tiene ningún sentido particular. La vuelta a una presencia de ánimo ante la condición mortal. Si es esto lo que ella quiere, no lo tiene fácil. La proliferación de insectos desconocidos no es una invención de su «fantasía moribunda», sino una expresión de la misma septicemia de desconfianza y crispación que se ha apoderado de los cuerpos.

«Hay que recordar que Enjambres utiliza un trasfondo bíblico de insectos que ha tenido desde antiguo, entre el horror y la veneración, una relación mítica con los hombres»

Hay que recordar que Enjambres, para remarcar algunos semblantes que importan, utiliza un trasfondo bíblico de insectos que ha tenido desde antiguo, entre el horror y la veneración, una relación mítica con los hombres. Aliados con la maleza, los insectos siempre han representado una inteligencia minúscula e imparable que en cualquier momento podría convertirse en marabunta. Esto es lo que ocurre en la novela de Borges, donde la multitud invasiva parece ocupar el lugar que la comunidad de los hombres ha abandonado. Pero a la vez, como en Lispector, hay una complicidad con esos mundos incognoscibles de lo no humano. «María José pensó en la dicha de los insectos que venían al mundo para vivir un único día». Los insectos son metáfora de una vida inmensa, diminuta y siempre posible. Cuando ella fija la mirada en la profundidad del bosque, a simple vista los insectos no se veían. Los siente sin embargo en todas partes, como el sonido absoluto de la noche.

En el mejor de los casos, todos vivimos divididos, heridos por una otredad que nos desposee. Pero la alienación se refuerza con el aumento de las presiones externas, por vagas que sean. En Enjambres no es fácil para nadie, y menos para María José, vivir con dos recuerdos peleando por una posición en la conciencia. En el rostro de cada uno de sus difíciles amigos veía también dos extremos, oscilantes entre el misterio y la dulzura. Sin embargo, lo que más temía era la posibilidad de que ella misma terminara convertida en monstrua. Junto con pócimas contrarias, el veneno de la rabia lo llevaba consigo.

Sales de casa. «Hacía calor, hacía frío. La brisa misma parecía sumar todas las contradicciones del mundo». Con frío o calor, el mundo exterior es sofocante si es un páramo de hostilidad o sinsentido. «La brisa, el calor, los insectos, el frío, la nada»: es la desolación la que permite la continuidad de los elementos. Pero nadie podía obligarla a ella dejar el único espacio que se había ganado en la tierra. A María José le salva una sola cosa, el microterritorio que ella se había ganado en el planeta, como una habitación móvil sin paredes, llena de una gravedad más peligrosa que el enjambre de monstruos importados. A veces desea ser topo, ser hormiga, ser un diminuto bicho capaz de escapar por los subterráneos de la tierra.

Los elegidos son a veces así, corroídos por la imposibilidad de alcanzar el sueño, sus sueños. Un poco como la frase de Hölderlin: «Tú ansías un mundo, por eso lo tienes todo y a la vez no tienes nada». María José es de este extraño linaje, aunque alterado por la plaga de un orbe que ya no es reconocible. «La hija saltó al vacío», leemos. Hija, vacío, salto: tres palabras para una sola clave de supervivencia en situaciones límite.

Aunque aparentemente, le sirva de poco, el arma de construcción masiva de María José es tan obvia que pasa desapercibida. Ella posee una insuperable tecnología punta para el afán de cada segundo, para vivirlo siempre como si fuera el último, la única eternidad que poseemos. De ahí su constante crónica de lo imperceptible: «Tomo la taza, sirvo la leche. Apago la luz, me acuesto en la cama. Cierro los ojos y abro la imaginación». Ella padece la enfermedad -no occidental- del instante, una teología infraleve que puede prescindir de doctrina, de cronología, de historia. Cualquier pregunta, en un minuto de silencio, cabe, entra y escarba. Para ella, por eso se distrae con frecuencia, de pronto está pasando un minuto del mundo y es necesario fundirse con él. Piensa solo con una especie de memoria del presente. Se cuela así en la vida secreta de los segundos: «Antes de responder, la chica vio que un grupo de libélulas hacía acrobacias frente a la ventana… Disculpa, me distraje». Sin pedirle permiso a nadie, practica una complicidad animista con los entornos inanimados. Un ser así siempre está en el fin del mundo, rodeada por un apocalipsis: «¿De qué crisis hablas? Antes de mi nacimiento el mundo ya estaba en crisis». Borges sigue desgranado el ovillo de ser: «María José se tocó levemente la piel de los brazos, necesitaba reafirmar su presencia en la casa. Existía, aún existía». Ella se alimenta de una crónica de lo naciente, que puja en cada segundo

Por eso uno de sus juegos favoritos, remedos de vivir con los que ella y sus amigos interrumpen la guerra civil constante, es el juego del presente. «Solo vale lo que ocurra ahora, en este momento. No hay más». La eternidad está en el momento, que es inmenso si no se mide. «El momento le hizo suponer que la vida era lo que ocurría cuando pensábamos en el futuro». Vivir el momento es lo que permite adivinar el presente, sus ondas escondidas.

«Todos los que aman, porque temen a la muerte, son acróbatas de la inmovilidad»

Todos los que aman, porque temen a la muerte, son acróbatas de la inmovilidad. Ella es así. Pero todos aquellos que buscan una actividad límite, danza, palabra o música, es buscando desaparecer, convertirse en médium de fuerzas exteriores, anónimas, impersonales. Es un poco el placer del niño al esconderse, observando el mundo sin ser visto y sin alterarlo, sin tener que participar de él. Es curioso que la máxima intensidad que podamos alcanzar esté hermanada con estos juegos de muerte en vida.

Toda esta paradoja recorre la novela de Borges. ¿Cuáles bandos predominan cuando ronda la tragedia? Los suicidas y los cínicos, dice. Estos últimos no pasean, desfilan. En la mirada arrogante de los cínicos no se observa ni rastro de la niñez. Justo lo contrario de nuestra heroína sin causa, que no ha crecido y está armada de una inmovilidad con frecuencia muda. Le da miedo, de hecho, la dureza de la vida adulta, esa amenaza que por norma es poco más que un zumbido. «Era posible que María José viviera con la voz de una niña alojada en su cabeza». Y ella mantiene la misma aversión a la luz despiadada que a la vida adulta: «Ver sin pestañear el blanco de las paredes a la joven le producía vértigo».

El exceso de luz doblegaba toda forma de resistencia en un mundo sin sombras, sin piedad, sin átomo de afecto o intuición. De pronto la casa había adquirido el blanco de las paredes. «Qué cosa tan inhumana es el absoluto de la luz», pensó ella. Pensó y se sintió anestesiada, a salvo, como si el extremo de la luz le hubiera restado riesgo. Calma no era la palabra acertada para describir lo que sentía, desvanecimiento se acercaba más. Cada acto de ella es inmenso porque está sola en el mundo, como un ciego que ausculta el latido de su propia atención. Por eso una multitud silenciosa le sigue, la de todo lo muerto que sigue en el corazón de lo vivo. Enseguida llegará la inquisición social, levantada contra los seres que se han negado a adaptarse, a adulterarse, a especializarse anímicamente. Y esa eterna inquisición llega con la pregunta típica de la policía colectiva, que no necesita uniforme: ¿a qué bando perteneces? Ella calla, pues no pertenece a ningún bando. Pero en su silencio es el de un armamento que no tiene nada que demostrar y que algún día podría devolver el sentido al mundo.

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