El cambio político ha llegado a Polonia. Donald Tusk vuelve a ser primer ministro de una coalición de partidos de centro derecha liberal y centro izquierda. Pese a gozar de una confortable mayoría en el Sjem o cámara de diputados y en el Senado, el Consejo de Ministros cohabitará con Duda, un Presidente ultraconservador, del mismo partido que el gobierno saliente.

En política constitucional, la expresión “cohabitación” empezó a usarse en Francia durante el primer mandato de Mitterrand. Sin mayoría parlamentaria, en 1986, el Presidente de la República, líder del socialismo francés, adoptó una decisión sin precedentes: nombró jefe de Gobierno a Jacques Chirac, líder del centro derecha. Desde entonces, el país galo ha conocido varias cohabitaciones. En su segundo mandato Mitterrand se vio obligado a convivir varias veces con un primer ministro de derechas. Su sucesor, el mismo Chirac, en sus días en el Palacio del Eliseo, puso durante algún tiempo al frente de su gobierno a quien había sido su rival en las presidenciales, el socialista, Jospin.

“El cambio político ha llegado a Polonia. Donald Tusk vuelve a ser primer ministro”

En las repúblicas parlamentarias no tenía nada de novedoso que el Presidente y el primer ministro pertenecieran a partidos distintos. De hecho, era (y es) bastante común. El problema francés es que, a diferencia de lo que ocurre en Portugal, Italia o Alemania, el Presidente es quien dirige en principio la agenda de gobierno. En todo caso, tiene la última palabra en cuestiones de defensa y política exterior. El primer ministro, en cambio, prevalece en cuestiones domésticas, aunque claro, el Presidente puede cesarle cuando desee.

Con semejante marco de trabajo, si los dos individuos no comparten una agenda de gobierno, la verdad es la cosa tiene visos de acabar mal, o como mínimo de derrochar tensión a granel. ¿Y es esta la situación de Polonia a partir de ahora? En realidad, no.

“el Consejo de Ministros cohabitará con Duda, un Presidente ultraconservador”

En ambos países, coexisten un Presidente directamente elegido por la población, con un primer ministro, o sea la Jefatura de Estado y la de gobierno están separadas. Pero Francia es lo que suele llamarse una república semipresidencialista, mientras Polonia es una república parlamentaria en la práctica.

Esto de «en la práctica» merece una aclaración. Hay una serie de repúblicas cuya constitución admite dos lecturas, una parlamentaria y otra semipresidencialista. Este es el caso de Islandia, Austria, Bulgaria, Serbia, Eslovaquia, Irlanda y Portugal entre otras, además, de la propia Polonia. Algunos constitucionalistas afirman incluso que realmente se trata de regímenes semipresidencialistas sobre el papel, pero que, por distintos motivos, sus instituciones se han comportado como repúblicas parlamentarias.

“En política constitucional, la expresión “cohabitación” empezó a usarse en Francia durante el primer mandato de Mitterrand”

Uno de sus rasgos más distintivos es que, en todos estos países, el Presidente de la República no es escogido mediante el Parlamento, por mayorías especiales, como en Grecia o en Israel. Tampoco se lleva a cabo su elección por una asamblea de diputados y representantes políticos locales, como en Alemania o en Italia. Su elección se produce en una votación directa y, como ocurre en Francia o Rumanía, ambos gobiernos semipresidencialistas, si ningún candidato obtiene más de la mitad de los votos en los primeros comicios, irán de nuevo a las urnas los dos candidatos más votados.

¿Qué sentido tiene elegir directamente a un Jefe de Estado que no gobierna y, en cambio, que el parlamento escoja al primer ministro quien sí dirige la agenda política del país? Pues es una pregunta de difícil respuesta. En la historia de cada sociedad radican las últimas razones. Aunque en términos generales, digamos que el semipresidencialismo implica una gran concentración de poder en el Presidente que estos países buscan evitar.

“¿Qué sentido tiene elegir directamente a un Jefe de Estado que no gobierna…?”

Claro, la siguiente pregunta entonces es obvia: ¿por qué no recoger un régimen parlamentario en su constitución? Pues, de nuevo se hace muy difícil dar con una respuesta sencilla y, a la vez, universal para todos estos países. En términos simplificados, podríamos decir que se pretende que el Presidente disponga de amplios poderes para servirse de ellos en caso de necesidad, en especial, frente a emergencias nacionales. Además, le convierten en un elemento de control adicional sobre el gobierno y, en buena medida, un contrapoder al parlamento.

El problema entonces es seleccionar a un buen Presidente de la República. Pese a no gobernar, una presidencia con amplios poderes en manos de un irresponsable se convierte fácilmente en un torpedo en la línea de flotación de su gobierno. Aquí es donde las cosas se ponen feas en Polonia.

“Pese a no gobernar, una presidencia con amplios poderes en manos de un irresponsable se convierte fácilmente en un torpedo en la línea de flotación de su gobierno”

Después de las elecciones, se esperaba que el Presidente nombrara a Tusk primer ministro, ya que la coalición de partidos que lo apoya gozaba de mayoría en el parlamento. En un movimiento sin precedentes des la caída del comunismo, Duda nombró de nuevo primer ministro a Morawiecki, líder del partido ultraconservador Ley y Justicia, al que pertenece el propio Jefe de Estado.

Como Presidente, Duda puede nombrar un gobierno a dedo después de las elecciones parlamentarias, pero dos semanas después, ese Consejo de Ministros tiene que superar una cuestión de confianza en el Parlamento. Si el gabinete presidencial no recibe la confianza de los diputados, queda automáticamente destituido, y el Sjem puede nombrar por mayoría absoluta a su propio primer ministro, a quien el Presidente debe aceptar. Así regresó Tusk a la jefatura de gobierno polaco la semana pasada –ya había ocupado el cargo entre 2007 y 2014.

“Duda nombró de nuevo primer ministro a Morawiecki”

Aparte de estéril, con una mayoría parlamentaria tan clara en favor de Tusk, el gesto de Duda muestra un uso irresponsable de su cargo que no anticipa nada bueno, mientras dure la cohabitación entre ambos. Por no hablar del desprecio a los polacos que al votar había dejado muy claro a su Presidente que gobierno querían a juzgar por el parlamento que eligieron.

El principal problema para Tusk es art. 122.6 de la constitución, o sea, el derecho de veto del Presidente. Aunque hasta ahora rara vez los Presidentes polacos han ejercido esta prerrogativa, se trata de una herramienta increíblemente poderosa para el Jefe de Estado, ya que su veto únicamente puede levantarse por mayoría cualificada de tres quintos de los diputados. Tales mayorías son difíciles de aunar, lo que en la práctica hace mortal el veto presidencial para la ley aprobada.

“El principal problema para Tusk es art. 122.6 de la constitución, o sea, el derecho de veto del Presidente”

Dada la irresponsabilidad con la que Duda ha ejercido sus facultades para formar gobierno ¿se puede esperar un uso igual de peligroso de su derecho de veto? Y si esto ocurre, si paraliza la agenda legislativa de Tusk ¿qué ocurrirá con la estabilidad nacional en Polonia?