Cuando mi abuelo Santiago llegó a Miranda de Ebro una de las primeras cosas que escuchó fue: “Aquí solo tenemos dos estaciones: invierno y La Renfe”. Un traslado por parte de La Azucarera propició que mi madre, maña ella, conociera a mi padre y acabara dando a luz a una mirandesa como yo. En Miranda de Ebro nací, pasé mi infancia y primera adolescencia; pero a los catorce años me tocó partir. Desde entonces he vivido entre Alicante y Logroño. Aunque el clima sea más amable en estas ciudades (sobre todo en la levantina), la casualidad siempre ha querido que viviera próxima a las vías del tren. O tal vez sean bromas del destino. Cómo debo interpretar que una hija de Miranda, cuya patrona en la Virgen de Altamira, y que veraneaba en la Playa de Muchavista, haya acabado teniendo como profesión la de Óptico-optometrista. La tierra a la que pertenecemos no está dispuesta a que la olvidemos por más kilómetros que nos separen. Hoy es el día en que celebro como si fuera festivo cada vez que regreso al lugar que me vio nacer.

«La tierra a la que pertenecemos no está dispuesta a que la olvidemos por más kilómetros que nos separen. Hoy es el día en que celebro como si fuera festivo cada vez que regreso al lugar que me vio nacer»

La distancia, y el no poder disfrutar a diario de mi ciudad, me han hecho valorar aún más todos los tesoros que en su historia guarda. Y es que en cuanto enfilo la carretera que me lleva a Miranda, y sobre todo veo el cartel que me anuncia que estoy entrando en el municipio, se me alegra el corazón. Desde el coche dejo pasar a mano izquierda la aldea de Arce y los semiocultos restos de la gran ciudad de Deobriga. Sus primeros pobladores fueron los autrigones, una sociedad celtíbera matrilineal. A la derecha me acompaña la sucesión de idílicas casitas que forman el poblado de los Ángeles. Entre ellas se eleva majestuosa la torre de su iglesia, austera en detalles, pero que impresiona por su tamaño. Treinta metros de altura acristalados sobre los que descansa una enorme cruz, tan igual hoy en día a las imágenes en blanco y negro del NODO que mostraban el momento de su bendición. Todo fue construido durante el régimen en la ciudad que albergó el último campo de concentración de la guerra civil española en cerrarse. Cabe reseñar, frente a la existencia de un lugar así, que en el estuvieron prisioneros nada menos que dos de los tres ganadores del premio Nobel de medicina del año 1965: François Jacob y Jacques L. Monod. Frente a estas casitas, al otro lado de la carretera, se instaló la empresa Fabricación Española de Fibras Artificiales S.A. allá por 1940. Después de años de esplendor de la FEFASA, y posteriormente ENCE (Empresa Nacional de Celulosas), la última crisis económica del país golpeó fuertemente al sector industrial, pero ahí sigue. La enorme chimenea, que antaño no cesaba de soltar una estela de humo negro, luce hoy igual de esbelta pero menos contaminante.

También se me escapa una sonrisa siempre cuando paso junto a mi colegio. Aquellas amigas que hice durante la EGB no han dejado de acompañarme hasta hoy. Mi último barrio antes de abandonar la ciudad fue el que lleva el mismo nombre que el colegio: “La Charca”; y en el viven hoy estas amigas de las que hablo. Aunque tras salir del antiguo Hospital de Santiago, ya desaparecido, mi primer hogar estuvo en la calle Gregorio Solabarrieta. La calle lleva el nombre de un ilustre compositor mirandilla de la ciudad. Obra suya es nuestro Himno. Y es que para ser de Miranda hay dos formas: o bien naciendo en ella como mirandés, o sintiéndola como propia como mirandilla. Ambas son igual de válidas.

Mi infancia la pasé de Aquende a Allende de mano de mi abuela Pili, mi abuela mirandesa. Estos recuerdos está claro que influyeron mucho en la ambientación y título de mi primera novela publicada. Me llevaba a coger agua en la Fuente Vieja, y para llegar allí es imprescindible cruzar el emblemático puente de Carlos III. Este es todo un símbolo de la ciudad, junto con las esculturas de piedra de dos grandes leones de piedra que se levantan a ambos lados en su centro. Mi abuela me decía que sus nombres eran Leoncia y Leonardo, pero con los años he comprendido que esto no puede ser así. Los dos son machos, ambos tienen melena. A izquierda y derecha de este hay otros dos puentes para salvar el Río Ebro, los conocidos como “el del francés”, y “el de hierro” o “el inglés”. Además de la fuente en Aquende, la parte vieja de la ciudad, está el Ayuntamiento, el Palacio del los Urbina y las Casa de las Cadenas con su fantasma. Allí fue asesinado un General de la guerra carlista por soldados amotinados, y desde entonces al parecer su espíritu errante forma parte de la Miranda paranormal.  Y siguiendo con el más allá también caminábamos sobre el Ebro para ir al cementerio viejo. Mi abuela y mi madrina me llevaban los fines de semana para que las ayudara a limpiar las tumbas de nuestros antepasados. Y los domingos, para ir a misa, había dos opciones. Normalmente ganaba el Espíritu Santo que está Allende, la parte nueva. Es una iglesia románica cuyo primer nombre fue San Nicolás, pero cambió después de arder en el 36. Ahora existe otra Iglesia más moderna que se quedó con el nombre del Santo. Pero a mí me gustaba más ir a Santa María, en la parte vieja. Me pasaba como al Chantre de Calahorra, esa momia inquieta que tras cada crecida abandonaba su enterramiento en la Iglesia de San Juan para aparecer frente a la de Santa María. A la tercera fue la vencida. Desde que descansa allí bajo el coro no ha vuelto a salir. Tal vez sabía la que se le venía encima al lugar que albergaba su primer lugar de descanso eterno. Saqueada por las tropas francesas durante la guerra de la independencia española dejó de funcionar como parroquia y paso a manos particulares. Tras sufrir la desamortización de Mendizábal hoy muestra un aspecto ruinoso después de haber sido reconvertida en edificio de viviendas. Su aspecto extraño me sigue fascinando hoy tanto o más que cuando era niña.

«Me decía mi abuela que por ahí debajo estaba el antiguo castillo de Miranda, le hubiera encantado verlo ahora recuperado y puesto en valor»

Cuando pienso en mis años viviendo plenamente como mirandesa no puedo evitar que ciertos recuerdos lleguen a mí con nostalgia. Los paseos por la arboleda, las excursiones al monte de los frailes; en cuya falda se asentó un Convento franciscano hoy reconvertido en Hospedería. Ir a por leche a una lechería al barrio de las Matillas. Subir a coger huevos a una granja cerca de la picota y luego, desde allí, ver toda la ciudad desde las alturas. Me decía mi abuela que por ahí debajo estaba el antiguo castillo de Miranda, le hubiera encantado verlo ahora recuperado y puesto en valor. Eso y el precioso Jardín Botánico. O el Teatro Apolo funcionando como cuando ella era joven.

Y es que Miranda vale la pena visitar porque es curiosa, muy curiosa. Nuestro patrón es San Esteban Protomártir, o al menos así es oficialmente. Pero a quien se le rinde culto como tal es a San Juan del Monte. En el corazón de todo mirandés no existe santo más verdadero que nuestro ermitaño favorito. Y nos da igual que la Iglesia no lo haya podido reconocer como tal. Si alguna vez ha de llegar el fin del mundo que no lo haga antes de 51 días después de Pascua. El Lunes de Pentecostés en Miranda es sagrado. La subida al monte, la misa en la ermita, comer en la hermandad de la peña y bailar en la Laguna al ritmo de las charangas está en nuestro ADN. “Contentos subimos, alegres bajamos” dice el Himno de la fiesta, y tal cual es. En Septiembre volvemos a estar de fiesta, pero más formales, en honor a nuestra Virgen. Y en Marzo se celebra la Feria del Ángel desde el S. XIV, concedida por el rey Alfonso XI. Me encantaba ir a ver los caballos de niña tanto como hoy le gustan a mi hija.

Volver a Miranda es como recargar las pilas. Y si lo haces en jueves mejor: ¡Pincho pote! Además hay que aprovechar para cargar viandas. Las ricas morcillas delgadillas de Aurora son todo un manjar. Para alegrar el espíritu tenemos zurracapote Término de Miranda. El café aquí es Gometero, y para mojar en el cualquiera de las especialidades de Galletas Coral. Aunque yo me quedo con las mirandinas. Para los sanos nuestro tomate de ensalada. Y para los golosos el delicioso trampantojo de tomate que en su honor prepara la Pastelería Bornaechea.

«Volver a Miranda es como recargar las pilas. Y si lo haces en jueves mejor: ¡Pincho pote! Además hay que aprovechar para cargar viandas. Las ricas morcillas delgadillas de Aurora son todo un manjar»

Así que no lo dudéis, si alguna vez viajáis hasta Miranda de Ebro lo vais a disfrutar. Abrigaros bien, y me da igual si lo hacéis por carretera o por tren. Por este último medio debéis saber que se os recibirá en una bonita estación clásica de estilo victoriano, y no una de esas moles acristaladas modernas y sin alma. Wikipedia dice que Miranda es un nombre femenino de origen latino que significa «Digno de ser admirado», aquella que es maravillosa y se debe admirar y apreciar. A ver quién se atreve a llevar la contraria a la enciclopedia on-line más consultada.

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Mi nombre en Mª Silvia Eguíluz González. Soy de Miranda de Ebro, provincia de Burgos, pero vivo en Logroño desde hace muchos años. Me gusta leer y escribir. Leer porque, además de ser un placer, no existe mejor forma de aprender a escribir. Y escribir porque si no lo hago las historias que nacen en mi cabeza se quedan allí enquistadas, con sus personajes exigiéndome a voces poder salir. “7 Narraciones imposibles y un verso” es el título de mi primera obra publicada, una colección de relatos. Después vino “La maldita de Aquende a Allende”, mi novela, publicada por Meiga Ediciones. Y este mismo año 2019 he sido la ganadora del “III Premio de Literatura Ilustrada Villa de Nalda e Islallana” con la obra “La bruja de Islallana”. A parte de todo esto soy Óptico-Optometrista y madre de familia, así que soy incapaz de recordar la última vez en mi vida que me sentí aburrida.

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