Este mayo pude asistir a la presentación de la traducción de Patria al polaco en el Instituto Cervantes de Cracovia, donde también estuvo su autor, Fernando Aramburu. Durante los primeros minutos del acto, el novelista habló largo y tendido no de Patria sino de otra de sus obras, cuyo título no logré entender: ¿dijo Antípodas, diría Mandíbula? Se llamara como se llamara, la evocaba con mucho cariño y un punto de rencor, ya que no había tenido el éxito entre la crítica y los lectores que el padre de la criatura creía que merecía. Más que de una novela, parecía que Aramburu hablara de un hijo incomprendido o menospreciado por la vida. El escritor resaltó los méritos filiales que los demás se negaban a ver —humor, fantasía, un proceso creativo muy imaginativo— como si el evento fuera la promoción de esta novela ignorada y no de la archiconocida Patria. A mí no me sonaba de nada ese libro misterioso, que tampoco es mencionado en Las letras entornadas (2015) ni en Autorretrato sin mí (2018), las obras más autobiográficas de Aramburu. Avergonzado en mi asiento, me pregunté cómo se titularía esta novela que ocupaba un lugar tan privilegiado en el corazón de su creador. ¿Merecería la pena rescatarla del olvido y leerla?

Una búsqueda en internet me dio rápidamente la respuesta a la primera pregunta, que no se parecía en nada a Antípodas ni a Mandíbula. En cambio, la segunda tardaría más en contestarla, porque la lectura de Los ojos vacíos (2000), de 429 páginas, es bastante más lenta que la de Patria (2016), de 642. Esto no es un demérito ni una crítica, sino la mera constatación de que el estilo de Los ojos vacíos es más complejo, más elaborado y, sin llegar a ser elitista, más exigente que el de Patria. Quien haya leído Fuegos con limón (1996), la primera novela de Aramburu, sabe a qué me refiero; pero Los ojos vacíos, su segunda novela, es menos barroca y bastante más accesible, aunque igual de divertida y truculenta.

“Si en la presentación yo le entendí a Aramburu Antípodas o Mandíbula, es porque Los ojos vacíos está ambientada en un país imaginario que se llama Antíbula”

Si en la presentación yo le entendí a Aramburu Antípodas o Mandíbula, es porque Los ojos vacíos está ambientada en un país imaginario que se llama Antíbula. En concreto, es la primera novela de una trilogía que tiene lugar en dicha Antíbula, aunque las tres obras que componen la saga pueden leerse por separado. La característica principal de este país inexistente es la terrible dictadura que lo asola entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, marco temporal de la novela. Aunque las comparaciones con la dictadura de Franco y otros totalitarismos del siglo XX son inevitables, no se trata de una alegoría política. De hecho, es muy probable que el fracaso editorial de Los ojos vacíos se debiera a la dificultad de encasillarla en un género literario: combina elementos de la ciencia ficción distópica (la dictadura), de la fantasía (en Antíbula comen perro y hay nuevas especies animales) y de la novela histórica (la Italia de Mussolini es aliada de Antíbula).

“Pero también es un Bildungsroman, porque el protagonista y narrador es un niño que poco a poco aprende a liberarse de la tiranía de su abuelo, el viejo Cuiña, un hospedero afín a la dictadura”

Pero también es un Bildungsroman, porque el protagonista y narrador es un niño que poco a poco aprende a liberarse de la tiranía de su abuelo, el viejo Cuiña, un hospedero afín a la dictadura. En el espacio de la hospedería conocemos a los estrafalarios personajes que interactúan con el abuelo y el nieto: un pianista repudiado, un viejo marinero, unas gemelas alocadas, etc. Y entre ellos está la madre del protagonista, víctima también del malvado Cuiña, su padre, que la esclaviza, maltrata e incluso viola. El desgraciado chico solo encuentra consuelo en la lectura, el único refugio en la asfixiante hospedería, tan opresiva como la dictadura. De hecho, este ambiente recuerda a las cruentas condiciones sociales que se describen en las novelas picarescas, otra clara influencia de Aramburu. Al igual que Lazarillo de Tormes, el protagonista de Los ojos vacíos no conoció nunca a su padre, y para crecer y convertirse en Lázaro también deberá superar pruebas adversas y sufrir mil y una humillaciones.

A pesar de los referentes realistas de Los ojos vacíos y de sus muchas referencias históricas, esta no es una novela realista. Y quizás esta es la causa principal de su poco éxito en España, cuna del realismo. A quienes les gusten los términos, inventos e ideas propios de la ciencia ficción —chestoberol, guña, hotidima—, los nombres fantásticos —rey Bofrén, dictador Vistavino, escuela Viverga— o los mundos imaginarios deberían darle una oportunidad a Los ojos vacíos. Y también quienes no frecuenten la literatura de género, porque el universo de Antíbula no está tan alejado de Patria: en sus antípodas también hay humor, política e historias humanas. En cualquier caso, merece la pena rescatar Los ojos vacíos del olvido.

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