El 1 de agosto en Polonia está reservado a las conmemoraciones del levantamiento de Varsovia (1 VIII 1944 – 3 X 1944). Durante el comunismo algunas tramas eran censuradas: no se podía hablar que el Ejército Rojo paró su marcha y no ayudó a las guerillas polacas, mirando el derrumbamiento de la ciudad y el desangramiento de los guerrilleros desde el otro lado del Vístula —porque las ordenes de incitar el levantamiento las dio el gobierno polaco en exilio en Inglaterra, mientras los soviéticos trajeron su propio «gobierno polaco» alternativo, instalado en Lublin justo el 1 de agosto 1944. Sin embargo, la tónica general sobre el levantamiento se estableció ya durante el comunismo como romántica, heróica y excelsa; después del 1989, cuando ya se podía hablar de la Rusia soviética como invasora (aunque liberadora a la vez) que colonizó Polonia, el comportamiento del Ejército Rojo fue incorporado a la mitología victimológica del levantamiento. Este tono es el oficial de las autoridades polacas hasta hoy día y en los últimos años del gobierno derechista fue incluso aumentado. También los numerosos visitantes del mundo —incluyendo a cientos miles de españoles— que se dirigen al Museo de Alzamiento de Varsovia (establecido en 2004), un éxito turístico y muy buen museo como tal, posiblemente salgan de Polonia con una visión martirológica y romántica del levantamiento —y de Polonia en el siglo XX en general—.

«Se establecieron dos imágenes contrarias: la «Polonia virgen violada» versus la «Polonia prostituta». Desde aquel momento las guerras culturales en el país giran alrededor de estos dos puntos de vista»

Sin entrar demasiado en detalles, desde la mitad del siglo XIX, cuando Polonia no existía como un país independente, se desarrollaron dos narrativas contrapuestas; la así llamada «escuela histórica de Cracovia» decía que Polonia fue dividida y dejó de existir no por la culpa de sus vecinos malos (que era más consolador, por supuesto), sino por la suya propia. Se establecieron dos imágenes contrarias: la «Polonia virgen violada» versus la «Polonia prostituta». Desde aquel momento, las guerras culturales en el país giran alrededor de estos dos puntos de vista, aunque el que está adoptado como «oficial» y más popularidad tiene es, vaya sorpresa, el de la virgen. Mientras, el punto de vista crítico está relegado a los márgenes; pertenece a algunos intelectuales, poetas, escritores, cineastas. Igualmente el levantamiento de Varsovia recibió también criticas muy graves: que fue un evento estúpido desde el principio, que el gobierno polaco de Londres no contaba con la vida humana y mandó a cientos de miles a una muerte segura, que era un abuso del «romanticismo polaco», que llevó a la destrucción total de la ciudad y se podía pronosticar de antemano. En la literatura polaca coexisten ambos tonos, sin embargo, las obras mayores dedicadas al levantamiento pertenecen a la narrativa crítica. El Diario de levantamiento de Varsovia de Miron Białoszewski (1970) ya está accesible en español (traducido por Katarzyna Olszewska Sonnenberg y publicado en 2011 por Alba Editorial); notemos de paso que el título es erróneo: no es un «diario» (escrito en el momento justo cada día), sino «memorias». Ya que soy especialista en Białoszewski y autor de tres libros sobre él (uno en inglés), recomiendo mucho la lectura de esta obra muy original, uno de los títulos más genuinos estilísticamente sobre la experiencia de guerra en la literatura mundial. Pero esta vez quiero presentar otra obra literaria mayor sobre el levantamiento, también un «desafío» a la narrativa patriótica oficial.

¿Por qué no es conocida Anna Świrszczyńska en España? El epítome de la «poetisa polaca» es, por supuesto, Wisława Szymborska. Ahora, el epítome de la «novelista polaca» se vuelve Olga Tokarczuk. Últimamente, una crítica feminista y especialista en Tokarczuk escribió que en la cultura polaca siempre se promociona más a las mujeres «afables» o «corteses», o «comedidas», mientras tenemos una matrilínea muy interesante de escritoras «locas», frenéticas, «dificiles»; las brujas de la literatura polaca. A la primera línea —la «afable»— pertenecen, por supuesto, Szymborska y Tokarczuk. A la segunda, entre otras, mis favoritas Maria Komornicka / Piotr Włast (poetisa transgénero del principio del siglo XX), Anna Świrszczyńska (1909-1984), y, de la generación posmodernista, la voz lesbiana de Izabela Filipiak (ahora Morska, nacida en 1961). Todas las escritoras de esta línea tenían muchos más obstaculos que sus amigas al entrar el canon guardado en general por las mentes masculinas o masculinizadas; pero aun más obstaculos han tenido al salir fuera de la cultura polaca porque no encontraban traductores o no se daban becas para promocionarlas en el extranjero. Anna Świrszczyńska, en los últimos años, pasó a ser quien siempre merecía ser: una de las mayores voces poéticas en la historia de la literatura polaca. Gracias a Czesław Miłosz, un gran entusiasta de su talento, Świrszczyńska está traducida al inglés: Talking to My Body es una selección de poemas en traducción de Miłosz mismo y Leonard Nathan; hay también una traducción del libro entero Building the Barricade hecha por Magnus J. Kryński y Robert A. Maguire.

En España, sin embargo, encontrar a Świrszczyńska es como buscar los rastros. En 2019, el compositor español Luis de Pablo Costales presentó en Madrid su Cantata femenina Anna Swir para la orquesta y el coro femenino (en el mundo a veces se usa «Swir» en vez de «Świrszczyńska», ya que es dificil de pronunciar, además, «Świr» era un seudónimo de Świrszczyńska en los tiempos de la guerra y literalmente significa «un loco»; yo llamé a mi espectáculo de teatro sobre Świrszczyńska del 2013, precisamente, Świr, explorando el estatus de mujer como «bruja [y] loca»). Tengo unas fotos de una revista efímera en español de los ochenta donde publicaron cinco poemas de Świrszczyńska. La publicación me la mostró uno de los españoles que viven en Cracovia, Bernabé Scaffo o Xavier Farré, durante la noche de poesía polaca en español, un evento organizado por Scaffo en diciembre 2019 donde yo presentaba mis traducciones de Białoszewski y también se presentaron dos poemas de Świrszczyńska. En otra ocasión presenté mi traducción de un poema de Świrszczyńska en un articulo sobre el ciclo de poemas de la vieja de Leopoldo María Panero: tanto Panero («el loco» —»świr»—, es decir) como Świrszczyńska exploran la sexualidad de las mujeres viejas y la mitología de brujería, y ambos escribieron poemas donde una mujer vieja hace el amor con el diablo (a quien le pueda interesar, hay una versión en vídeo de mi ponencia en YouTube que incluye el poema de Świrszczyńska: esta escena fue grabada en la escalera de la Academia Polaca de las Ciencias donde trabajo, la cual lleva a la casa editorial del Instituto de Estudios Literarios…: https://www.youtube.com/watch?v=3cg2pimacAs). En el blog de Ada Trzeciakowska, una hispanista de Wrocław, hay traducciones de cuatro poemas de Świrszczyńska: https://adalirica.wordpress.com/category/poesia-polaca/anna-swirszczynska/. Finalmente, en 2019 se publicó una selección polaco-catalana (o valenciana) El llapis amb què escric en traducciones de Josep Antoni Ysern Lagarda (Edicions 96).

En esta ocasión me voy a concentrar en el libro poético de Świrszczyńska dedicado enteramente a la experiencia del levantamiento de Varsovia: Budowałam barykadę – Building the Barricade en inglés, que propongo traducir al español como Yo edificaba una barricada. Todas las traducciones que seguirán son mías. ¿»Edificar» o «construir» una barricada?, es lo que me preguntaba. Me imaginé que en la realidad de una ciudad donde todos los edificios se derrumban, caen, se deshacen, el hecho tan bien descrito por Białoszewski, las barricadas son edificios en el paisaje de la ciudad —dan una ilusión de protección—, lo que en teoría esperamos de una «casa». En la realidad del levantamiento descrita por Świrszczyńska sin censurarse, el levantamiento se convierte en una edificación de tumbas. No es sólo una metáfora: cuando no quedaban piedras, se usaban cuerpos muertos, tanto de polacos como de alemanes, para construir barricadas. Aquí vemos el tono crítico — indirecto y, sin embargo, muy acertado y agudo — en Świrszczyńska.

 

LAS BALAS HAY QUE AHORRARLAS
Ya no quedan granadas, dice el mayor.
Las balas hay que ahorrarlas, dice el mayor.
Los cuerpos jóvenes no hay que ahorrarlos.
Con cuerpos jóvenes sepueden edificar
barricadas cuando ni balas ni granadas quedan.      

 

Es un hecho conocido — y mitologizado martirológicamente por algunos — que el mando del ejercito polaco (en Londres) sabía que los guerilleros en Varsovia, obviamente clandestinos, casi no tenían armas, pero la asunción fue que luchando con los alemanes tomarían sus ametralladoras.

Świrszczyńska y Białoszewski son voces tan únicas porque omiten la narrativa desde la perspectiva militar a favor de la perspectiva de la gente civil. Białoszewski describe sobre todo a las mujeres y hombres ancianos o enfermos, porque estos no se unieron al levantamiento; él y su amigo Swen, ambos de 22 años, llevaron un cierto «estigma» de «cobardes» por no unirse. Precisamente, justo cuando el libro de Białoszewski se publicó en Polonia, lo atacaron escritores-soldados por promocionar «cobardía». El autor en su obra no dice ni una frase en la que juzgue la decisión de incitar el levantamiento — tampoco lo hace Świrszczyńska —, sin embargo, ambos demuestran la situación en la cual la decisión de los militares de Londres fue clandestina y ocultada y, de repente, la gente civil comprendió el 1 de agosto a las 17.00 que hubo un levantamiento — que en consecuencia produjo un bombardeo constante, los civiles tenían que apartar los restos de los edificios y esconderse en sótanos durante días: no había comida, los hospitales no funcionaban, etc.—. Aunque Białoszewski nota que algunos ciudadanos reprendían a los guerilleros, en general, dice el escritor, los residentes les ayudaban. Lo describe también Świrszczyńska, aunque evita el tono optimista, subrayando «cobardía», muy en contra del tono heróico que la cultura polaca exige de todos:

 

EDIFICANDO UNA BARRICADA
Teníamos miedo edificando bajo tiros
una barricada.
Un tabernero, una amante del joyero, un peluquero,
todos cobardes.
Una sirviente cayó al suelo
cargando una piedra del empedrado, teníamos mucho miedo,
todos cobardes –
un portero, una tendera, un jubilado.
Cayó al suelo un farmacéutico
cargando la puerta del retrete,
teníamos más miedo aún, una contrabandista,
una sastre, un tranviario,
todos cobardes.
Cayó un chico del reformatorio
cargando un saco con arena,
entonces teníamos miedo
de veras.
Aunque no nos forzaba nadie
edificamos una barricada
bajo tiros.

 

Notemos este «no nos forzaba nadie». Claro, no lo hicieron con la pistola en la mejilla. La enumeración de las profesiones —curiosamente, la poetisa no menciona la suya, porque ¿¡qué profesión era «filóloga» y «escritora» en la realidad de la guerra!? — subraya la condición de civiles a quienes, posiblemente, ni saben cómo edificar barricadas. Además, la guerra anula las distinciones «morales» de tiempos «normales». Aparece un cierto tipo de solidaridad que describe también Białoszewski (nunca, dice, vio tanta solidaridad y tanta bondad entre la gente), la contrabandista o el chico del reformatorio no son «malos», nadie juzga la moral de una amante del joyero. Białoszewski aun describe un matrimonio muy joven que, en las noches en el sótano, rodeado de miles de personas, hacía el amor y nadie pronunciaba sermones. Por cierto, Świrszczyńska es una de las pocas que describen el erotismo durante el levantamiento, como por ejemplo un flirteo de un soldado con ella, o una chica guerillera menor y virgen que no quiso morir «intacta», o una mujer cuyo marido se murió en un bombardeo y ella invitó a su vecino «porque tenía miedo». Hay que saber que como todas las cosas que tienen un aspecto «sublime» en la cultura polaca, el levantamiento está bastante desexualizado. Se permiten representaciones de coqueteos entre los guerilleros y guerilleras jóvenes en tono romántico, pero muchos escritores —Jerzy Andrzejewski, Jarosław Iwaszkiewicz y, por supuesto, Białoszewski y Świrszczyńska — dicen que es una imagen bastante falsa. Białoszewski construye hasta un código especial para hablar de las relaciones homosexuales entre hombres —militares incluso — durante el levantamiento.

Miremos en este contexto un poema que, al parecer, desmitologiza la moral alta del ejército polaco:

 

DOS NOCHES BEBÍA
El señor oficial
dos noches bebía con las mozas.
Al amanecer
condujo a los chicos a una misión.
La misión era una locura. Un puñadito volvió.
El señor oficial de nuevo
dos noches bebía con las mozas.

 

Pero, ¿es sólo una crítica del alcoholismo, bravura y «ligereza erótica»? Es muy posible que el mayor tuviera miedo —pero no puede hablar de eso — o incluso está en contra de ciertas órdenes de los superiores que no cuentan tanto con la vida de jóvenes («locura de misiones» tal vez no son «locuras» por ser dirigidas por un «borracho», sino locuras de antemano, como decisiones, y el alcohol ayuda a aguantarlas). Sea como fuera, Świrszczyńska rompe el tabú de la «pureza» del ejército polaco. Es otra pregunta de dónde sacaron algunos alcohol cuando los otros no tenían ni agua para beber: podemos sospechar que los militares tenían privilegios. Białoszewski dice indirectamente que cuando quiso escaparse de la ciudad vieja (la más bombardeada) por las alcantarillas, la vía fue reservada sobre todo para los militares pero él pudo pasar sólo porque llevaba a un militar herido, cuestión que arregló un amigo suyo del ejército (por cierto, posiblemente homosexual como el soldado herido). En otro poema muy llamativo Świrszczyńska habla de las mujeres guerilleras que funcionaban como mensajeras o recaderas corredoras. Por cierto, no es que la participación de las mujeres en el levantamiento fuera callada —eso nunca —, pero se puede decir que estaban representadas como «soldados de segunda clase».

 

 EL MAYOR DIJO

a la memoria de Anna Ratyńska

 

– La orden tiene que ser entregada dentro de una hora –
dijo el mayor.
– Es imposible, allá está el infierno –
dijo el subteniente.
Cinco recaderas fueron,
llegó una.
La orden fue entregada dentro de una hora.

 

Świrszczyńska recupera las experiencias de las guerilleras —y de las mujeres civiles, como ella misma, durante el levantamiento—. En 1973, un año antes de Yo edificaba una barricada, describió su experiencia de esta época así: Mi destino no era de los más duros. Sin embargo, estaba una hora al lado de una pared esperando el fusilamiento. En mi cuarto en invierno la tinta en tintero se congelaba. Todos los días y noches de los cinco años de la guerra luchaba para sustentarme a mí y a mis prójimos con una existencia miserable, me agarraba a cualquier trabajo. Era una camarera, obrera en una fábrica, repartía panecillos por las tiendas, vendía jabón por las casas. Conocí también la profesión de auxiliar de sala trabajando voluntariamente en los hospitales de Varsovia durante la campaña de septiembre [1939 – P. S.] y el levantamiento. La guerra hizo de mí una persona diferente. Precisamente los poemas del hospital que forman un ciclo entero son especialmente arrebatadores y, además, se juntan con el tono de la poesía «civil» de la Świrszczyńska madura,un tono muy fisiológico y corporal, sensual, pero nunca vulgar.

 

YO LLEVABA ORINALES

 

Yo era una encargada en un hospital
sin medicamentos ni agua.
Llevaba orinales
con pus, sangre y excrementos.

 

Amaba el pus, sangre y excrementos,
estaban vivos como la vida misma.
Alrededor había
menos y menos vida.
Cuando el mundo estaba muriendo
yo era sólo dos manos que pasan
el orinal a un herido.

 

En cuanto a las experiencias de las mujeres civiles, quiero presentar dos poemas que conmueven mucho porque representan situaciones complicadas éticamente (preguntan «¿y qué harías tú?») o aun trágicas en el sentido griego. Además, hablan de las relaciones familiares «matrilineales», desde la posición de la madre y de la hija.

 

 VIVE UNA HORA MÁS

 

a la memoria de Stanisława Świerczyńska

 

El bebé tiene dos meses.
El doctor dice:
sin leche va a morirse.
La madre todo el día anda por los sótanos
al otro extremo de la ciudad.
En Czerniaków
un panadero tiene una vaca.
Ella se arrastra con su vientre
entre escombros, lodo, cadáveres.
Trae tres cucharas de leche.
El bebé vive
una hora más.

 

Curiosamente, el poema está dedicado a Stanisława Świerczyńska (es el nombre oficial en el carné de Świrszczyńska), su madre, mientras que el poema sugiere que pudo ser su hija de dos meses que murió. No sabemos nada si la poetisa habla aquí de su propia experiencia o si cuenta una historia de alguien conocido. El hecho de dedicar a su propia madre de unos 60 años un poema sobre el tema de hacer todo lo que una pueda para salvar y proteger a su niño o niña parece un homenaje a la condición de madre, algo que, tal vez, una mujer joven que pudiera ser madre (Świrszczyńska tenía 35 años durante el levantamiento) ya es capaz de comprender (y no lo entendía tanto de moza). Además, la infancia de Anna Świrszczyńska fue marcada por la pobreza extrema —su padre era pintor sin mucho éxito y Stanisława, su mujer, muchas veces «organizaba» la comida para la familia —, casi como en el poema sobre el levantamiento. Świrszczyńska escribió en la vejez unos poemas muy conmovedores sobre su infancia, pobreza y los padres en la Polonia de los años 20., publicados póstumamente. El poema siguiente muestra las dificultades de «organizar la comida» durante el levantamiento y también ciertos límites de solidaridad, pero sin acusarse, el balance resulta muy empático:

DOS PATATAS

 

Yo llevaba dos patatas
una mujer se acercó.
Quiso comprar dos patatas
tenía hijos.
No le di dos patatas
escondí dos patatas.
Yo tenía una madre.

 

La frase «dos patatas» está perseverada para subrayar su significado, casi una obsesión y lo valioso que eran en tiempos anormales. El quitar puntuación suspende las relaciones de causa y efecto, de consecuencia, todo tiene una sóla lógica: la lógica del hambre y de la protección de los suyos. La reducción del estilo significa la reducción a los instintos rudimentarios.

Hay un misterio en los poemas maduros de Świrszczyńska: al parecer, su estilo es muy sencillo pero a la vez muy preciso, nunca sobran las palabras. Pero la mayor incógnita es su capacidad de conmover. Si se me permite una confesión, los poemas de Świrszczyńska son los únicos que saben hacerme llorar. De hecho, aun traduciendo los poemas para esta presentación, me puse a llorar tres veces. Este estilo no le era «dado», al contrario —su primer libro de poemas tiene influencias barrocas muy fuertes y es hiperestilizado—. Después de la guerra, Świrszczyńska escribía sobre todo para niños, aunque en autoanálisis del 1973, cuando ya «renació» como autora, confesó: tengo un portafolio grueso lleno todo de intentos de describir un fusilamiento en la calle del que yo fui testigo. El tema sobrepasó mis posibilidades. Exactamente como Białoszewski, quien empezó a relatar el levantamiento y el gueto de Varsovia muy pronto y luego intentó «atacar» el tema con estilo expresionista o sublime o hiperestético (borrándolo todo por último), encontró el suyo propio sólo 25 años después: grababa su charla sobre el levantamiento en el magnetofón y luego escribía exactamente lo que había hablado. Świrszczyńska llegó a una sencillez nada sencilla, nada simple, que es efecto no de ingenuidad, sino de mucho trabajo y de transformación personal. En un resumen paradójico podríamos decir manifestó ella que el escritor tiene dos tareas. Primero, crear su estilo propio. Segundo, destruir su estilo propio. Lo segundo es más dificil y exige más tiempo.

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