A los australianos les gusta presumir de su ley electoral. Gracias a su funcionamiento, aseguran, no se desperdicia ni un voto. Y lo cierto es que, aunque exageran un poco, hay buena parte de verdad en lo que dicen. El sistema electoral australiano resulta muy atractivo para el votante de partidos minoritarios. Todo sea dicho ¿qué menos en un país donde el voto es obligatorio?

Por no hablar de la frecuencia. Los australianos celebran elecciones federales cada tres años. Con una periodicidad similar, los diferentes Estados o Territorios llaman a las urnas para escoger sus parlamentos regionales y, por supuesto, también hay comicios municipales.

“A los australianos les gusta presumir de su ley electoral. Gracias a su funcionamiento, aseguran, no se desperdicia ni un voto.”

Una de las particularidades del sistema político australiano es su múltiple bicameralidad. No es que haya nada de excepcional en la coexistencia de una cámara de representantes y un senado a nivel federal o nacional. Lo curioso del caso australiano es que la mayoría de sus parlamentos territoriales –equivalentes a nuestras asambleas autonómicas– también son bicamerales.

Como ocurre en algunas provincias argentinas y en la mayoría de los Estados de Estados Unidos –todos menos Nebraska–, cinco de los seis Estados australianos dividen sus asambleas legislativas en dos cámaras. Únicamente son unicamerales los parlamentos el Estado de Queensland, el Territorio de la Capital Federal Canberra y el Territorio del Norte. La diferencia entre «territorio» y «Estado» es mínima en la Federación australiana. Prácticamente se reduce a que los parlamentos Estatales pueden vetar reformas constitucionales, a diferencia de los territoriales. ¡Ah! Y los Estados votan a sus senadores federales cada seis años, los territorios, cada tres.

“Los australianos celebran elecciones federales cada tres años.”

En resumen, cada australiano medio vota: un consejo municipal, dos cámaras del parlamento regional y dos cámaras del parlamento federal. Si se ausenta de alguna cita electoral sin causa justificada, le caerá una multa de entre 20 y 50 dólares australianos (alrededor de 12 y 30 euros), según la elección de que se trate.

Sin embargo, hay un aliciente, para ir a votar: el sistema preferencial de voto.

En el caso de la cámara de representantes, el país se divide en distritos, 151, para ser exactos. Cada partido presenta un candidato por distrito. También pueden presentarse candidatos independientes.

“Si se ausenta de alguna cita electoral sin causa justificada, le caerá una multa de entre 20 y 50 dólares australianos”

Normalmente, este modelo de circunscripciones unipersonales suele desincentivar bastante el voto. En Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo, hay distritos con un partido tan claramente mayoritario que los votantes del resto de fuerzas políticas ven poco sentido en ir a votar. En Francia, sigue el mismo sistema, pero con dos vueltas. Si en la primera votación ningún candidato supera la mitad de los sufragios, en la segunda se enfrentan los dos más votados. ¿Problema? Pues imaginemos que, en España, nos tocara elegir entre PSOE y Unidas Podemos o entre Vox y PP. Quizás para muchos votantes poco o ningún apetito habrá en participar en la segunda vuelta.

En Australia no hay segunda vuelta, pero el votante debe votar por todos los candidatos. Vaya, los ordena, marcando con un «1» su candidato preferido, con un «2» a su segundo favorito y así sucesivamente. ¡Ojo! Si dejas sin número a algún candidato, el voto se considera nulo. Para votar en blanco, hay que introducir el sobre vacío.

“En Australia no hay segunda vuelta, pero el votante debe votar por todos los candidatos

¿Cómo funciona el escrutinio? Si un candidato –cosa rarísima en Australia– obtiene el 50% de los votos, fin, el escaño es suyo. En caso contrario, se elimina al candidato con menos votos en la primera posición. Sus papeletas se distribuyen entonces entre los demás candidatos, según quién esté indicado en ellas como segunda opción.

Si sumados los votos «1» y «2» algún candidato alcanza el 50%, ya hay diputado. En caso contrario, repetimos la operación eliminando al tercer candidato, al cuarto etc.

A partir de la segunda eliminación, podría ocurrir lo siguiente. Una vez eliminado el segundo candidato con menos votos, resulta que muchos de sus votantes habían marcado segunda opción al primer candidato eliminado. ¿Qué ocurre entonces? Pues esas papeletas se suman a siguiente candidato, el indicado con un «3», que sigue en la carrera. Por eso se dice que ningún voto se desperdicia.

“Si un candidato –cosa rarísima en Australia– obtiene el 50% de los votos, fin, el escaño es suyo”

Un efecto secundario de este sistema es que, sin exagerar, una semana después de las elecciones, y hasta dos, pueden seguir escrutándose los votos en algunas circunscripciones.

¿Y el senado? Sigue el mismo sistema electoral de preferencias, pero, a diferencia de la cámara de representantes, hay varios escaños por circunscripción. En concreto, cada uno de los seis Estados escoge a 12 senadores y los territorios a 2 cada uno.

El senado australiano no es como el español que ni pincha ni corta. Todas las leyes australianas han de aprobarlas ambas cámaras para que entren en vigor, con una pequeña salvedad. La legislación tributaria –subidas y bajadas de impuestos– y los presupuestos de la Federación no pueden ser modificados por la cámara alta. Los senadores pueden aprobarlos o rechazarlos, pero no enmendar la propuesta de la cámara de representantes.

“En caso contrario, se elimina al candidato con menos votos en la primera posición. Sus papeletas se distribuyen entonces entre los demás candidatos”

Las últimas elecciones quedarán en la historia por ser las primeras desde 2001 en que un primer ministro ha sido reelegido. En gran medida, a causa de esta hiperactividad electoral, en Australia los jefes de gobierno se queman bastante. Además, los dos grandes partidos, Laboristas (socialdemócratas) y Liberales (derechistas) disponen de numerosas corrientes y luchas internas. Por ejemplo, en 2013, 2016 y 2019, ganaron las elecciones los liberales consecutivamente, pero cada legislatura sirvió un primer ministro diferentes –Tony Abbott, 2013-2015, Malcolm Turnbull, 2015-2018 y Scott Morrison 2018-2022.

Contra todo pronóstico, en estas elecciones los laboristas no sólo no han perdido, sino que su primer ministro, Anthony Albanese, ha mejorado sus resultados. Con 85 diputados escrutados, amplía su anterior mayoría absoluta de 77 en la cámara de representantes. En el senado, los laboristas sólo cuentan con 25 escaños. La oposición suma 30. Pero hay otros 21 senadores abiertos a pactar con el gobierno. Con lo que la situación está bajo control.

“Las últimas elecciones quedarán en la historia por ser las primeras desde 2001 en que un primer ministro ha sido reelegido”

¿Por qué ha habido un vuelco electoral? Algunos expertos comparan el giro australiano con el canadiense, pero la comparación resulta exagerada. Ni la derecha australiana ha idealizado tanto a Trump como el conservador canadiense Pierre Poilievre, ni el Presidente estadounidense ha mostrado interés en anexionarse Australia… aún. Lo cierto es que, si sólo contáramos las primeras opciones, el resultado sería más igualado, pero la ley electoral unida al rechazo suscitado por muchos candidatos liberales ha privilegiado en el orden de lista a las candidaturas laboristas o incluso de otros partidos o independientes.