Una novela puede entretener o enseñar, una historia puede despertar la curiosidad o sorprender con la realidad más cercana y un escritor puede aplicarse en sus letras o ilustrar con ellas. Pues bien, todo esto lo ha conseguido El gato tuerto.

Manuel Avilés nos trae una historia real que comienza y finaliza en Cuba, en concreto en un local de La Habana llamado El gato tuerto, aunque trascurre en el Madrid de nuestros días. Nos habla de Itziar, psicóloga y directora de un prestigioso colegio privado, casada con Alberto, un cubano con quien tiene dos hijos y una vida tan feliz como ella siempre ha deseado. Pero su idílica existencia da un vuelco cuando él debe ingresar en la cárcel tras ser acusado por dos empleadas del centro.

Así comienza una novela que discurre por la angustiosa carrera de Itziar entre los férreos y casi siempre inamovibles senderos de la justicia. Aquellos dictados, sentenciados y rubricados por quienes es difícil cuestionar. Como dice uno de los personajes aconsejando a la protagonista ante la mejor postura a tomar, «lo que cuenta es lo que está escrito en los papeles.»

He leído esta novela por dos razones. La primera es la garantía que ofrecen las letras de Manuel Avilés, la segunda es aprendizaje. Sí, digo bien aprender porque vivo en el mismo país que la protagonista, bajo igual sistema, amparada y desgobernada por los mismos y sobre todo, porque nadie está libre de sufrir sin merecerlo y sin haber hecho nada más que confiar.

El autor ha logrado, al menos en mi caso y en el de los doscientos invitados que acudimos a su presentación en el Real Casino de Alicante el pasado 4 de noviembre, prender la llama empática entre lector y protagonista. Algo que puedo confirmar tras su lectura, pues en la carrera de Itziar por demostrar una realidad impregnada de prejuicios sociales, ceguera emocional y  rigidez jurídica, me he sentido muy pequeña.  Algo así como un insecto atrapado  en una terrible  telaraña mientras ves avanzar a la gigantesca dueña del telar.

Dicen que en el término medio está la virtud y eso precisamente es lo que Manuel, licenciado en Filosofía y Derecho nos deja ver en sus letras. Las bondades de cada disciplina las utiliza para reflexionar y configurar la historia de Itziar, que no la de su marido Alberto pues en la novela encuentro una diferenciación notable entre ambos, convirtiendo la rutina de esta mujer en una desquiciante carrera por encontrar el punto justo en una sentencia

Una historia, repito real e incido en ello, de verdades subjetivas y mentiras objetivas. Ella cree en una realidad donde vive a diario, él es fruto de un país acostumbrado a sobrevivir. En este punto el autor echa mano de un refrán para cuestionar o quizá afianzar el buen funcionamiento de una relación: “mulos del mismo pesebre. Alberto e Itziar pertenecen a culturas diferentes con infancias tan abismales como el océano que separa ambos países.

Al adentrarse en  El gato tuerto da la impresión de una lectura rápida por la agilidad y fácil comprensión con la que el autor dirige la historia, sin embargo a veces necesitas parar y reflexionar sobre que estamos haciendo bien y mal a la hora de construir una sociedad. Manuel nos hace pensar en ello, nos abre los ojos ante la cruda realidad y nos permite sentir una historia más de encuentros y desencuentros, que penetra en nuestra psique haciéndonos dudar de todo.

Las letras de El gato tuerto son como Manuel Avilés. Sensibles ante el dolor ajeno, chispeantes como un primer encuentro e ilustrativas como todo  lo que nos enseña. Con esta historia estamos ante algo más que un libro, algo más que una historia y algo más que una mujer luchando: estamos ante la realidad donde vivimos. Ahora, tras leerla es cosa nuestra continuar cerrando los ojos y resignarnos, o comenzar a reflexionar con los ojos bien abiertos. ¡Enhorabuena Manuel!