Un viaje a través de la soledad. Así defino «Salvo imprevistos» de Lorena Canottiere, quien a través de Katherine, Liam, Marzia y Rocío, protagonistas de las cuatro historias que componen esta obra, nos arrastra con la sutileza de un dibujo casi a lápiz a lo más íntimo.

En «Salvo imprevistos» la riqueza reside en la propia historia. Historias. Sus protagonistas llenan de silencios una obra que habla por sí sola. La escritora Katherine Mansfield, quien tras la muerte de su hermano viaja a su infancia anclándose en ella, alejándose así de su marido. La vida los separó pero la autora se niega a aceptar la terrible realidad. Los colores elegidos, iremos viendo cómo acierta Canottiere vinculando tono a narración, son vivos, con predominio de los primarios. La vida que Mansfield desea y que ya no puede ser.

La juventud nos llega de la manos Liam, un joven investigador que acepta un trabajo que le arranca de su zona de confort. Y no solo eso, acaba con su relación de pareja. La historia de Liam pone de manifiesto las diferentes formas de ver y enfrentarse a un futuro que cada vez es más cercano. Hay que tomar decisiones, sean acertadas o no, y eso puede doler. A Liam le duele. La firme decisión de trasladarse para mejorar como profesional le hace caer de lleno en un mundo de soledad y desdicha. Azules y morados en un tono oscuro y casi unificado nos marcan la pauta de su dolor.

Y de aquí a una adolescencia. La de Marzia. Ella, una adolescente peculiar que no entiende, como muchos a esa edad, la visión del mundo de los adultos. No encuentras su lugar. Una historia que dibuja la incomunicación que sufren los niños que dejan poco a poco de serlo pero que deja entrever algo más. ¿Es el aislamiento elegido de Marzia fruto de la edad o esconde algo más? Dibujada en lilas, rosas y amarillos a caballo entre la calidez de la infancia  y la oscuridad de una adolescencia que te invade de lleno.

Si este cómic narrase esta trenza de historias reales de gente que se ve abocada a la incomunicación ya valdría la pena. Pero Lorena Canottiere llega aún más lejos y nos presenta como contrapunto a Rocio, una máquina. En Rocío, una inteligencia artificial cuya función es hacernos la vida más fácil, léase marcar citas en nuestra agenda, encender la lavadora y mandarnos un whatsapp con la lista de la compra, todo sucede al revés. Rocío, con una historia punteada repleta de tonos claros, casi pastel, guía al lector por la senda contraria, la que va del aislamiento a la integración. Rocío, una simple máquina encuentra el camino de adaptación para ser más “humana”. Huye de la fría soledad que le viene impuesta y busca poco a poco entender a los humanos para adaptarse a su entorno y así conseguir comunicarse con ellos. Curioso, ¿no?

Cuatro historias, cuatro visiones, cuatro manejos del color. Tres formas diferentes de narrar la desconexión de nuestros seres queridos, y una de contar la búsqueda de conexión con el entorno, en una estructura que sin que lleguen a confluir si acaban, como por arte de magia, estrechamente unidas. Ahí va mi aplauso. Salvo imprevistos.

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