Del árabe sāḥil (ساحل) –“costa”, “frontera” o “borde–, el sahel es la región que separa el norte del continente del África subsahariana. Yendo del Océano Atlántico al Mar Rojo, ocupa una vasta extensión de 5.000 km que se extiende por los Estados de Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso, Argelia, Níger, Nigeria, Chad, Camerún, Sudán, Etiopía y Eritrea. Sin embargo, dichos Estados apenas presentan características comunes capaces de ser analizadas de forma conjunta, por ello, se tiende a centrarse en el Grupo G5 Sahel. Creado en febrero de 2014, dicho Grupo se erige en un marco institucional que tiene por objeto fomentar el desarrollo y preservar la seguridad de Burkina Faso, Chad, Mali, Mauritania y Níger.

Centrándonos en esta última categorización, los territorios de los Estados que conforman el Grupo G5 fueron todos ellos colonizados por Francia y tras su independencia se establecieron fronteras que no tenían en cuenta los grupos poblacionales existentes. Lo que sin duda ha motivado que en la actualidad se traten de regímenes autoritarios fallidos, en tanto que los respectivos regímenes dictatoriales o cuasi-dictatoriales ni siquiera son capaces de controlar la totalidad del territorio del Estado.

«Asimismo, nos encontramos ante una de las regiones más pobres del mundo, apenas alcanzando el PIB per cápita medio de los cinco Estados los 650 euros»

Asimismo, nos encontramos ante una de las regiones más pobres del mundo, apenas alcanzando el PIB per cápita medio de los cinco Estados los 650 euros. Ello contrasta con los importantes yacimientos petroleros y de uranio, de los que en gran medida se beneficia la antigua metrópolis; en el caso del segundo de los recursos, para abastecer sus múltiples centrales nucleares.

En cuanto a la situación de los derechos humanos, existen restricciones injustificadas a la libertad de expresión, asociación y reunión, detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, e incluso en Estados como Mauritania distintas ONG como Amnistía Internacional han denunciado la existencia de episodios persistentes de esclavitud.

Si bien esta combinación de pobreza, regímenes dictatoriales y violaciones de derechos humanos ha venido repitiéndose durante décadas, el factor diferencial que se ha añadido en los últimos años ha sido la caída de Gadaffi en 2011 y la subsiguiente guerra libia, que ha facilitado el tránsito de combatientes y ha proporcionado ingente material bélico a una región donde hasta entonces era escaso. Así, la porosa frontera entre el sur de Libia, por un lado, y el norte de Níger y Chad, por otro, ha abierto la puerta a que en la actualidad dicha región se erija en uno de los focos más activos del terrorismo yihadista, siendo los tres grupos terroristas con una mayor presencia en la zona Boko Haram, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes –afín a Al Qaeda–, y el Estado Islámico en el Gran Sáhara –afín al Daesh–; cuyos miembros, a su vez, no son pocos los que ya habían combatido en Siria.

A ello han de unirse los distintos grupos secesionistas –algunos de ellos con estrechos vínculos con los yihadistas–, y los mercenarios, en especial turcos y rusos, provenientes de la guerra libia; lo que parece evidenciar que la pugna que estos dos países mantenían en Libia –el primero apoyando a Faiez El Sarraj y el segundo al general Haftar– se está trasladando al Sahel.

Junto a lo expuesto, hay que tener en cuenta que esta región es una de las que en los próximos años más se verá afectada por el cambio climático. De hecho, su desertificación es ya palpable en la expansión del desierto del Sáhara y en el incremento de los periodos de sequías y de inundaciones. A lo que ha de unirse el incremento poblacional que experimentará dicho territorio en los años subsiguientes debido a las altas tasas de fecundidad y a la esperada subida de la esperanza de vida.

Por tanto, nos encontramos con una región con crisis poliédricas y solapadas –en su vertiente económica, política, institucional, social, medioambiental, de seguridad y de desarrollo–, cuya resolución es uno de los retos más acuciantes para los próximos años, no solo para el continente africano, sino para Europa, con la que existen multitud de vasos comunicantes.

Mientras tanto, en los últimos meses los acontecimientos se han precipitado: asesinato de dos periodistas españoles en el sur de Burkina Faso, golpe de Estado en Mali y asesinato del presidente chadiano Idriss Déby, seguido de un nuevo golpe de Estado.

«… los desplazados internos en los cinco países se han cuadruplicado en solo dos años y está aumentando el número de personas que pretenden alcanzar Europa proveniente de tales Estados»

Por ello, no es de extrañar que los desplazados internos en los cinco países que componen el G5 se haya cuadruplicado en solo dos años y que estén aumentando el número de personas que pretenden alcanzar Europa proveniente de tales Estados. Además, la inestabilidad de la región también la padecen los importantes flujos migratorios procedentes del África subsahariana, lo que a la postre desemboca en la búsqueda de nuevas rutas, a veces, incluso más peligrosas para los migrantes.

Bien es cierto que se han establecido misiones por la paz y la seguridad auspiciadas por la ONU (MINUSMA), la Unión Europea (EUTM Mali, EUCAP Sahel Níger y EUCAP Sahel Mali), y Francia (Operación Serval, Operación Barkhane), y bien es cierto que debemos evitar que los grupos terroristas pasen a controlar las distintas minas de uranio presentes en la zona, sin embargo, no debemos olvidar que la seguridad es solo uno de los elementos necesarios para pacificar la región, debiendo esta verse acompañada por el trinomio promoción del desarrollo, transparencia en la actuación, y respeto y promoción de los derechos humanos y del Estado de Derecho. Solo actuando sobre un marco holístico y primando los intereses reales de los habitantes de la región se asentarán las bases para encontrar soluciones duraderas.

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