Hay que reconocer que nuestros antepasados tenían una considerable confianza en sí mismos. En junio de 1494 en una sala de Tordesillas varios hombres extendieron un mapa sobre una mesa y decidieron dónde empezaba y terminaba el mundo. Hoy cualquier disputa territorial puede necesitar años de negociaciones, organismos internacionales, reuniones diplomáticas y toneladas de documentos. En 1494 Castilla y Portugal afrontaron una cuestión ligeramente más ambiciosa: decidir qué parte del mundo correspondía a cada uno. Y lo hicieron en Tordesillas una localidad vallisoletana que durante unos días se convirtió, sin exagerar demasiado, en el centro del planeta.

Todo había comenzado con el regreso de Cristóbal Colón de su primer viaje a América en 1493. Naturalmente Colón no sabía que había llegado a un nuevo continente; estaba convencido de haber alcanzado las proximidades de Asia. Los Reyes Católicos comprendieron inmediatamente la importancia del descubrimiento, pero había un problema llamado Portugal. Los portugueses llevaban décadas explorando la costa africana y habían construido una extraordinaria experiencia marítima. El rey Juan II no estaba dispuesto a aceptar tranquilamente que Castilla apareciera de pronto en el Atlántico reclamando nuevas tierras y sobre todo posibles rutas hacia las codiciadas Indias.

No era la primera vez que ambas coronas discutían sobre el océano. El Tratado de Alcáçovas de 1479 ya había intentado establecer las respectivas áreas de expansión atlántica, pero el viaje de Colón había cambiado completamente el escenario. Entró entonces en juego el papa Alejandro VI, Rodrigo de Borja antes de ocupar el trono de San Pedro, quien mediante las llamadas bulas alejandrinas de 1493 estableció una demarcación que favorecía los intereses castellanos. A Juan II de Portugal aquello no debió de parecerle especialmente razonable y optó por negociar directamente con los Reyes Católicos. Fue una buena decisión.

«El acuerdo establecía una línea imaginaria de polo a polo. Las tierras descubiertas o por descubrir situadas al este corresponderían a Portugal; las del oeste, a Castilla»

El 7 de junio de 1494 los representantes de ambas coronas firmaron el Tratado de Tordesillas. El acuerdo establecía una línea imaginaria de polo a polo situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Las tierras descubiertas o por descubrir situadas al este corresponderían a Portugal; las del oeste, a Castilla. La escena resulta hoy casi surrealista: dos monarquías europeas decidían el destino de territorios que apenas conocían y cuyos habitantes no fueron consultados. Millones de personas en África, Asia y América quedaron fuera de una negociación que pretendía determinar quién tenía derechos sobre buena parte del planeta.

El tratado tenía además un inconveniente bastante serio: nadie sabía exactamente por dónde pasaba aquella línea. No existía una medida completamente uniforme de la legua y determinar con precisión la longitud geográfica en alta mar seguiría siendo un formidable problema técnico durante siglos. Castilla y Portugal habían conseguido repartirse el mundo antes de disponer de los instrumentos necesarios para saber exactamente dónde habían colocado la frontera. Una situación que quizá no resulte tan extraña para cualquiera que conozca la historia de la diplomacia.

Pero aquella línea imprecisa tendría consecuencias extraordinariamente precisas. La más evidente se llama Brasil. Cuando Pedro Álvares Cabral llegó a sus costas en 1500, la parte oriental del territorio sudamericano quedaba dentro del espacio atribuido a Portugal. Esa es una de las razones fundamentales por las que hoy Brasil habla portugués mientras la mayor parte de los países que lo rodean hablan español. Una decisión tomada en una pequeña localidad castellana hace más de quinientos años continúa escuchándose cada día en las calles de Río de Janeiro, São Paulo o Salvador de Bahía.

Alrededor de Brasil existe además una de las grandes curiosidades del tratado. Desde hace mucho tiempo se ha planteado la posibilidad de que los portugueses tuvieran alguna información sobre la existencia de tierras al oeste del Atlántico antes de la llegada oficial de Cabral. No existe una prueba definitiva que permita asegurarlo, pero la insistencia portuguesa en desplazar hacia el oeste la línea inicialmente propuesta ha alimentado la sospecha. Portugal contaba con excelentes navegantes, una enorme experiencia oceánica y un evidente interés por ampliar su zona de influencia. Quizá Juan II simplemente fue un extraordinario negociador. Quizá sabía algo más. La historia, en este caso, se reserva el derecho a no contestar.

«Pero dividir el mundo por el Atlántico era solo la mitad del problema. La Tierra era redonda, y tarde o temprano aquella línea tenía que continuar por el otro lado»

Pero dividir el mundo por el Atlántico era solo la mitad del problema. La Tierra era redonda, y tarde o temprano aquella línea tenía que continuar por el otro lado. La cuestión adquirió enorme importancia cuando ambos llegaron a Asia y comenzaron a disputarse las Molucas, las famosas islas de las Especias, donde productos como el clavo podían generar fortunas extraordinarias. Nuevas expediciones, mapas, cosmógrafos y discusiones diplomáticas terminaron conduciendo al Tratado de Zaragoza de 1529, que intentó completar por Oriente lo que Tordesillas había comenzado por Occidente.

Naturalmente, las demás potencias europeas nunca mostraron demasiado entusiasmo por aquel reparto hispano-portugués. Al rey Francisco I de Francia se le atribuye una frase que, aunque probablemente sea apócrifa o al menos imposible de documentar literalmente, resume magníficamente la situación. El monarca francés habría pedido que le mostraran «la cláusula del testamento de Adán» por la que españoles y portugueses eran los únicos herederos del mundo. Francia, Inglaterra y posteriormente Holanda demostrarían con barcos, corsarios y colonias que no tenían ninguna intención de respetar eternamente aquel acuerdo.

Sería un error sin embargo considerar Tordesillas simplemente una extravagancia de finales del siglo XV. El tratado condicionó durante décadas la expansión de las dos grandes potencias marítimas ibéricas, influyó decisivamente en la configuración territorial y lingüística de América y dejó consecuencias culturales que todavía son perfectamente visibles. Los ejemplares conservados del acuerdo forman parte desde 2007 del Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, y no parece una distinción exagerada.

Porque pocas escenas explican mejor el comienzo de la Edad Moderna. Europa acababa de descubrir que el planeta era mucho más grande de lo que había imaginado y dos pequeños reinos situados en el extremo occidental del continente comprendieron que tenían ante ellos una oportunidad gigantesca. La respuesta fue tan audaz como ingenua: sentarse alrededor de una mesa, extender los mapas disponibles y dibujar una línea para dividir el mundo.

Lo sorprendente no es que lo intentaran. Lo sorprendente es que, durante siglos, el mundo aceptó vivir dentro de aquella línea.