Aunque breve, hubo un periodo, a finales de los 90 y principios del tercer milenio, en que el proyecto europeo despertaba entusiasmo. A tal extremo llegaban las esperanzas que se vaticinaba próximo el advenimiento de los Estados Unidos de Europa. En nuestro presente, la UE levanta pocas pasiones, al menos, positivas. La gran visión ético-política se arrincona en el discurso de sus propios defensores que acuden a argumentos pragmáticos de corte economicista, para justificar la continuidad de la UE. Por el contrario, el escepticismo y el odio que la organización suscita aumentan año tras año.

Grosso modo, las críticas contra la UE se agrupan en:

  • Falta de democracia.
  • Burocratización.
  • Lentitud en la toma de decisiones.
  • Agenda ideológica -excesivamente- progresista, sobre todo la medioambiental.

Como origen de estas malas tendencias, los euroescépticos suelen apuntar al Tratado de Maastricht (1992). Sin embargo, lo cierto es que, sin Maastricht, directamente no existiría la UE, sino un conglomerado de tres organizaciones internacionales, mucho más lento, mucho más burocratizado y mucho menos democrático.

“hubo un periodo, a finales de los 90 y principios del tercer milenio, en que el proyecto europeo despertaba entusiasmo”

Después de aprobarse el Tratado de Maastricht, los euroescépticos empezaron a mostrar su fuerza. Pese a que los principales partidos políticos de cada país –centro derecha, socialistas, liberales y verdes– se adherían al proyecto, buena parte de los ciudadanos, muchos votantes de estos partidos, no sintonizaba con el europeísmo.

En Francia, el referéndum popular para ratificar el Tratado de Maastricht salió adelante por un margen muy escaso (51’05% vs 48’95%). Dinamarca lo rechazó.

Olvidado en la historia del euroescepticismo, el “no” danés a Maastricht casi acaba con la UE, antes de que esta empezara a existir. Las reformas de los tratados de una organización internacional deben aprobarse por unanimidad. Ergo si un miembro de las Comunidades Europeas no aceptaba el Tratado de la UE, este no podía entrar en vigor.

“el “no” danés a Maastricht casi acaba con la UE”

Mediante una serie de compromisos, se garantizó al pequeño país septentrional un estatus particular. Si bien es miembro de la UE, Dinamarca es conocida por pertenecer a esos países que no han querido integrarse en la moneda única. Pero sus peculiaridades desde su rechazo a Maastricht van mucho más allá, ya que no se integra plenamente dentro del espacio jurídico europeo. Muchos ámbitos de la normativa comunitaria no le son de aplicación directa, sino que quedan condicionados a lo establecido a un tratado internacional bilateral entre la UE con Dinamarca.

Entre los éxitos de Maastricht se encuentra la apertura de las elecciones locales y europeas a los nacionales de todos los Estados miembros. Así, en 1993, los españoles reformamos nuestra constitución (art. 13 CE) a fin de que los europeos pudiesen votar y presentarse a las elecciones municipales españolas. De ahí que en Mallorca haya algún que otro pueblo con un alcalde alemán.

“Entre los éxitos de Maastricht se encuentra la apertura de las elecciones locales y europeas a los nacionales de todos los Estados miembros”

Los países pueden limitar este derecho a los ciudadanos europeos, cuando los votos extranjeros superen en una zona o municipio a los de la población local. Esta cláusula pretende proteger sobre todo a Estados pequeños como Luxemburgo y prevenir conflictos transfronterizos en regiones como Alsacia, Lorena, la frontera norirlandesa, los Pirineos etc.

Pese al bache, el proceso europeo siguió adelante en los noventa. En 1995, Suecia, Finlandia y Austria ingresaban en la UE. Poco después, se aprobaron sucesivamente los Tratados de Ámsterdam (1997) y Niza (2001), relanzando el proyecto europeo.

Con el Tratado de Ámsterdam se reforzó la idea de espacio común, ya fijado en los orígenes de las Comunidades Europeas y presente en el Acuerdo de Schengen. Hasta entonces la libre circulación se había limitado a capitales, mercancías, servicios, trabajadores, profesionales (autónomos), pero Ámsterdam añade a las personas en general, concediendo un efectivo derecho a residir y vivir en cualquier país de la UE a un ciudadano de sus Estados miembros. No obstante, este derecho se ha condicionado a la acreditación de un mínimo nivel de ingresos, por ejemplo, una pensión de jubilación, cuando alguien quiera vivir en un país distinto al suyo, sin intención de buscar trabajo.

“En 1995, Suecia, Finlandia y Austria ingresaban en la UE. Poco después, se aprobaron sucesivamente los Tratados de Ámsterdam (1997) y Niza (2001)”

Ámsterdam también amplió las competencias del parlamento europeo y unificó parcialmente su sistema de elección. Desde entonces, todos los europeos votamos a los eurodiputados en un sistema de listas proporcionales. Hasta entonces, Reino Unido mantenía un sistema de circunscripciones mayoritarias similar al que elige la Cámara de los Comunes en ese país.

También se introdujeron competencias de Política Exterior y Seguridad Común en la Comisión (PESC). Entonces, estas quedaban en manos de la Secretaría de la Comisión. Después del Tratado de Lisboa (2007) estas funciones pasarían a una nueva figura: el Alto Representante de Política Exterior y Seguridad Común.

En 1998 se puso en marcha el Banco Central Europeo, con sede en Frankfurt. Su creación se había previsto en el Tratado de Maastricht como paso previo a la creación de un sistema monetario único, el euro, que vería la luz al cambiar el milenio.

“En 1998 se puso en marcha el Banco Central Europeo, con sede en Frankfurt”

Respecto al Tratado de Niza, este amplió una vez más los poderes del Parlamento, así como el número de materias que el Consejo de ministros debía aprobar por mayoría cualificada, en lugar de por unanimidad. Esto era casi un imperativo para lograr hacer funcionar una UE que había pasado de seis a quince miembros.

Suele vincularse a Niza con al Carta de Derechos Fundamentales. En realidad, este documento, por cierto, poco conocido, sí se aprueba en Niza, pero su entrada en vigor tendrá que esperar al Tratado de Lisboa (2007). Su aprobación parecía a muchos, inconveniente, incluso innecesaria.

A fin de cuentas, todos los países de la UE pertenecían simultáneamente al Consejo de Europa, la organización internacional fundada en 1949 que aprobó el Convenio Europeo de Derechos Humanos y estableció el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el de Estrasburgo. Esta doble membresía ha mantenido por décadas un debate –aún no completamente cerrado– acerca de la conveniencia de que la UE adopte como propio el Convenio Europeo de Derechos Humanos, o bien dotarla UE de su propia Declaración de Derechos. Por diferentes motivos, en gran medida tecnicismos jurídicos, se acabó imponiendo esta última postura.

“Suele vincularse a Niza con al Carta de Derechos Fundamentales”

Con justicia podemos decir que 2004 fue el último gran año para el europeísmo. Diez países ingresaron en el club comunitario: Eslovenia, Eslovaquia, República Checa, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Malta y Chipre. Aún se producirían dos ampliaciones más: en 2007 Rumanía y Bulgaria se adhirieron a la UE y en 2013 lo hizo Croacia. Sin embargo, el antieuropeísmo ya sería la tónica desde entonces.

En 2005, Francia y Países Bajos rechazaban el Proyecto de Constitución Europea que pretendía consolidar el modelo federal. Como alternativa se aprobaría el Tratado de Funcionamiento de la UE o Tratado de Lisboa (2007), norma fundamental de la UE en la actualidad. Sin embargo, incluso este estuvo envuelto en polémicas.

Para conseguir la firma de Reino Unido, Chequia y Polonia hubo que concederles que, en sus países, el Tribunal de Justicia de la UE no podría aplicar la Carta de Derechos Fundamentales. En pocas palabras, serían sus tribunales estatales quienes tendrían la última palabra en materia de derechos.

“En 2005, Francia y Países Bajos rechazaban el Proyecto de Constitución Europea”

También hubo que hacer concesiones a Irlanda, como asegurar que todos los Estados tendrían derecho a nombrar a un representante para la Comisión. Y es que los irlandeses rechazaron en junio de 2009 el Tratado de Lisboa en un referéndum. Tras algunos cambios, se convocó un segundo referéndum en octubre que sí logró la aprobación de la nación gaélica.

Aunque el Tratado de Lisboa reorganizó muchos aspectos de la UE e integró en su seno a la Unión Europea Occidental, siguió dejando demasiados en manos de la unanimidad de decisiones, como todo lo relativo a la política exterior. Esto hace que en ciertas materias resulte prácticamente imposible para la UE tomar decisiones.

En 2008 empezó la crisis económica, agravada en 2011, lo que agitó el euroescepticismo, alcanzando su punto álgido en 2016, con el referéndum del Brexit. Paradójicamente, después de que se hiciera efectiva, el euroescepticismo no ha bajado, pero la voluntad de dejar el club comunitario ha disminuido drásticamente. Es más, partidos euroescépticos como el Frente Nacional Francés o la ultraderecha holandesa han sacado de sus programas electorales la propuesta de un referéndum sobre la UE.

Parece que los europeos seguiremos ligados, a veces con una cierta sensación de claustrofobia.