Ha pasado un mes, desde que Trump presentara al mundo, su nuevo tratado con Dinamarca y Groenlandia. Cualquiera que le oiga presentarlo sólo a él, creerá que la isla ártica es ya territorio estadounidense. La verdad es bastante diferente. El nuevo tratado poco o nada alterar el privilegiado status quo de Estados Unidos en la isla. Un nuevo arrebato populista más…

Por lo general, se define el populismo como la actitud política que propone soluciones fáciles a problemas complejos. Así es en campaña electoral. Pero cuando llega al poder, suele aparecer una nueva dimensión del populismo que Trump practica como nadie. Si bien, muchos políticos de todo signo y latitud le pisan los talones. Primero se asegura a la gente que existe un grave problema y, acto seguido, presume de haberlo solucionado. ¿La trampa? El problema nunca existió.

La envidiable posición de que Estados Unidos goza en Groenlandia nunca ha estado en peligro. Vaya, quizás la pusieron levemente en entredicho las bravuconadas del propio Trump, que, recordemos, ha amenazado con tomarla militarmente. Por suerte, nadie en Copenhague, Nuuk o Washington se lo ha tomado muy en serio.

De hecho, se han reído de él, hasta en la firma del tratado. No sólo no es ningún éxito diplomático. Nadie se ha puesto de rodillas, excepto él que ha firmado una cláusula donde explícitamente reconoce la soberanía danesa y la autonomía gubernamental de Groenlandia.

Repasemos un poco la historia, hasta 2026. Las ambiciones de Washington sobre Groenlandia y, en general, el Ártico son más antiguas de lo que a menudo se piensa. En 1868, William H. Seward, secretario de Estado del Presidente Andrew Johnson, abrió unas negociaciones opacas con Copenhague para comprar Groenlandia e Islandia. Un año antes Seward había comprado Alaska al zar de Rusia. La falta de interés de los daneses y le crisis interna que atravesaba el país –Johnson fue el primer Presidente en sufrir un impeachment– dieron carpetazo al asunto, sin mayor trascendencia. Las sucesivas administraciones estadounidenses poco o ningún interés manifestaron por la isla helada.

Hacia 1910, el Presidente Taft trató de articular una compleja maniobra diplomática a tres bandas que incluía a Groenlandia. Grosso modo, propuso ceder a Dinamarca algunas islas del archipiélago de filipinas, recientemente arrebatadas a España. Una vez entregadas, Copenhague cedería esos dominios filipinos a Berlín. A cambio el Imperio Alemán devolvería a su vecino la región de Schleswig-Holstein –que los prusianos habían conquistado en 1864. Como última pieza de este complejo rompecabezas, Dinamarca cedería Groenlandia a EE.UU., para compensar su entrega de parte de las Filipinas.

Conviene aclarar que esta propuesta jamás pasó de conversaciones informales en corrillos diplomáticos. Nunca llegó a materializarse, ni siquiera en un borrador de tratado.

Durante la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson presionó a Dinamarca para que le venciera sus colonias antillanas. Como país neutral, los puertos daneses del Caribe eran usados por submarinos y buques alemanes. Así, en 1916, se firma el tratado que transfirió las Indias Occidentales Danesas, hoy Islas Vírgenes, a Washington.

A cambio, se pago al país de Hamlet 25 millones de dólares –suma nada desdeñable– y Estados Unidos reconoció formalmente la soberanía danesa de Groenlandia. Posteriormente, en 1924, Washington confirmó en un nuevo acuerdo la soberanía danesa de la isla, pactando con Copenhague unos generosos derechos de pesca para EE.UU., así como el establecimiento de instalaciones científicas en la isla. Empezaba una luna de miel que ya no iba a terminar… hasta Trump.

En abril de 1940, Hitler invadió Dinamarca y Noruega, vulnerando su neutralidad. A fin de privarle de bases en el ártico, Reino Unido ocupó el 10 de mayo el entonces Reino de Islandia –en 1944, los islandeses romperían su último amarre simbólico con Dinamarca, proclamándose como república. Un año más tarde, Estados Unidos ocupaba Groenlandia. También en 1941, Londres cedía a Washington la protección de Islandia.

La ocupación groenlandesa se produjo en virtud del acuerdo de 9 de abril de 1941. Por Dinamarca, firmó el embajador Henrik Kaufmann, pese a carecer de autorización oficial de su gobierno –los nazis mantenían Dinamarca ocupada. No obstante, como se confirmó después de la guerra, el apoyo de los políticos daneses por el acuerdo fue abrumador. De hecho, el parlamento danés ratificó el acuerdo en 1945 por unanimidad.

Este acuerdo de 1941, otorgó a Estados Unidos derecho a edificar bases militares, instalaciones meteorológicas y de comunicaciones. Así ve la luz la base aérea de Thule, actualmente Base Espacial Pituffik. En paralelo, Groenlandia y EE.UU. se otorgaron favores económicos, en materia de comercio. Ambas partes resultaron beneficiadas.

Preocupado por las tensiones con la URSS, Truman comprendió que era fundamental asegurar la presencia militar estadounidense en el ártico. En 1946 ofrece a Copenhague 100 millones de dólares por Groenlandia. Con suma diplomacia, la oferta fue rechazada.

La Casa Blanca modificó entonces la vía para afianzar su presencia en la isla. Bajo el paraguas del Tratado del Atlántico Norte (1949), Copenhague y Washington firmaron el Tratado de Defensa de Groenlandia (1951). Este vino a confirmar el anterior tratado celebrado durante la Segunda Guerra Mundial. Mantenía la Base Aérea de Thule y otorgaba a Estados Unidos derecho a construir, operar y mantener instalaciones militares y misiles balísticos, en suelo groenlandés.

En 2004, se produjo la Declaración de Igaliku. En términos legales, esta era continuista con el tratado de 1951. Sin embargo, tuvo un gran valor simbólico, ya que incluyó, por primera vez, al gobierno autónomo groenlandés (Naalakkersuisut) como parte del acuerdo. Su entrada como signatario, confirmaba y ampliaba el derecho del gobierno local a ser consultado, tanto por EE.UU. como Dinamarca, en la aplicación del tratado.

En paralelo a estos acuerdos de defensa, se fue tejiendo una estrecha relación económica. Las empresas estadounidenses se han beneficiado de importantes concesiones en Groenlandia, durante décadas. Sin perjuicio de algunas polémicas ecológicas, en líneas generales, las relaciones han sido beneficiosas para ambas partes.

Entonces llega Trump, con su obsesión histórica de ser el primer Presidente que amplia el territorio americano desde Wilson –técnicamente Reagan convirtió las Islas Marianas del Norte en un Estado libre asociado, pero ya estaban bajo control de EE.UU., como fideicomiso de la ONU desde 1947, con Truman. Ya en su primer mandato hizo la oferta disparatada de comparar la isla. En el segundo ha subido el tono.

¿Resultado? Un montón de declaraciones dignas de un matón de patio de escuela, varias proclamaciones altisonantes, en que ha llegado asegurar que la isla ya es suya y… el Nuevo Acuerdo de Seguridad de 2026.

Según sus términos, se blindan las bases militares de Estados Unidos en la isla. No es que estuvieran en peligro. Dinamarca se compromete a no admitir presencia militar de países ajenos a la OTAN en la isla. Sí, eso también ocurría ya. Como tercera novedad, las inversiones económicas para la explotación de recursos naturales e infraestructuras en Groenlandia se limitarán a países de la OTAN y la UE. ¿Alguien se atreve a adivinar qué pasaba ya? Pues sí, esto también se venía cumpliendo.

Eso sí, Groenlandia y Dinamarca incluyeron la llamada cláusula de soberanía. Trump ha firmado negro sobre blanco que la soberanía groenlandesa queda inalterada y que, por lo tanto, no se transfiere a Estados Unidos. Con todo, hay que reconocerle un mérito. Después de tantas energías gastadas en gestos vacíos que no cambian nada, ha convencido a muchos seguidores de que su nuevo tratado es un éxito.