Me quiero poner a escribir, pero me resulta muy difícil. En los tiempos del coronavirus me falta la concentración y no el tiempo, que es lo que siempre he echado de menos. Ahora, por culpa del confinamiento, disponemos de horas de sobra; pero mucho de ese tiempo se nos va frente al televisor viendo las noticias de la situación crítica en los Hospitales. Particularmente preocupante es la evolución de la pandemia en Madrid. El nombre de sus centros los oímos todos los días y a todas horas. La Paz, 12 de Octubre, Fundación Jiménez Díaz… y uno que tiene nombre y apellido: Gregorio Marañón. Pienso en él porque de seguro que, incluso ahora desbordado de trabajo, sería más productivo como escritor que yo.

Gregorio Marañón fue un médico endocrinólogo, y mucho más. Miembro académico en cinco de las ocho Reales Academias de España. Evidentemente una de ellas fue la Real Academia Española de Medicina, pero también formó parte de la de Historia, Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y Bellas Artes. ¿Cómo lo hizo?, siendo trapero del tiempo. Él acuñó este concepto maravilloso. Para escribir empleaba los recortes de las horas dedicados a la medicina, los minutos que le sobraban durante el viaje desde casa al hospital. En aquellos retales de tiempo, que nadie quiere, es cuando él se entregaba a escribir. Una forma genial de describirse sin duda, y que con toda seguridad se puede aplicar a un inmenso número de autores. Y es que es una gran verdad que la literatura está llena de expertos en doble vida, gente que deben aprender a exprimir las horas del día.

Vivir exclusivamente de la literatura es difícil, e incluso los que han llegado a hacerlo no siempre pagaron sus facturas escribiendo. Entre el gremio de autores hay médicos, como acabamos de ver en el propio Gregorio Marañón, pero a su nombre podemos añadir el de Antón Chéjov, Pio Baroja, o Michael Crichton. El primero de estos tres dijo de sí mismo: «La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante». También hay un gran número de autores que han dividido su tiempo entre la docencia y la escritura. Desde universitarios hasta profesores de idiomas. Algunos ejemplos son  Miguel de Unamuno, Umberto EcoAna María Matute, J.R.R Tolkien, o J.K. Rowling. Esta última hubo un tiempo en que se ganó la vida dando clases de inglés en una academia de Portugal, al tiempo que cuidaba de su hija y terminaba la primera entrega de “Harry Potter”. Y son muchos también los nombres de periodistas que se dedicaron, y dedican, a compaginar profesión y escritura. Tenemos a Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Arturo Pérez Reverte, Julia Navarro, Matilde Asensi, y la reciente doctora en periodismo Nerea Riesco. Y a los letrados también les gusta escribir. Entre abogados tenemos nombres como los de Franz Kafka, Jhon Grisham o Andrés Pascual. Luego están los que combinaron profesiones más variopintas. Charles Dickens se ganó durante un tiempo el jornal poniendo etiquetas a botes de betún para zapatos. Mark Twain fue piloto de barcos a vapor, y Stephen King conserje en un instituto. Y para terminar voy a barrer para casa con un ejemplo de óptico-optometrista y novelista: Eva García Saénz de Urturi.

Sin lugar a dudas todos ellos han sido traperos de tiempo, en mayor o menor medida, o en alguna época de su vida. Y es que cierto es que querer es poder, y cuando se está motivado se es capaz hasta de estirar las horas como si fueran chicle. Porque como dice el proverbio árabe: «Quien quiera hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa». Y al final, no sé cómo, he conseguido escribir 711 palabras en una miscelánea de autores y profesiones. Pero debo reconocer que estoy deseando volver a la normalidad, tener que arañar los segundos al día para poder sacar tempo de juntar letras. He descubierto que soy más productiva mientras espero entrar a trabajar en mi cafetería favorita, o viajo en un autobús atestarrado de gente. Será `porque echo de menos, y estoy acostumbrada, a las prisas, la falta de tiempo y la vida en la calle. Ojala cuando se lea esto todo haya cambiado. Ojalá todo cambie, para bien, pronto.

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Silvia Eguíluz González
Mi nombre en Mª Silvia Eguíluz González. Soy de Miranda de Ebro, provincia de Burgos, pero vivo en Logroño desde hace muchos años. Me gusta leer y escribir. Leer porque, además de ser un placer, no existe mejor forma de aprender a escribir. Y escribir porque si no lo hago las historias que nacen en mi cabeza se quedan allí enquistadas, con sus personajes exigiéndome a voces poder salir. “7 Narraciones imposibles y un verso” es el título de mi primera obra publicada, una colección de relatos. Después vino “La maldita de Aquende a Allende”, mi novela, publicada por Meiga Ediciones. Y este mismo año 2019 he sido la ganadora del “III Premio de Literatura Ilustrada Villa de Nalda e Islallana” con la obra “La bruja de Islallana”. A parte de todo esto soy Óptico-Optometrista y madre de familia, así que soy incapaz de recordar la última vez en mi vida que me sentí aburrida.

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