Sus ochentainueve años no han salvado a Félicien Kabuga del juicio por genocidio y crímenes contra la humanidad. Una vez desestimadas las alegaciones de su defensa, la semana pasada empezó el proceso contra este hombre que evadió a la justicia internacional durante veintiséis años. Apenas conocido por la opinión pública occidental, este millonario es considerado la pieza clave para desencadenar el genocidio de Ruanda.

El genocidio de Ruanda empieza con un detonante en apariencia incapaz de dar lugar a un episodio de semejante violencia masiva. Durante los días siguientes al asesinato del Presidente Habyarimana, una emisora de radio acusó del magnicidio a los tutsis, minoría étnica ruandesa. Estos mensajes radiofónicos se repitieron hora tras hora, aumentando rápidamente su agresividad. Convocaban a los hutus, etnia del difunto mandatario, mayoría demográfica del país, a “hacer limpieza” de las “cucarachas”, como llamaban a los tutsis.

“Félicien Kabuga … pieza clave para desencadenar el genocidio de Ruanda”

Ni los más pesimistas podía imaginar que en apenas cien días, más de medio millón de personas serían asesinadas, entre un cuarto y medio millón de mujeres fueron violadas y decenas de miles de personas mutiladas, cortándoles una o varias extremidades o amputándoles los pechos, en caso de las mujeres. Aunque la mayoría de las víctimas fueron tutsis, no ha de olvidarse que algunas que entre ellas también hubo hutus moderados y miembros de la minoría twa.

La larga trayectoria de tensiones étnicas explica, en parte, la matanza. Después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, sus colonias de Burundi y Ruanda pasaron a manos de Bruselas, integrándose en el gigantesco Congo Belga. Como ya habían hecho los alemanes, los nuevos amos europeos mantuvieron la monarquía tutsi para facilitarse la gobernanza local.

Kabuga en la sala del juicio.

Cuando una minoría étnica monopoliza el poder en una región, no tarda en surgir la hostilidad hacia ella. Según el supuesto credo humanitario con que se justificó la colonización de África, a fin de civilizar a sus pueblos, los belgas deberían haber desmantelado esta monarquía étnica. En su lugar, lo explotaron y lo llevaron al extremo. Sólo se confío a los tutsis los mandos coloniales reservados a indígenas, sólo los tutsis podían acceder a estudios superiores y sólo ellos disponían de permisos para ocupar determinadas posiciones en el mundo empresarial. Además, los documentos de identidad de los colonizados incluían su etnia para que nadie se hiciera pasar por tutsi sin serlo.

Algunos tutsis han cuestionado la complicidad entre su etnia y los belgas. Tales alegatos se apoyan en la destitución del rey o mwami, Yuhi V en 1931. Bruselas adoptó esta medida por las reticencias del monarca a colaborar con los colonizadores. Además, el gobierno belga le consideraba un administrador deficiente. Sin embargo, tras la abdicación, subió al trono el primogénito de Yuhi V, Mutara III.

“los nuevos amos europeos [los belgas] mantuvieron la monarquía tutsi para facilitarse la gobernanza local”

El rey depuesto huyó al exilio y Mutara III se plegó a los deseos de Bélgica para no ver comprometida su posición. En resumen ¿hubo tutsis nacionalistas que lucharon contra la colonización? Desde luego, pero fueron una ínfima minoría. El grueso de la etnia se acomodó al poder belga, tratando de aprovecharlo para no perder sus privilegios en un futuro Estado independiente.

En 1956, el Reino de Ruanda inicia un periodo de transición para acabar con la tutela de Bélgica. El país es un polvorín. Ni Mutara III ni su corte mostraban inclinación por mejorar el estatus de los hutus, ni por impulsar un gobierno democrático. A finales de los cincuenta, empieza la revolución hutu (1959-1962), un periodo marcado por la lucha de los hutus para abolir la segregación étnica.

“en apenas cien días, más de medio millón de personas serían asesinadas”

En septiembre de 1961, Kigeli V, hermano y sucesor de Mutara III, mal y tarde ofreció un referéndum acerca de la continuidad de la monarquía. La violencia no se detuvo, pero la mayoría social hutu y muchos tutsis tumbaron la corona y se proclamó la república, por un 80% de los votos.

Pese a que el mwami calificó de fraudulento el referéndum, los belgas le pusieron bajo arresto y lo deportaron a Tanzania. Desde allí se exiliaría a Estados Unidos, que le concedió asilo político.

Presidente Habyarimana.

El verano de 1962, Ruanda proclamó su independencia y apenas dos meses después ingresó en Naciones Unidas. En el país se instalaba una dictadura pro-hutu bajo la Presidencia de Kayibanda, derrocado en 1973 por Habyarimana, su ministro de defensa. Falleció durante su arresto junto a su esposa, todo indica que de inanición.

La política colonizadora belga dio como resultado un efecto doblemente nefasto. No sólo agravó el conflicto étnico, sino que cuando en 1962, más de 300.000 tutsis abandonan Ruanda, se produce una fuga de la llamada inteligentsia. El país pierde médicos, ingenieros, arquitectos… Las condiciones de vida empeoraron y el gobierno culpó a los tutsis de sabotaje.

“A finales de los cincuenta, empieza la revolución hutu (1959-1962), lucha de los hutus para abolir la segregación étnica”

Mientras tanto, en Uganda los tutsis conformarían, el Frente Nacional de Ruanda, un grupo paramilitar que en 1990 invade el país, con el propósito de derrocar al gobierno de Habyarimana. A pesar de sus éxitos iniciales, los combates se enquistaron. Ningún bando lograba una victoria decisiva.

En 1993, el Frente Nacional y Habyarimana aceptan firmar los Acuerdos de Arsuha en Tanzania. Auspiciados por la Organización para la Unidad Africana y la ONU, este pacto comprometía a las partes a detener los combates y someterse a una mediación internacional que en un plazo de tres años habría de dar lugar a una solución aceptable para todos los ruandeses.

“En 1993, el Frente Nacional y Habyarimana aceptan firmar los Acuerdos de Arsuha”

La esperanza de detener el baño se sangre murió, cuando un misil abatió el avión presidencial, en el que, además, Habyarimana viajaba el recientemente electo presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, quien también pertenecía a la etnia hutu. Hay mil teorías conspirativas acerca del doble magnicidio, pero, lo más probable es que el misil fuera del Frente Nacional de Ruanda.

Desde hacía un año, Radio Télévision Libre des Mille Collines, lanzaba mensajes contra los tutsis. Pero tras la muerte de Habyarimana la llamada al genocidio tutsi se hizo explícita. El país quedó en manos de una junta militar que gobernaba desde las sombras, mientras el Presidente interino Sindikubwabo felicitaba en público a los buenos patriotas que “ayudaban en la limpieza”.

“Desde hacía un año, Radio Télévision Libre des Mille Collines, lanzaba mensajes contra los tutsis”

La brutalidad del genocidio hizo que la comunidad internacional se pusiera incondicionalmente al lado del Frente Nacional de Ruanda que en apenas semanas consiguió lo que no había conseguido en cuatro años: derrocar al gobierno hutu. Desde entonces gobierna Ruanda mediante prácticas autoritarias, en especial, el fraude electoral.

La tragedia no acabó en 1994. Tras el ascenso del Frente Nacional de Ruanda, unos 400.000 hutus se exiliaron al vecino Zaire, hoy República Democrática del Congo. Allí quedaron acinados en campos de refugiados en condiciones infrahumanas. Muchos fueron víctimas del cólera y otras enfermedades, pero lo peor llegó dos años más tarde.

“El Frente Nacional de Ruanda… desde entonces gobierna Ruanda mediante prácticas autoritaria”

En 1996, el Frente Nacional de Ruanda colaboró activamente en el derrocamiento del dictador congoleño Mobuto Sese Seko, tal vez el gobernante que más a expoliado al país que a tiranizado. Cuando los grupos tutsis entrenados en Ruanda invadieron la provincia de Kivu del Sur, atacaron los campos de refugiados de los hutus, masacrando a 232.000 personas.

¿Pero qué papel jugó en esta larga historia de rencor étnico Félicien Kabuga? Pues bien, él era el propietario de Radio Télévision Libre des Mille Collines y, lo que es más importante, se le atribuye el pago y distribución de cientos de miles de machetes (500.000 aproximadamente), junto a armas blancas y, en menor cantidad, armas de fuego que se entregaron masivamente a la población hutu. Por rudimentarias que fuesen, sin tales armas, podrían haberse producido episodios de violencia, incluso matanzas puntuales, pero hubiese resultado imposible un genocidio a semejante escala en poco más de tres meses.

La masacre de los tutsis en el genocidio de 1994.

El juicio de Kabuga queda en manos de una entidad sui generis: el Mecanismo Internacional Residual de Tribunales Criminales. ¿Y eso qué es?

Hasta la creación del Tribunal Penal Internacional, en el año 2002, los crímenes internacionales se enjuiciaban en tribunales específicamente creados para el caso. Los de Núremberg y Tokio fueron pioneros, seguidos muchas décadas más tarde por los tribunales penales internacionales para la antigua Yugoslavia y para el genocidio de Ruanda. Una vez enjuiciados todos los criminales, el tribunal se disolvía.

En el caso de tribunal del genocidio de Ruanda se clausuró en 2016, entiendo que ya no quedaban responsables por juzgar y que los fugados probablemente ya habían fallecido. Recordemos la avanzada edad de Kabuga.

“El juicio de Kabuga queda en manos de una entidad sui generis: el Mecanismo Internacional Residual de Tribunales Criminales”

Por si acaso alguno de los incriminados se capturaba después de cerrarse el tribunal, en 2010, se creó el Mecanismo Residual Internacional, una especie de juzgado de guardia para casos que hubiesen sido competencia de los tribunales del genocidio de Ruanda y de asuntos de la antigua Yugoslavia. Téngase en cuenta que, como los hechos ocurrieron antes de la implantación del Tribunal Penal Internacional, este no podía juzgar a Kabuga.

La sentencia tiene un gran interés para determinar la responsabilidad criminal del suministrador de armas en genocidios, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.