“Aquel que vive solo y que, sin embargo, desea de vez en cuando vincularse a algo; aquel que, considerando los cambios del día, del tiempo, del estado de sus negocios y demás, anhela de pronto ver un brazo al cual podría aferrarse, no está en condiciones de vivir mucho tiempo sin una ventana que dé a la calle. Y le place no desear nada, y sólo se acerca a la ventana como un hombre cansado, cuya mirada oscila entre el público y el cielo, y no quiere mirar hacia afuera, y ha echado la cabeza un poco hacia atrás; sin embargo, a pesar de todo esto, los caballos de abajo terminarán por arrastrarlo en su caravana de coches y su tumulto, y así finalmente en la armonía humana”, escribió Kafka alguna vez, intentando exorcizar su propio dolor.  Sinceramente, recibir este libro de cuentos y no imaginarlo aferrado a alguno de todos esos abismos (disfrazados de ventanas) a los que él, tímidamente, se asomaba con la única intención de conectarse y huir de la realidad, me resultó imposible.

Sus palabras se transformaron en un eco. Su musicalidad comenzó a adueñarse del espacio. A transformarse en carne en cada párrafo; en cada página. En cada uno de esos relatos que describían a Praga sin la necesidad de nombrarlo, pero que, sin embargo, mantienen la intensidad de su ¿mirada? marcada a fuego a pesar de los años. Y los daños.

Porque estos relatos nos invitan a observar. A ver más allá de nosotros y de los otros. A recorrer las calles de una las ciudades más hermosas del mundo a cara lavada y sin complejos. Sin sentir la necesidad (o el deber) de maquillar ninguna herida. Ningún dolor.

Cada historia es una aventura, una experiencia, un viaje. Fotos, pasajes y paisajes que nos invitan a soñar. A sentir de afuera hacia dentro. A adueñarnos de todos esos espacios oníricos, tangibles y concretos que se vuelven parte de nuestro camino. Y de nuestro ¿destino?

Amores imposibles y encuentros a escondidas. El valor de la familia y la doble moral. Un grupo de niños jugando al borde de un río (que atraviesa la ciudad como si fuera una daga) y les refleja las ganas.  Las esquirlas de la guerra clavándose en los ojos de todos aquellos que no se quieren mirar.

Cuentos llenos de nostalgia, de magia, de vida. De muerte y resurrección. De contradicciones. Diferentes enfoques y puntos de vista sobre una escenografía “alada” que logró mantenerse de pie a pesar del horror, las falsas promesas y las redenciones. Personas y personajes que, amparados debajo de las plumas de grandes escritores como Tyl y Světlá; Kahuda o Pachtová, pasando por Čapek, Neruda y Hrabal, además de los alemanes de Praga, Meyrink, Leppin y Kisch, nos toman de la mano y nos invitan a recorrer con ellos sus rincones más ocultos y sagrados, permitiéndonos, de esa manera, espiar a través de la cerradura y volar.

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