No estoy enterrada en el cementerio de Grove Street. De pequeña iba con mi prima segunda para hacer psicofonías y correr en paños menores por los campos de labriego adyacentes, simplemente eso. Si levantas la lápida podrás ver alguno de los cuadros en los que serví de inspiración a Samuel. Solía pintarme desnuda en la bañera de nuestra casa de Boston. Siempre decía que, cuando se viaja, las cosas se hacen como si fuese la última vez. ¡Cuánta razón tenía! A pesar de ser un genio, no llegó a ganar mucho dinero como pintor y durante años malvivió con sus escasos ingresos. Recuerdo que, cuando nos conocimos, no tenía ni para comer, pero me encandiló con su oratoria y esos bíceps de impresión. Pasamos muchas penurias para educar a nuestros hijos en condiciones, sobre todo él, pues yo tuve que irme muy lejos…

Me consideraba un espíritu libre, no comulgaba con el pensamiento de aquella época, contaminado por unas clases dirigentes retrógradas y machistas cuyas faramallas grandilocuentes escondían un androcentrismo de manual.

Se dice que mi marido, después de mi supuesta muerte, inventó en un alarde de ingenio el telégrafo. Nada más lejos de la realidad. Samuel lo había ideado muchos años antes, lo que pasa es que nadie confiaba en él. En aquella época, en Estados Unidos no se apostaba por la modernidad. Los cambios infundían temor, algo parecido a lo que sucede hoy en día, mismo caramelo con diferente envoltorio, la gente está acostumbrada a funcionar con dos o tres patrones y cuando aparece un cuarto no sabe cómo reaccionar y opta por el insulto como medida disuasoria porque carece de argumentos de mayor peso intelectual. Tengo entendido que en España la mansedumbre de pensamiento y la gilipollez sustentan el país. Me lo comentaron en mi época y veo que las cosas han ido a peor. El miedo domina la sociedad, un miedo edulcorado de progresismo y de escribir todos con x porque queda ideal y súper moderno, pero miedo al fin y al cabo. En las Españas, por lo que me han contado, se vende un carácter espontáneo y ubérrimo, el que se puede ver en los folletos de las agencias de viajes en Suecia, cuando la población acepta las normas que proceden de las alturas con una apacibilidad propia de sociedad narcotizada. Alguien me ha comentado que todo esto alcanzó niveles estratosféricos en 2020. Me he venido arriba y adelantado acontecimientos… Olé.

Mi marido creó una máquina del tiempo. De hecho, HG Wells se inspiraría en ella para la composición de su célebre novela, aunque no me quiero meter en ese terreno que no me llevo bien con la SGAE y los derechos de autor me tienen harta. Antes de que perfilara el aparato de teletransporte inventó el telégrafo. Me tenía neurasténica porque me obligaba a ir a la otra punta de la casa o al cortijo (farmhouse, pero lo españolizo que no quiero que me acusen de enteradilla) para hacer pruebas. Bastante tenía yo con criar a mis cuatro hijos como para estar de aprendiz del Juan Tamariz estadounidense. Pero lo hacía. Tengo que reconocer que tenía su aquel porque nos comunicábamos sin necesidad de cartas ni de señales de humo. Hablamos de mediados del siglo XIX, no nos volvamos locos, se moría una tía en Illinois y te enterabas cuando su cadáver ya estaba momificado.

-Lucrecia, my love, hoy he soñado con la cuarta dimensión, me he dado un golpe en el baño, he ido como un loco al estudio, he metido algunas coordenadas nuevas en la fórmula matemática del telégrafo y de repente me he visto en la Edad Media.

-Samuel, deja los psicotrópicos, te lo tengo dicho.

De nuevo, accedí a hacer de conejillo de indias. Pensaba que se trataría de un juego más. Samuel, como todos los genios, estaba desequilibrado y necesitaba viajar mentalmente, decir boberías sin ton ni son, probar sus artilugios conmigo y nuestros hijos, sentirse útil…

Me mandó al año 2006, precisamente cuando Western Union Corporation clausuró sus servicios telegráficos. Samuel había colaborado mano a mano con esa empresa. Desde entonces busco como una posesa un telégrafo para comunicarme con mi marido y con mis hijos. Es complicado observar cómo tus seres queridos han desaparecido, cómo la soledad se convierte en tu compañera de viaje. Porque todo cansa en abundancia, hasta la vida…

Ahora, la imaginación es mi mejor aliado. Si no me creo mis propias fantasías y doy por válidos mis espejismos difícilmente puedo sobrellevar este mundo de locos. Critiqué mucho los inventos de Samuel porque aniquilaban la naturalidad, la libertad de pensamiento. Dudaba entre el futuro que ofrecían esos artilugios y los paseos por el campo con mis padres, sin cables y sin fórmulas matemáticas…

Llevo ya mucho tiempo en esta época, un tiempo en el que se ha perdido la privacidad y el anonimato, donde la inseguridad por la información que se comparte en la red es enorme, donde el paro se ha disparado porque las máquinas y los robots han reemplazado a las personas, donde el aislamiento social y la falta de empatía de los jóvenes dan pavor. Una sociedad sedentaria, sin razonamiento lógico, que no disfruta de los almanaques ni de las enciclopedias para obtener conocimientos, como hacíamos Samuel y yo, sino que se fía de lo primero que lee en Internet. Los móviles son el sueño de cualquier dictador. Emiten cada dos o tres minutos una señal de ubicación. Y peor aún, uno de sus procesadores tiene una puerta trasera que los convierte en dispositivos de escucha que no se apagan nunca. Si un algoritmo te monitoriza todo el tiempo, te conoce mejor que tú. Google y otras compañías socavan nuestra capacidad de pensar de manera profunda, nos empujan hacia un pensamiento superficial alejado del rigor.

El telégrafo fue la antesala del teléfono. A partir de ahí nació todo lo demás. Me alegra que mis hijos no hayan viajado conmigo al futuro porque no me gusta lo que veo. Vivimos en un mundo acelerado, zarandeados entre el kitsch y el shock. Asumimos el delirio del mundo de una forma delirante. El arte reinventa la nulidad, la insignificancia, el disparate, pretende la nulidad cuando ya es nulo. La gente no habla entre sí, no se mira, no se abraza, está entregada a un hedonismo tecnológico que ha matado la comunicación al deshumanizarla, ha olvidado la sabiduría de las grandes narrativas, de la historia, nuestros jóvenes son la generación distraída, han institucionalizado la incultura como la nueva cultura, se vanaglorian de su ignorancia y escupen a quien intenta enseñarles o convencerles de que realmente cualquier tiempo pasado fue mejor. Ojalá pudiese volver al cementerio de Grove Street y meterme en esa tumba vacía… Samuel no dio el primer paso para esto.

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Yo no valgo ni para barrer suelos, pero mi arte sí. Soy tantas cosas que ya no me acuerdo. La edad también influye, hace que uno no retenga del todo bien. Escribo, narrativa, ensayos, teatro, varios intentos de novela, también dirijo mis obras teatrales cuando se representan en donde vivo. Si no, creo equipo con actores y directores que considero pueden llegar al alma de mi texto y transmitir lo que yo pretendía. El teatro es universal. Tengo decenas de premios de teatro y narrativa, es decir, esculturas que hacen de pisapapeles cuyo cobre me planteo fundir o vender en el mercado negro para una compra en Mercadona. Lo combino con el periodismo y la filología. “Este niño es un poco inquieto”, decían (y siguen diciendo) mis padres. Tampoco sé de dónde soy, del Norte, eso por supuesto, pero he vivido en tantos sitios que pierdo la cuenta. Existo y doy guerra. Lo demás no importa.

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