A finales de noviembre de 1937, el Ejército Imperial japonés avanzaba sin resistencia real hacia Nankín. El 13 de diciembre, tomaron la capital de la República Nacional China, desatando una masacre que se prolongó unas seis semanas. En ese corto lapso de tiempo, más de 200.000 personas fueron asesinadas y unas 20.000 mujeres y niñas fueron brutalmente violadas. La magnitud del horror de Nankín únicamente es comparable a su olvido. Por eso parece importante dedicarle unas líneas en su octogésimo séptimo aniversario.

La expansión de Japón por China empezó a finales del S XIX, con la Primera Guerra Sino-japonesa (1894-1895) que se saldó con la anexión nipona de las islas de los Pescadores, de Formosa (Taiwán) y la península de Liaodong. El Imperio del Sol Naciente seguía así el camino inaugurado en la Primera Guerra del Opio (1839-1842) por los británicos.

“A finales de noviembre de 1937, el Ejército Imperial japonés avanzaba sin resistencia real hacia Nankín”

En los libros de historia China no se llama al S XIX, “el siglo de la humillación”, por capricho. El linchamiento de las potencias extranjeras empezó después de que el gobierno chino prohibiera la venta de opio en su país. Como represalia, la flota inglesa bombardeó varias ciudades chinas y barrió a sus tropas. En el tratado de rendición, el milenario Imperio no sólo tuvo que aceptar la relegalización el tráfico de drogas inglesas, sino compensar a los empresarios ingleses por las pérdidas y ceder Hong Kong.

La constatación de que el sistema imperial feudal colapsaba desbocó la codicia de todas las potencias del mundo. No sólo Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, Rusia, Bélgica y Japón atacaran al país y se cobraran un pedazo de territorio, o alguna importante concesión de infraestructuras.

“en apenas seis semanas, más de 200.000 personas fueron asesinadas y unas 20.000 mujeres y niñas fueron brutalmente violadas”

Después de la Primera Guerra Sino-japonesa, las tensiones entre Tokio y el Moscú de los Zares aumentaron, ya que ambos imperios veían Corea y Manchuria como zonas de expansión. La derrota rusa en la guerra de 1904-1905, se tradujo en la cesión a Japón de las islas Kuriles, la mitad de Sajalín y su base naval en la localidad china de Port Arthur.

A partir de entonces, la expansión japonesa por china fue una constante. En 1910 se anexionó oficialmente la Península de Corea. La caída de monarquía y el advenimiento de la República China (1912) no mejoraría las cosas.

“La magnitud del horror de Nankín únicamente es comparable a su olvido”

A principios de septiembre de 1931, se produjo el incidente de Mukden. Simulando ser nacionalistas chinos, agentes japoneses perpetraron un atentado contra una línea ferroviaria gestionada por su gobierno, cerca de la ciudad de Mukden, en Manchuria. Después de este ataque de falsa bandera, Japón inició una invasión a gran escala de China.

Esta se materializó en la creación de varios Estados satélites, el más famoso de los cuales sería Manchukuo (1932), en la región de Manchuria. En 1934, Tokio accedió incluso a reconocerlo como “Imperio de Manchukuo”, después de todo, habían puesto al frente a Pu Yi, el último emperador de China.

“En los libros de historia China no se llama al S XIX, “el siglo de la humillación”, por capricho”

Japón repitió la jugada en la Mongolia Interior, creando allí Mengjiang. De caras a la galería entregaron su gobierno a un príncipe de la nobleza mongola, de nombre un tanto difícil de pronunciar para nosotros: Demchugdongrub.

Mediante estos países ficticios, el imperialismo japonés sostenía que no estaba invadiendo China, sino liberando a minorías étnicas como coreanos, manchúes o mongoles subyugados por chinos. En la práctica, estos territorios liberados se convertían en protectorados japoneses, donde la población se esclavizaba, literalmente, al servicio de la maquinaria militar japonesa.

“el imperialismo japonés sostenía que no estaba invadiendo China, sino liberando a minorías étnicas”

Los trabajos forzados no eran la única forma de abuso y expolio institucionalizados. Una vez ocupado el territorio, ciertos productos de alimentación básica, como té, arroz o gasolina, únicamente podían comprarse en tiendas del Ejército Imperial.

Además, se promovía la adicción de los pueblos ocupados al opio y otras drogas suministradas por los japoneses para aumentar sus ingresos. En Nankín sin ir más lejos, muchos ciudadanos recuerdan como soldados japoneses ofrecían cigarrillos de heroína a niños y preadolescentes. La heroína es un derivado del opio.

“A principios de septiembre de 1931, se produjo el incidente de Mukden”

El camino hasta Nankín empezó en verano, cuando el 7 de julio de 1937, soldados chicos y japoneses se enzarzaron en una violenta pelea cerca del Puente de Marco Polo, en las inmediaciones de Pekín. Los japoneses hicieron unas provocativas maniobras militares en suelo chino. La pelea enseguida degeneró en un enfrentamiento armado, bastante tumultuario, que se prolongó dos días. Aunque quedan dudas, muchos historiadores sostienen que, lejos de ser una algarabía espontánea, los japoneses orquestaron todo el incidente entre bastidores, como hicieron en Mukden.

La guerra empezó con bombardeos indiscriminados sobre Shanghái y otras grandes ciudades chinas, incluida la propia Nankín. Sin embargo, el avance japonés encontró mucha mayor resistencia de la esperada, a diferencia de lo que había ocurrido en 1931. La derrota china no llegó hasta después de la larga y penosa batalla de Shanghái, ocupando Pekín, la antigua capital imperial y Shanghái.

“se promovía la adicción de los pueblos ocupados al opio y otras drogas suministradas por los japoneses para aumentar sus ingresos”

La cercanía entre Shanghái y Nankín llevaba a pensar que la entonces capital china sería entregada sin resistencia, ante la imposibilidad de defenderla. Esta era la posición de Chiang Kai-shek, el Presidente de China, pero en una reunión con sus generales y ministros, se alzó la voz del general y señor de la guerra, Tang Shengzhi, que se negaba a entregar la capital sin ofrecer resistencia alguna.

La relación entre Chiang Kai-shek y Shengzhi, como poco, hay que describirla como compleja. Chaing había llegado a desterrar a Shengzhi y luego le había hecho volver para darle poder. Entre ambos hombres había una rivalidad, a veces sana, a veces no tanto.

“La cercanía entre Shanghái y Nankín llevaba pensar que la entonces capital china sería entregada sin resistencia”

Tras unos minutos de silencio, Chiang Kai-shek miró a Shengzhi y le espetó:

-¿Te quedas tú o me quedo yo?

Entonces se quedó en silencio un sorprendido Shengzhi. Finalmente recuperó su tono de voz brabucón:

-¿Cómo va a quedarse nuestro Generalísimo? -título que ostentaba Chiang.

Al final, la resistencia de Shengzhi se quedó en nada. Teóricamente tenía 100.000 soldados a sus órdenes y empezó a fortificar la capital, mientras el gobierno y los cuerpos diplomáticos la abandonaban. Pero la mayoría de estos hombres venía huyendo de la derrota de Shanghái o eran soldados inexpertos recién reclutados del campo.

En el último minuto, Shengzhi evacuó la capital sin oponer resistencia. Tanto ruido y…

“Al final, la resistencia de Shengzhi se quedó en nada”

El 13 de diciembre el Ejército Imperial entró en Nankín e inauguró seis semanas de robo, matanzas, violaciones e incendios. No existen palabras para describir el horror que vivió la ciudad.

La magnitud de la masacre japonesa en Nankín se juzgaría años después en los Juicios de Tokio. De hecho, la sentencia condenó a muerte a los generales Akira Mutó e Iwane Matsui menciona expresamente las violaciones masivas de mujeres y niñas, muchas de menos de diez años, seguidas casi siempre de su asesinato.

“El 13 de diciembre el Ejército Imperial entró en Nankín e inauguró seis semanas de robo, matanzas, violaciones e incendios”

Esto resulta bastante excepcional, por cierto. A menudo, en las más bien contadas ocasiones en que se puede juzgar a criminales de guerra por masacres, los asesinatos masivos opacan en la sentencia otros delitos, como violaciones o robos, precedentes al asesinato. En Nankín la brutalidad de las violaciones en masa no permitía volver la espalda. Por no mencionar su extremo sadismo. Muchas mujeres eran mutiladas en brazos, rostro o genitales, antes, durante o después de las agresiones.

Pero queda una mancha negra. El último responsable de la masacre fue el Príncipe Asaka, tío del Emperador Hiroito. Como miembro de la Familia Imperial, Asaka se benefició de las condiciones del armisticio con los Aliados y nunca afrontó responsabilidad alguna. De hecho, murió tranquilo en su cama tras una vida larga y lujosa.

“Muchas mujeres eran mutiladas en brazos, rostro o genitales, antes, durante o después de las agresiones”

Como en todas las tragedias, en Nankín también hubo héroes, sobre todo profesores, médicos y algunos diplomáticos extranjeros que se negaron a abandonar la ciudad. Sin embargo, entre ellos destaca el más inverosímil de los salvadores, el empresario alemán John Rabe.

Además de hombre de negocios que llevaba varias décadas viviendo y prosperando en China, Rabe era nada menos que el líder del Partido Nacionalsocialista en China, lo que le daba un estatus de cónsul a efectos diplomáticos. Pese a su posición en la jerarquía nazi, todo indica que Rabe no sabía muy bien que era el nazismo. Hombre lleno de contradicciones, era un empresario que simpatizaba activamente con los derechos de los obreros. El nazismo le parecía una socialdemocracia alemana.

“en Nankín también hubo héroes, entre ellos destaca el más inverosímil de los salvadores, el empresario alemán John Rabe”

Su devoción por Hitler llegaba al extremo de aburrir a sus colegas diplomáticos y comerciales con farragosos discursos de sobremesa loando al salvador de Alemania. Como pasa con todo amor apasionado, la admiración de Rabe por el Führer era bastante ciega. Ni más ni menos, negaba que el antisemitismo fuese tan importante en el ideal nazi, un movimiento en su opinión focalizado en la justicia social.

Pues bien, aprovechando su posición Rabe consiguió que los oficiales japoneses aceptaran la creación de una zona segura, en las inmediaciones del barrio diplomático. Los chinos que se refugiaran allí estarían a salvo. Temiendo que los japoneses podían cometer atropellos en Nankín, como habían hecho en Shanghái, escribió al propio Hitler para solicitar su mediación en favor de una ocupación pacífica de Nankín. Nunca recibió respuesta.

“Rabe consiguió que los oficiales japoneses aceptaran la creación de una zona segura”

Cuando vio las atrocidades japonesas en la ciudad, Rabe apeló de nuevo a los oficiales japoneses. Una vez le quedó claro que no iban a hacer nada, se hizo famoso por coger su coche y recoger a chinos por toda la ciudad para llevarlos a la zona segura. Con gran riesgo para su vida, se encaró varias veces con soldados japoneses para que soltaran a alguna chica o dejaran de robar.

La vida no fue amable con Rabe. Poco después de la masacre retornó a Alemania. Allí empezó a denunciar con material fotográfico y vídeo la masacre de Nankín. Esto le costó dos días de arresto y tortura por la Gestapo. Para colmo, después de la guerra fue condenado durante el proceso de desnazificación del país.

“Rabe se hizo famoso por coger su coche y recoger a chinos por toda la ciudad para llevarlos a la zona segura”

Pese a su brutalidad, Nankín pertenece a la lista de genocidios olvidados. El propio gobierno chino no tiene mucho interés en reivindicarlo. En el aspecto político, Nankín era la capital del gobierno nacionalista, con que los comunistas chinos estaban en guerra civil antes de la invasión japonesa, conflicto que reemprendieron después de la Segunda Guerra Mundial. Además, Pekín ha venido priorizando la normalización de relaciones comerciales con Japón.

En el País del Sol naciente la postura oficial de los crímenes de guerra es el negacionismo. Nunca ha habido una condena oficial de las autoridades japonesas de las atrocidades perpetradas en Nankín, Corea, Manchuria, China, Indonesia o Filipinas, durante la guerra. ¡Y pobre del que alce la voz!

“En el País del Sol naciente la postura oficial de los crímenes de guerra es el negacionismo”

Azuma Shiro, primer y único veterano en confesar sus crímenes durante la guerra, fue obligado a abandonar su ciudad ante el alud de amenazas. En 1989, Motoshima, alcalde de Nagasaki, nada menos, se atrevió a condenar la masacre de Nankín y cuestionar el rol de Hiroito y la Familia Imperial en los crímenes de guerra. Poco después recibió un disparo que, pese a atravesarle ambos pulmones, no resultó mortal. Lo más aterrador es que en los días siguientes grupos de enmascarados recorrieron Nagasaki, con total impunidad, voceando con altavoces que el atentado era una venganza divina.