Soy consciente de que es atrevido llamar a la reflexión en un momento como éste. Era de esperar que los disturbios en Reino Unido, ese fuego en las calles que amenaza con acabar quemando las riendas de Keir Starmer apenas habiéndolas cogido, se vieran acompañados por una furiosa guerra del relato entre quienes quieren vender la violencia como la solución a todos los males y quienes, por otro lado, pretenden hacernos creer que lo único que ha pasado es que la ultraderecha ha pillado un berrinche sin motivo a la vista.
No quiero hacer un análisis exhaustivo de los argumentos a favor y en contra de esta clase de protestas. Nunca seré un partidario de la violencia, ni siquiera de una supuesta violencia revolucionaria, pero creo que es loable intentar paliar lo que yo llamaría un déficit de honestidad por parte de los medios de comunicación. Voy a intentar explicar en qué puede estar pensando el manifestante de Reino Unido, cuál es la lógica detrás de su rabia y qué se podría hacer para minimizarla. Por ende, mi propósito es ser constructivo, cosa muy diferente de condescendiente.
“Era de esperar que los disturbios en Reino Unido”
Los hechos son los siguientes. El lunes de la semana pasada Axel Rudakubana asesinó a cuchilladas a tres niñas en un campamento de Taylor Swift. ¿Quién es Axel Rudakubana? Pues depende de a quién le preguntes. Para la izquierda patria, y para todos nuestros medios de comunicación (al menos, todos los medianamente relevantes) Rudakubana es un chaval inglés de 17 años y, por ende, la rabia de los ingleses está mal dirigida contra la inmigración. Es un bulo de la ultraderecha que ha ido demasiado lejos. Pero la historia no es tan sencilla.
Los padres de Axel Rudakubana son ruandeses. Es decir, desde una perspectiva nacionalista inglesa, no cabe duda de que Axel proviene de un trasfondo cultural distinto al que ellos reivindicarían como propio. La primera mentira de los medios de comunicación es dar a entender que Rusia (sí, ha sido Vladimir Putin, el mismo que nos ha puesto el aceite tan caro) es la culpable de que ahora muchos ingleses crean que un tipo con el aspecto de Justin Bieber es un inmigrante que llegó en patera. ¿Ha habido bulos? Por supuesto que los ha habido. Rudakubana nació en Gales, no vino en ninguna embarcación. ¿Eso significa que es totalmente descabellada la reacción de los conservadores? Pues, con el corazón en la mano, no me lo parece.
“El lunes de la semana pasada Axel Rudakubana asesinó a cuchilladas a tres niñas en un campamento de Taylor Swift. ¿Quién es Axel Rudakubana?”
Me he tomado la molestia de dedicar un tiempo prudencial a analizar no solo la retórica de las principales figuras de la derecha británica, sino en especial las preocupaciones de sus votantes, expresadas en redes sociales. Me parece que existe un hilo conductor bastante claro que atraviesa el fenómeno de la nueva derecha a nivel mundial, y que sus demandas deberían ser, si no atendidas, como mínimo escuchadas con atención. Hacer caso omiso de un malestar lógico e inevitable sería un error cuyo coste es difícil de medir. Dicho esto, trataré de explicar cuál es el marco mental y discursivo del derechista actual (o del miembro de la alt-right, si queréis), con la esperanza de que quede todavía algún resquicio para la empatía.
Hay una gran asimetría en lo que se refiere al conocimiento del adversario político: la derecha entiende perfectamente cómo piensa la izquierda, mientras la izquierda no tiene ni la más remota idea de lo que preocupa a la derecha. La razón es sencilla: el discurso generalizado en los medios de comunicación es socialdemócrata, y los tertulianos viran entre los muy progresistas y los tibios que pueden albergar en su fuero interno alguna duda del statu quo, pero no la van a manifestar. El tertuliano de izquierdas habla con orgullo de su punto de vista y sigue el guion preestablecido, de modo que nadie tiene dudas de lo que cree el ciudadano de izquierdas promedio; el tertuliano supuestamente conservador siempre acaba recurriendo a fórmulas como “yo no soy extremista, pero”, “yo no soy de derechas, pero” y demás subterfugios, y suena radicalmente distinto al votante conservador con el que puedes hablar en un bar. El conservador “público” y el conservador privado no se parecen en nada, lo que hace que quien no tiene esas inquietudes no sea capaz ni de comprender de qué están hablando. ¿Pero qué les molesta de la Agenda 2030? ¿Por qué odian a los inmigrantes? ¿Por qué quieren que las mujeres vuelvan a ser encerradas en la cocina? Todas preguntas habituales que demuestran que el discurso conservador no tiene ningún reflejo social. El ciudadano que pasea por la calle ni siquiera entiende qué narices es ser conservador.
“Hacer caso omiso de un malestar lógico e inevitable sería un error cuyo coste es difícil de medir”
Por centrarme en el caso que nos ocupa, el que cree que el conservador es eminentemente violento se equivoca por completo. El conservador típico es defensor de la autoridad establecida hasta que no le queda más remedio que torcerle la mano al sentirse no ya abandonado, sino ultrajado y humillado por ella. El izquierdista promedio, por puro acervo cultural e ideológico, cree que la ley y el orden son un reflejo del sistema actual; si le disgusta cómo está configurada la sociedad, no encuentra problema en pasar por encima de una ley y unas instituciones a las que considera temporales y coyunturales. Esto no es algo pernicioso per se, sino que es lo que está detrás de los fenómenos culturales actuales, y el poso que ha dejado un “marxismo cultural” muy difuso pero presente en esos detalles. El progresista no tiene una tendencia natural a apreciar la labor estabilizadora del Estado; solo la ensalza cuando va en pos de la transformación que él desea, como un instrumento más.
El conservador, por el contrario, ve el Estado y la ley como un instrumento de concordia. El conservador es el que, aunque vea dejación de funciones por parte de un policía, tratará de justificarlo apelando a una autoridad superior, “es que el gobierno los ha forzado a actuar así”. El conservador es el que ve una injusticia y no culpabiliza a lo establecido, sino a figuras concretas que siente que subvierten un imperio de la ley a la que tiende a respetar. Es Pedro Sánchez, no el gobierno como institución. Es un policía concreto, no “los policías”. El conservador casi siempre huirá de los cambios profundos, abrazando soluciones intermedias.
“El conservador es el que ve una injusticia y no culpabiliza a lo establecido, sino a figuras concretas que siente que subvierten un imperio de la ley a la que tiende a respetar.”
Por eso, que haya miles de conservadores a nivel mundial dispuestos a reventarlo todo no se debe a un calentón del momento. Quienes creen que todo esto surge de un bulo, o del asesinato específico de 3 niñas, hacen proyección de lo que suele ocurrir en su parte del espectro político. La derecha no tiene arrebatos espontáneos. La izquierda sí que está organizada para salir disparada (a través de sindicatos, asociaciones estudiantiles y partidos políticos) cuando ocurre algo que le interesa explotar. La derecha ni ha sido capaz de formar sus propios escuadrones ni los podrá organizar nunca, más que nada porque no está en su naturaleza. La izquierda sabe hacer catarsis periódica, liberando el veneno poco a poco; la derecha se llena de cianuro y te lo vomita encima cuando ya no puede más.
Ojo, esto no es ni bueno ni malo. Simplemente, el derechista que está dispuesto a reventarlo odia la inseguridad en sus barrios. Lleva semanas, meses, incluso años leyendo noticia tras noticia sobre esta clase de crímenes. ¿Justifica esto los ataques a la comunidad musulmana de forma indiscriminada? No, por supuesto que no. De hecho, lo que quiero dar a entender es que el derechista necesita poquísimos motivos para detener la violencia. Solo con pensar la enorme cantidad de grupúsculos supuestamente ultraviolentos en España y la escasísima repercusión real que tienen se puede dar uno cuenta de que bastaría con darles las migajas para contentarlos.
“No tenemos una sociedad llena de discurso del odio. Tenemos una sociedad llena de odio que genera discurso.”
Y es que os prometo que me cuesta creer que no se pueda llegar a una solución de consenso. ¿De verdad es necesario que una parte del espectro político niegue de forma tan absurda una realidad que está ahí? Por no irme al Reino Unido, en Barcelona la mitad de los delitos ya los cometen extranjeros. ¿Qué gana nadie ocultando o minimizando ese problema? ¿Qué gana nadie negando que es un paso atrás que tengamos que preocuparnos en Europa de los matrimonios forzados, de la ablación del clítoris o de las bandas callejeras? Me parece equivalente al negacionismo climático. Ha llegado un punto en el que cada parte del espectro político tiene sus temas fetiche, y cada mitad de la ciudadanía muestra una indiferencia absurda y brutal sobre lo que le preocupa a la otra. Y ese, y no otro, es el caldo de cultivo de esta situación.
Por eso, me gustaría que reflexionásemos. No tenemos una sociedad llena de discurso del odio. Tenemos una sociedad llena de odio que genera discurso. Tenemos una sociedad en la que el derechista tiene que negar que le preocupa el cambio climático por no salirse del redil; en la que el izquierdista tiene que mentir sobre su miedo al salir a la calle para no ser tachado de ultraderecha radical.
“¿Qué gana nadie negando que es un paso atrás que tengamos que preocuparnos en Europa de los matrimonios forzados, de la ablación del clítoris o de las bandas callejeras?”
Os dejo un último ejemplo, a modo de conclusión: la activista de izquierdas Carla Galeote reconoció el otro día que había contratado un guía para moverse en su viaje por Egipto, entre otros motivos por la incomodidad que le generaba la atención masculina excesiva. ¿Os dais cuenta de que la misma persona que hablaría clarísimamente de “machismo”, “violencia patriarcal” o “microagresión sexual” si fuesen españoles se ve obligada, para quedar bien, a no decir ni siquiera que se sentía “insegura” (tiene que decir “incómoda” porque la inseguridad es un concepto de derechas)? ¿Os parece que es saludable que tengamos que retorcer tanto el discurso, los unos y los otros, para no darle ni la más mínima gota de razón al contrario?
Os invito a una reflexión profunda, porque nos estamos jugando mucho.










