Si te encuentras en el Rynek Główny, la plaza mayor de Cracovia, tienes que dirigirte hacia el noroeste por la calle Szewska, llena de bares y restaurantes, hasta llegar a la parada de tranvía de Teatr Bagatela. Allí debes esperar a que llegue el tranvía 70, que pasa más o menos cada quince minutos. Mientras tanto, puedes comprar un billete de una hora, porque el trayecto será largo. Una vez sentado en el destartalado tranvía, relájate y disfruta de las vistas a través de la ventana: la histórica y a la vez moderna ciudad de Cracovia va dejando paso a algunas zonas verdes y diversas áreas residenciales, hasta que entres en Nowa Huta, el barrio socialista construido después de la guerra alrededor de una planta siderúrgica. El tranvía parará en la Plac Centralny, la plaza mayor de Nowa Huta, pero tú debes seguir contemplando las ostentosas avenidas y los enormes bloques grises un rato más. Después de atravesar un terreno boscoso, hay que bajarse del tranvía en Koksochemia, adonde tras unos minutos de espera llegará el autobús 181. Cinco paradas más adelante, estarás en Dymarek 1, que también es el nombre de la calle a la que nos dirigimos. Entre huertos, arboledas y descampados, encontrarás, si tienes suerte, la entrada del Las Prawiek.

«Cracovia sigue siendo una ciudad literaria: aquí están enterrados dos nobeles anteriores (Czesław Miłosz, Wisława Szymborska) y otros escritores de prestigio internacional y ahora la última nobel tiene un bosquecillo remoto»

Se trata de un bosque muy joven, compuesto de 25.000 árboles plantados el 29 de octubre de este año en honor a Olga Tokarczuk. Cracovia decidió homenajear a la nobel polaca con un bosque alejadísimo de la ciudad, situado en un lugar al que no creo que llegue ningún turista, quizás muy de vez en cuando reciba a algún lector errante. Gracias a esta iniciativa municipal, Cracovia sigue siendo una ciudad literaria: aquí están enterrados dos nobeles anteriores (Czesław Miłosz, Wisława Szymborska) y otros escritores de prestigio internacional (Stanisław Lem, Sławomir Mrożek), y ahora la última nobel tiene un bosquecillo remoto. Su nombre, Prawiek, proviene de la novela que Tokarczuk publicó en 1996 y que al año siguiente le valió el prestigioso premio Nike, lanzándola a la fama en Polonia; se titula Prawiek i inne czasy, un sintagma que, como es de mal traducir, en la edición de 2001 de Lumen se convirtió en Un lugar llamado Antaño.

Prawiek o Antaño es un pueblecito polaco imaginario, ubicado al lado de un pueblecito real, Staszów (en la novela, Taszów); de esta región, el voivodato de la Santa Cruz, es originaria la familia de Tokarczuk. En Antaño hay dos ríos, una iglesia, un molino, un palacio, un bosque, unas cuantas casitas alrededor de la plaza mayor y un camino que llega hasta Kielce, la capital del voivodato, a unos 50 km. Pero la acción se desarrolla solamente en este espacio, tan alejado de todo como el cracoviano bosque Prawiek, tan olvidado como la edición española de Un lugar llamado Antaño, descatalogadísima desde su publicación en 2001. Mientras Lumen o alguien decide reeditarla, demos las gracias a las bibliotecas.

La geografía juega un papel central en los libros de Tokarczuk, de ahí que esta novela tome el título del pueblo donde se desarrolla. Pero si intentamos ser más literales o más fieles al original —que podría traducirse como Antaño y otros tiempos—, entenderemos que los habitantes del pueblo tienen la misma importancia que este. Cada capítulo lleva como título «El tiempo de» seguido de un nombre propio o común, así que cada personaje tiene su tiempo en la novela y, además, el tiempo es uno de sus temas principales. Por ejemplo, el primer episodio, «El tiempo de Antaño», describe y nos sitúa en este pueblo perdido de la mano de Dios, mientras que el segundo, «El tiempo de Genowefa», inicia la acción: corre el verano de 1914 y dos soldados zaristas llaman a filas al molinero Michał Niebieski, el esposo de Genowefa. La historia de la novela arranca cuando la caprichosa Historia decide pasar por Antaño. Y también llegarán la independencia de Polonia, la Segunda Guerra Mundial —cuyos combates destruirán el pueblo—, el Holocausto —que diezmará la población judía de la región—, los avances tecnológicos y la Polonia socialista —con sus expropiaciones y sus persecuciones políticas—. Un lugar llamado Antaño retrata «la Polonia vacía», ignorada y a la vez maltratada por todos los regímenes políticos del siglo XX, aunque cada uno la ha desdeñado a su manera. A diferencia de Los errantes, sin embargo, en esta novela de Tokarczuk el movimiento no es espacial sino temporal: los personajes están quietos en el pueblo, pero sus vidas y las circunstancias cambian, agitadas por el vaivén político.

«Un lugar llamado Antaño retrata «la Polonia vacía», ignorada y a la vez maltratada por todos los regímenes políticos del siglo XX, aunque cada uno la ha desdeñado a su manera»

Este contraste entre estatismo geográfico y dinamismo histórico encaja con el de Un puente sobre el Drina del nobel yugoslavo Ivo Andrić. En Antaño también conviven varias familias que con el tiempo van prolongándose generacionalmente, por lo que el elenco de personajes es muy extenso, como en una buena novela coral. Además del matrimonio Niebieski —los molineros Michał y Genowefa—, están la familia Popielski, también campesina pero rica y aristocrática, y los Divino, más pobres que los demás, a pesar de su apellido. Y a través de estos y otros personajes el narrador recuenta y ensancha la historia oficial de Polonia: critica a la todopoderosa Iglesia católica en la figura del iracundo sacerdote del pueblo; visibiliza a las mujeres en Genowefa, Florentynka —una vieja loca o bruja similar a la protagonista de Sobre los huesos de los muertos—, Espiga —una vagabunda que se prostituye— o su hija, Ruta —violada por estar «donde no debía»—; da voz y complejidad a las personas con discapacidad en Izydor; incluso se pone en los ojos de animales y de plantas, haciendo un esfuerzo por empatizar propio de un narrador más que humano. Además, en Antaño hay ángeles de la guarda y otros personajes fantásticos, como Chopchaf, un fantasma atrapado en el pueblo porque se ahogó estando borracho, o el Hombre Malo, un hombre-bestia que mora asalvajado en el bosque.

Tokarczuk inventa en Antaño un mundo de realismo mágico a la polaca. Muy acertadamente, ha sido comparado con el Macondo de Gabriel García Márquez, otro pueblecito ficcional donde el catolicismo y la tradición precristiana —en el caso de Tokarczuk, eslava— también se entremezclan produciendo un imaginativo cóctel de fantasía y realidad que conviven con total normalidad. Así, Tokarczuk narra con la misma distancia las atrocidades nazis o una cópula entre una mujer humana y un hombre-árbol, la inundación de un prado o un desfile de almas. Pero el estilo de Cien años de soledad, exuberante, vivísimo y propenso a lo barroco, se condensa y enfría en las manos de Tokarczuk, que narra como en los cuentos de hadas o en la Biblia, sobria y poéticamente. Por eso quizás la comparación más acertada sea la Comala de Juan Rulfo, aunque Antaño no es tan fantasmagórico, o el pueblo sin nombre de Amanece, que no es poco, aunque la lógica de Antaño es menos absurda. Sea como sea, el injerto de realismo mágico en el trágico siglo XX polaco es todo un éxito. Antaño es un lugar mítico a la altura del condado de Yoknapatawpha y los ya mencionados.

La novela de Tokarczuk resulta una lectura sencilla y agradable que a la vez depara múltiples sorpresas, en parte gracias a su cuidada prosa —y a la traducción al español de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska—. Pero la estructuración de la novela también favorece la lectura. Los capítulos breves, de pocas páginas, a veces funcionan como relatos casi independientes, autoconclusivos. Además, están perfectamente organizados y equilibrados, alternando la acción entre los personajes sin descuidar a ninguno, avanzando y retrocediendo en el tiempo con naturalidad.

Lo peor de Un lugar llamado Antaño, además de estar descatalogada, es que se trata de la última novela de Olga Tokarczuk disponible para el lector hispanohablante. Después de leer Sobre los huesos de los muertos y Los errantes, me he quedado huérfano de Tokarczuk. Thule Ediciones ha publicado recientemente El alma perdida, un breve libro ilustrado por Joanna Concejo y traducido por Xavier Farré; en 2008, Páginas de Espuma publicó Opowiadania: antología del nuevo cuento polaco, que incluía un relato de Tokarczuk. Pero me temo que estás páginas saciarán mi sed durante poco tiempo. Ojalá las editoriales y los traductores estén ya trabajando en nuevas obras suyas. Los tokarczukistas las esperamos.

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