La vida en internet está llena de momentos en los que el aburrimiento o el cansancio hacen mella y, en vez de trabajar o estudiar, acabas viendo vídeos de gatitos entrañables o de bebés graciosos. En uno de esos momentos de flaqueza, vi una charla TED de una tal Angela Lee Duckworth. La psicóloga Angela había estudiado qué factores determinan el éxito en la escuela, la universidad, el trabajo o los negocios. En una vuelta de tuerca típica del storytelling, Angela decía que el elemento determinante del éxito no era la inteligencia emocional, ni el aspecto físico, ni la salud, ni el coeficiente intelectual. Según Angela, la clave del éxito era el grit. Estaba claro, ¿no?

«Según Angela, la clave del éxito era el grit»

Esa era una palabra inglesa cuyo significado yo no conocía, pero que la psicóloga relacionaba con passion and perseverance, términos más comprensibles. Seguí viendo la charla y admirando las fantásticas cualidades del susodicho grit, como si fuera un anuncio: los estudiantes con grit aprueban, los cadetes gritty se gradúan en la academia militar y los empleados del mes tienen grit. ¿Qué demonios era ese factor más condicionante que el dinero, la clase social, los contactos o el lugar de origen? Por fin, pausé el vídeo y acudí a un diccionario: grit significa determinación. Es aquello que nos mantiene en pie a pesar de las circunstancias adversas, lo que da sentido a largo plazo a nuestras vidas, el hilo conductor de tu biografía. La escritora Remedios Zafra lo llamaría el entusiasmo, que también es el título de su último ensayo, mucho más interesante y fundamentado que los seis minutos con doce segundos de Angela Lee Duckworth.

«El entusiasmo (2017) de Remedios Zafra (1973) es la obra ganadora del 45.º Premio Anagrama de Ensayo y su subtítulo es bastante explicativo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital»

El entusiasmo (2017) de Remedios Zafra (1973) es la obra ganadora del 45.º Premio Anagrama de Ensayo y su subtítulo es bastante explicativo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital. El punto de partida de Zafra es similar a la charla TED de Angela —el entusiasmo o grit hace que sigas adelante a pesar de todo—, pero no es tan naíf ni superficial como la psicóloga estadounidense y, además, se centra en internet, donde los abusos laborales campan a sus anchas. Para Zafra, el entusiasmo es un arma de doble filo: puede dar sentido a la existencia pero también suele precarizarla. Así lo sufren los jóvenes escritores, artistas, músicos o académicos que malviven de su trabajo en las redes. Como la esperanza, el entusiasmo no se pierde y mantiene a flote, pero ¿a qué precio?

El ensayo de Zafra describe y analiza con precisión las vidas de los entusiastas, quienes sienten «el noble goce de una pasión creadora». Para ello, recupera el sentido más primigenio del género ensayístico: la libertad estilística y el apoyo en el yo. Zafra cuenta experiencias personales y anécdotas de conocidos, así que si naciste a partir de los 70, es probable que encuentres muchas similitudes. Como cualquier antropólogo, la autora de El entusiasmo también cita a filósofos y otros escritores, pero son de agradecer las muchas referencias al mundo del arte, que suele estar más ausente en este tipo de ensayos. Lo más interesante, sin embargo, es que Zafra también echa mano de la narración para radiografiar al homo entusiasta: se inventa un personaje, Sibila, que padece las consecuencias del entusiasmo en la precariedad: tiene «aspiraciones creativas y pocos recursos», formación universitaria y experiencia en su campo, debe emigrar por falta de oportunidades en España y vivir en un cuchitril. En muchos capítulos de El entusiasmo, se utiliza a Sibila o a otros personajes secundarios para mostrar en vez de contar. La mezcla de ensayo y narración es todo un acierto, como también lo es que Sibila sea una mujer y que se ponga el acento en que el trabajo creativo en internet suele precarizar aún más a las mujeres.

«trata de encontrar los porqués de la desoladora situación actual y de proponer, aunque tímidamente, soluciones»

Zafra estudia a los entusiastas desde diferentes frentes. Además de prestarle atención al género, se fija en el cuerpo, el deseo, la sexualidad, el amor y las relaciones, todos afectados por las condiciones laborales y la inmersión en internet. También trata de encontrar los porqués de la desoladora situación actual y de proponer, aunque tímidamente, soluciones. Pero en El entusiasmo se echa en falta un análisis de cómo la precariedad en internet afecta a las producciones de los entusiastas; en el ámbito del periodismo cultural, por ejemplo, la escritura suele ser descuidada cuando no incorrecta, los artículos tienden a ser meras listas de recomendaciones y las reseñas, un resumen de la vida y la obra seguido de una burda opinión personal. Por otro lado, y aunque el estilo de Zafra es fresco y desenvuelto y evita el rígido academicismo, en ocasiones peca de una oscuridad excesiva, máscara a veces de la falta de profundidad. Paradójicamente, puede que la barrera lingüística impida que muchos entusiastas lean el ensayo.

A pesar de estas carencias, la lectura de El entusiasmo es más que recomendable, sobre todo porque produce un extraño malestar lector: la sensación de que Zafra te está analizando sin morderse la lengua. Pero es necesario que nos recuerden que internet no es una utopía, como también señaló César Rendueles en Sociofobia (2013). Y que nuestra situación laboral tampoco es la panacea de la flexibilidad, como ya indicó Richard Sennett en La corrosión del carácter (1998), otro complemento al ensayo de Zafra. Además, El entusiasmo de Remedios Zafra ayuda a detectar las peligrosas simplificaciones buenistas de Angela Lee Duckworth y su fantástico grit. ¡Entusiastas del mundo, leed!

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