Imaginen que el autor de un best-seller tuviese realmente conocimientos sobre la Historia y la Iconografía artística que cita en su novela.

No, demasiado directo. Volvamos a empezar…

Símbolos. Símbolos por todos lados. Mire a su alrededor y los verá. Aunque no se dé cuenta, porque de tan asumidos los considera familiares. Pero están. En el semáforo en rojo que se salta cada mañana (no mire para otro lado, los escritores lo vemos todo), en esa sonrisa tensa que le dedica al jefe todos los días (y la sonrisa cálida que le lanza, aplomo y vergüencita, a su compañera, esa que lleva siempre un libro bajo el brazo), en los emoticonos que su sobrino, el que tripite Tercero de la ESO, le manda con cada whatsapp. Y que usted no sabe descifrar, vaya, porque los símbolos son mensajes encriptados que a veces tienen alcance sectorial. Deliberado o no. Vamos, que hay quien los puede leer y otras personas se quedan como vacas mirando al tren.

«Luis Montero Manglano sabe leer los simbolos. Tanto que hasta se dedica a enseñarlos. Y, como algunos días tiene tiempo libre, también trenza novelas a su alrededor. Novelas eruditas, cultas, elevadas pero no pedantes»

Luis Montero Manglano los sabe leer. Tanto que hasta se dedica a enseñarlos. Y, como algunos días tiene tiempo libre, también trenza novelas a su alrededor. Novelas eruditas, cultas, elevadas pero no pedantes. Con lo difícil que es eso, con lo sencillo que resulta caer en la tentación de mirarte a los ojos a ti, sufrido lector, ponerte una mano en el hombro y decirte “ven conmigo, hombrecillo, que te voy a enseñar algo de Cultura”. Así, con mayúsculas, que duela. Pues bien, él lo hace, pero sin que te des cuenta. Sin agobiarte con el tono de profesor que a veces se nos pone a otros. Hasta te arranca murmullos de placer culpable, no les digo más.

Lo ha hecho en su novela más reciente, que se llama El Museo de los Espejos (Plaza & Janés, 2019) y es una cosa muy divertida de leer. Porque tiene misterio, y escenas dignas de un penny dreadful, y personajes que huyen del héroe icónico (esos, en realidad, no existen) para bañarse en una pátina de realidad. Vamos, que la mayoría del tiempo no tienen ni puta idea de lo que hacen. Su heroísmo está, precisamente, en hacerlo aun así. Eso es la vida, amiguitos.

Y luego está el protagonista principal. Venerable, no se crean, que tiene un par de siglos a sus espaldas. Y ahí está, hecho un chaval. Qué porte, que savoir faire. Capaz de desarmarte cualquier reticencia a golpe de Velázquez o Goya, nada menos. A mí me encanta el Museo de El Prado. Lo que tampoco es mucho decir y no me hace especialmente particular, lo sé. Pero bueno, quede aquí por escrito. Cada vez que paso por Madrid (entiéndame, vivo enfrente del mar, me da pereza ir a la gran ciudad) intento escaparme un ratito. Aunque sea una hora, qué más da. Selecciono un par de salas, perfecto, podré ver las obras con tranquilidad. Al final es inútil, porque siempre me pierdo por los vericuetos, por los pasillos, veo a lo lejos una figura conocida y me dejo llevar por la nostalgia, me quedo atontado un ratito, así, mirando las Pinturas Negras. En fin, una experiencia feliz, más cercana al juego que a las clases universitarias. Lo que debería ser la visita a un museo, vamos.

Ahí transcurre (buena parte) de la novela. Entre sus paredes, llenas de historia. Y más allá de los cuadros. Que nos hablan, claro, para quien sepa leerlos. En El museo de los espejos hay alguien que sabe, y muy bien. Solo que, quizá, eso es lo único que sepa hacer en condiciones, porque para lo demás tiende al desastre. Un rarito adorable, uno de esos. Un hallazgo, prometido.

«En serio, no se la pierdan. Si leen El museo de los espejos como mero divertimento lo encontrarán (escalofriantemente) gozoso. Si, además, prestan atención a todas las pistas…bueno, entonces la experiencia se amplía»

Qué más. Pues eso, que hay asesinatos. Y rituales extraños que acaban encajando como piezas de un puzzle mayor. Hay tipos de mandíbula cuadrada y mujeres con afición al whisky. Hay un pintor de origen pasiego, y otro que escribía con esqueletos y un tercero que dibuja arañas sin dibujarlas (quizá porque, como yo, tiene aracnofobia). Ah, y corbatas peculiares. Y patos, muchos patos. Yo, que tengo unos calcetines de patitos, me sentí especialmente gozoso con este hecho…

En serio, no se la pierdan. Si leen El museo de los espejos como mero divertimento lo encontrarán (escalofriantemente) gozoso. Si, además, prestan atención a todas las pistas, a todos los símbolos, a toda la iconografía que esconden sus páginas…bueno, entonces la experiencia se amplía.

Una advertencia: cuando terminen la novela querrán ir, sin perder tiempo, al Museo del Prado. Para mirarlo con otros ojos. Más sabios. Más, también, perversos. No se resistan, acudan. Y mírense en los espejos que allí hay.

Pd: quienes hayan leído las novelas anteriores de Luis sentirán un regusto de familiaridad cuando aparezca, como actor invitado, un personaje que ya conocen. Uno imposible de atrapar, como las brujas…