En 2019, Cristina Fernández de Kirchner recuperó la presidencia de Argentina a través de su marioneta, Alberto Fernández. En 2021, Pedro Castillo y Gabriel Boric ganaron en Perú y Chile, respectivamente, poniendo fin a otros dos gobiernos de centro derecha. En 2022, Gustavo Petro se hizo con el poder en Colombia y, ahora, Lula da Silva ha derrotado a Jair Bolsonaro, convirtiéndose en presidente de Brasil a sus setenta y siete años.

Con estas cinco elecciones en mente, podemos llegar a una conclusión: Sudamérica ha vuelto al punto de partida. Después de unos años convulsos, en los que la izquierda perdió fuerza de forma vertiginosa, el Foro de São Paulo ha retomado el control. Faltaría Uruguay, pero la pírrica victoria de Lacalle Pou en las anteriores elecciones hace presagiar un triunfo de la izquierda en 2024 que completaría la hazaña de reconquistar todo un continente en cinco años.

“Sudamérica ha vuelto al punto de partida”

Para el observador externo, el panorama es desolador. La alternativa a la izquierda latinoamericana se ha disuelto como un azucarillo, ha dejado la mayor parte de los países divididos de forma irreconciliable y ha sido incapaz siquiera de evitar el culto a la personalidad y el populismo que suelen acompañar a las propuestas progresistas de Latinoamérica. Más sonado es el fracaso, todavía, si pensamos en lo lamentables que han sido los primeros años de cada una de estas experiencias y lo poco que esto ha disuadido a los sucesivos países llamados al voto.

El desempeño deplorable de Alberto Fernández no impidió que Perú diese su confianza a Pedro Castillo, siendo este dirigente, además, alguien que era evidente que sufría de unas capacidades intelectuales notablemente reducidas (sin pretender ser ofensivo, tampoco estáis leyendo a un genio). Aún con todo, la triste situación de Perú no hizo dudar a los chilenos a la hora de elegir como presidente a un universitario eterno sin experiencia laboral como Gabriel Boric; tampoco esto frenó a los colombianos que apoyaron a Petro; para rematar, el esperpento vivido en Chile y la inestabilidad de Colombia no han servido para que los brasileños no apuesten por Lula da Silva.

“La alternativa a la izquierda latinoamericana se ha disuelto como un azucarillo”

Mi conclusión es que la derecha latinoamericana es tan sumamente mala que no consigue contrarrestar el único argumentario de la izquierda latinoamericana desde que tengo uso de razón: el subdesarrollo del continente es culpa de los Estados Unidos, y la solución es un conjunto de Estados cada vez más grandes, que controlan cada centímetro de la vida de sus ciudadanos y practican una “aporofilia” casi religiosa. Eso, y una tendencia curiosa a ser conservadores en algunos temas sociales (Lula y Pedro Castillo con el aborto son ejemplos llamativos), basta para que el electorado elija el mismo camino transitado en innumerables ocasiones.

Resultaría raro que alguien, después de casi 20 años de gobierno ininterrumpido en Europa, fuese capaz de enarbolar unos logros tan pequeños como los que he escuchado en los sucesivos debates electorales de estos años. En nuestro país, Íñigo Errejón fue caricaturizado cuando dijo aquello de que ahora, en Venezuela, se comía tres veces al día. Poco más que eso ha necesitado la izquierda para hacerse de nuevo con el control de Latinoamérica, con Argentina como el caso más paradigmático de ese conformismo. Si el PSOE hubiese utilizado el descenso del analfabetismo para justificar cuarenta años de gobierno en Andalucía, los principales dirigentes hubiesen tenido que abandonar la Comunidad Autónoma escoltados por la policía; Kirchner con eso ha tenido siempre más que de sobra.

“el único argumentario de la izquierda latinoamericana: el subdesarrollo del continente es culpa de los Estados Unidos,”

Cabe destacar, además, que se da la circunstancia de que la izquierda latinoamericana tuvo la suerte de encontrarse con el gobierno en momentos de aumento exponencial del precio de las materias primas. Eso permitió que se pudiese despilfarrar el dinero en programas sociales que nada hicieron para mejorar la capacidad productiva de sus países, pero encandilaron a la población con una opulencia comparativa que la mayoría sigue recordando con nostalgia. El caso de Venezuela es paradigmático: el boom del petróleo los puso a la cabeza de Latinoamérica, pero nada queda de eso más allá del recuerdo de esos “mesías” que financiaron escuelas y asistencia social en base a puro oro negro.

Creo que la alternativa correcta para el futuro de Latinoamérica no es la derecha conservadora, sino el liberalismo. Lo pienso porque soy un creyente convencido de que una sociedad anquilosada necesita un shock para despertar de su letargo. Javier Milei no podría cambiar Argentina en el escaso tiempo de su, por otro lado, improbable mandato, pero sí sería capaz de ofrecer una alternativa distinta a la socialdemocracia de Juntos por el Cambio, que no es otra cosa que un sucedáneo del peronismo con algún detalle nimio. De la misma forma, estoy seguro de que solo a través de la libertad se puede cambiar el futuro de Perú, Chile, Brasil o Bolivia. Cualquier retorno de los conservadores no será otra cosa que una pequeña parada en el camino hacia ninguna parte que es la política latinoamericana.