Aunque los territorios polares avivaron durante siglos la imaginación humana, fueron los últimos reductos que quedaron para la exploración y el descubrimiento hasta bien entrado el siglo XIX, cuando los más atrevidos se propusieron rellenar los espacios teñidos de blanco de los mapas. La belleza del Ártico y del Antártico, con sus paisajes helados, fascinó a muchos de aquellos marinos, pero pasó a un segundo plano al contacto con la cruel realidad y el espanto que producía la inexorable presión de los hielos que acababa atrapando sus barcos.

«La vida en los confines de la Tierra» extrae del rico legado de la exploración polar los testimonios, reflexiones e historias de algunos de sus más valientes protagonistas para inspirar nuestro día a día.

La exploración de las regiones polares fue posible gracias a grandes sacrificios, en general poco reconocidos, por más que Shackleton lo prometiera en su anuncio. Es cierto que a los grandes nombres de la edad de oro de la exploración polar se les ha inmortalizado; James Cook, Scott, Franklin o Shackleton tienen estatuas en Inglaterra, de la misma forma que Amundsen o Nansen las tienen en Noruega. Pero no hay que olvidar que el Almirantazgo solo comenzó a organizar expediciones de búsqueda de John Franklin por la obstinación de su esposa, lady Jane, y es significativo que las últimas palabras del capitán Scott fuesen para pedir que cuidaran de sus familias.

«La realidad es que todas estas expediciones estuvieron llenas de grandes héroes en su mayoría desconocidos. No obtuvieron fama o gloria, mucho menos riquezas, no fueron enterrados en Westminster y su memoria, en general, se ha perdido»

La realidad es que todas estas expediciones estuvieron llenas de grandes héroes en su mayoría desconocidos. Los éxitos nunca fueron suyos y en las derrotas fueron los que más perdieron. No obtuvieron fama o gloria, mucho menos riquezas, no fueron enterrados en Westminster y su memoria, en general, se ha perdido. Es más, muchos de estos hombres reposan para siempre bajo los hielos del Ártico y del Antártico. Uno de los objetivos de este libro es hacerles justicia de la mejor forma que sabemos: rescatando su memoria, recordando su legado y, al tiempo, las aventuras que llevaron a cabo. No pocas veces los sacrificios que soportaron los exploradores polares fueron recompensados con mezquindad y ataques injustos. A Ross le pusieron en tela de juicio sus exploraciones pioneras. A Amundsen jamás le llegaron a reconocer todos sus logros, ni siquiera en su país natal. Sin olvidar los problemas crónicos que el noruego o Shackleton tuvieron para poder hacer frente a las deudas que siempre los acosaban.

Aquellos hombres atraídos por una apasionada vida de búsqueda al límite —como los descubridores y conquistadores españoles y portugueses del siglo XVI— rara vez fueron partidarios de los convencionalismos y las reglas sociales imperantes. A la hora de juzgarlos deberíamos tener en cuenta —como escribió Paul-Émile Victor— que «nada en la historia de la humanidad podrá jamás compararse a lo que los hombres han realizado y resistido para conquistar los polos». Aunque no fuesen personas perfectas, más de un siglo después, aquellas historias de esfuerzo y lucha contra los elementos aún nos siguen conmoviendo. Sus extraordinarias aventuras son historias inspiradoras para las personas de nuestro tiempo, ya que están tejidas con humanidad y trasladan valores inmortales como la cultura del esfuerzo, el sacrificio, la valentía, el compañerismo, la solidaridad, el trabajo en equipo y un espíritu de aventura y optimismo.

Shackleton exigía en aquel anuncio (que no sabemos si realmente existió) que los hombres que se embarcasen en el Endurance supieran que regresar no estaba garantizado. Esa posibilidad era su mayor atractivo, pues esos componentes de incertidumbre, exploración y riesgo son los que definen, básicamente, aquellas expediciones a los hielos polares. Más que encontrar respuestas, el sentido de la vida reside en hacerse preguntas. Pensamos que las reflexiones que emanan de los exploradores polares, y los relatos que narran sus vivencias y contextualizan sus palabras, nos siguen conmoviendo, ampliando nuestro conocimiento y alimentando valores. El conocimiento de los grandes paisajes helados, donde aún resisten el misterio de nuestro planeta y el vigor ético que recorre los abismos de nuestro interior, es lo que enciende el alma para convertirnos en vagabundos del mundo. También queremos recordar con este libro algo que se olvida frecuentemente: todas estas expediciones están llenas de hombres desconocidos y sencillos, esforzados y leales hasta el final. Como Hussey, el meteorólogo del Endurance que rasgueó con su banjo la canción de cuna de Brahms mientras enterraban a Shackleton en el cementerio de Grytviken. O McNish, el carpintero, un lobo de mar siempre eficiente y rebelde, que aparejó la barca para poder navegar a Georgias.

«La mayoría de aquellos grandes hombres murieron pobres, aunque ricos en recuerdos. Muchos se quedaron allí, entre los hielos, como Bowers, Evans y Oates. Como Wilson, puntal de Scott y fiel hasta la muerte»

La mayoría de aquellos grandes hombres murieron pobres, aunque ricos en recuerdos. Muchos se quedaron allí, entre los hielos, como Bowers, Evans y Oates. Como Wilson, puntal de Scott y fiel hasta la muerte. El hombre que siempre amó la ciencia y la naturaleza, sacrificándose hasta el último momento por ellas, dejó escrito en su diario unas palabras que explican la irresistible fascinación de aquellas expediciones:

«Estos días se quedan con uno para siempre. Son inolvidables y no se encuentran en ningún otro sitio más que en los polos».

Hasta el final todos ellos siguieron recordando aquellas aventuras de supervivencia. A pesar de los innumerables sacrificios todos siguieron soñando con regresar a los confines de la Tierra. Ninguno habló de ventajas materiales, y la verdad es que la gran mayoría de ellos no las consiguieron. A cambio, las inmensidades blancas de las zonas polares se quedarían aferradas, para siempre, a su nostalgia. En resumen: este libro quiere compartir la gran aventura polar, transmitir el sentimiento ético, rescatar el espíritu que forjó estas exploraciones y esos valores que hicieron de nuestro mundo un mundo mejor, con mayor conocimiento. Pero también es un homenaje a la belleza de los paisajes helados de la Tierra, que estamos perdiendo, muy rápidamente, debido a la subida de las temperaturas.

 

EL AMIGO DE LOS ESQUIMALES

Vilhjalmur Stefansson fue un explorador canadiense que llegó a Herschel en agosto de 1906 con un traje de verano, una cámara, algunos libros, un rifle y municiones. Se enfrentaba a un invierno del Ártico en solitario, donde el único albergue posible sería el que le ofreciese algún esquimal hospitalario, como así fue. Pronto le llevaron a sus casas en las que fue tratado cortés y hospitalariamente. Le proporcionaron ropa para vestirse y compartieron los alimentos con él. Aquel trato amable le impulsó a quedarse cinco años en el Ártico y aprender el idioma de los esquimales. Le impresionaba su carácter amistoso y cómo habían aprendido a sobrevivir en unas condiciones harto difíciles en el Ártico. Según él «había muchos esquimales por estudiar y más regiones que explorar». A ellos dedicaría Stefansson los restantes cincuenta años de su vida.

SOLO HASTA EL POLO NORTE

A Naomi Uemura lo despertaron los desesperados ladridos de sus perros. Pronto comprendió que no se trataba de la usual riña de perros, ya que eran ladridos de pánico antes de iniciar una huida precipitada tras soltarse de sus amarras. Desde el exterior de la tienda, llegó otro sonido bien distinto: eran pasos pesados que comenzaron a inquietarlo y acelerarle el corazón. Disponía de un rifle, pero estaba sin cargar y el menor movimiento hubiera atraído la atención del gran oso blanco que había comenzado a desgarrar con sus poderosas garras la carne de foca que transportaba en uno de los trineos. Uemura trató de calmar su respiración y sus latidos mientras permanecía inmóvil en su saco en el momento en el que el oso desgarró la lona para husmear el interior de la tienda. Uemura respiró hondo cuando por fin vio alejarse al oso. Jadeando, sudando, temblando, pero contento por sentirse vivo, trató de ordenar su campamento destrozado, cargar el rifle y salir en busca de sus perros, a los que oía ladrar en la distancia. Era su cuarto día de marcha en solitario por el Ártico, los montes de la tierra de Ellesmere dibujaban un horizonte de colores y el polo norte todavía se encontraba a 755 kilómetros, un mundo de distancia, de frío extremo, peligros ocultos y sufrimiento. Uemura había partido desde el cabo Columbia el 6 de marzo y, tras 54 días de soledad, el 29 de abril de 1978 lograría alcanzar el polo norte.

LUIS AMADEO DE SABOYA, EL ÚLTIMO GRAN EXPLORADOR ROMÁNTICO ITALIANO

Luis Amadeo de Saboya nació en el Palacio Real de Madrid en 1873; era hijo del rey de España, Amadeo I, y duque de los Abruzos. Su vida giró en torno a la exploración y la aventura, y culminó en África, en Somalia, donde murió como un nómada de los grandes espacios salvajes. Con diecinueve años se inició como alpinista en los Alpes. Formando cordada con el escalador británico Alfred Mummery, considerado el padre del alpinismo moderno, lograría el Cervino por la arista Zmutt, una de las escaladas más difíciles de su tiempo. En 1897 realizó su primera expedición, logrando realizar la primera ascensión del monte San Elías (5.489 metros) en Alaska. En esta montaña prendería la llama de la exploración polar en la cabeza del duque, que llevaría a cabo en 1899-1900. En abril de 1906 se embarca hacia el Ruwenzori, las míticas montañas de la luna de Ptolomeo, donde logran realizar una exploración ejemplar, escalando sus dos cima principales y otras trece de más de 4.500 metros. A la vuelta de un viaje por Estados Unidos, retorna a las montañas, esta vez a la cordillera más abrupta del mundo: el Karakórum. Su grupo logra encontrar la ruta de ascensión del K2, que desde entonces lleva el nombre Espolón de los Abruzos, y Luis de Saboya consigue alcanzar los 7.500 metros, la máxima altitud alcanzada hasta entonces, en el Chogolisa. El 18 de marzo de 1933 moriría en África este noble atípico, alejado de todo tipo de pompa y boato de la casa real. Tal como siempre había deseado.

SOBRE LOS AUTORES

  • SEBASTIÁN ÁLVARO

Sebastián Álvaro fue el creador y director de los documentales de aventura Al filo de lo imposible, una de las series de mayor prestigio de la televisión española. Durante los últimos treinta años ha dirigido más de doscientas expediciones y realizado más de trescientos documentales, lo que lo convierte en una de las personas que más aventuras, viajes y exploraciones han realizado. Por su trabajo ha recibido tres medallas al Mérito Militar, el Premio Nacional del Deporte, dos premios Ondas, nueve premios de la ATV y dos medallas en el Festival de Nueva York. Escritor, periodista y fotógrafo, es autor de diecisiete libros y colabora habitualmente en algunos de los medios de comunicación más prestigiosos de España, como El País, Marca, El Semanal, El Mundo, Onda Cero y RNE.

 

  • JOSÉ MARI AZPIAZU

José Mari Azpiazu es alpinista, expedicionario y escritor. Se inició en la montaña a edad temprana y cuenta en su haber con importantes ascensiones y escaladas en los Pirineos, los Picos de Europa y los Alpes. También ha organizado y participado en expediciones a los Andes y al Himalaya. Es autor de numerosos artículos y autor y coautor de seis libros de montaña, entre ellos Alpinismo español en el mundo, el tomo VI de la colección Mendiak, Nuestras montañas, Montañas de mi interior y Nire Barneko Mendiak. Como profesional de la comunicación y el marketing ha participado en la realización de más de un centenar de libros de temas diversos: sociales, culturales, festivos, históricos, empresariales… y de montaña.

 

  • LA VIDA EN LOS CONFINES DE LA TIERRA
  • Sebastián Álvaro y Jose Mari Azpiazu
  • Lunwerg Ed. 2019
  • Formato: 20 x 20 cm
  • 224 páginas
  • Cartoné
  • PVP c/IVA: 24,50 €
  • A la venta el 19 de noviembre de 2019

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