En mi casa conviven tres gatos. A veces, en mitad de la noche, les descubro mirando hacia el hueco de la puerta del cuarto. Y allí no hay nada. Mejor dicho: no hay nadie. Pero están tranquilos y yo, por lo tanto, también estoy tranquilo.

Recuerdo cuando llegué a esta casa, una tarde de otoño cerca del día de todos los santos. Y no es broma, fue así pues lo que les voy a contar es real como la caricia del viento con las ventanas cerradas. Por suerte, nunca sentí eso aquí dentro pero sí ocurrieron hechos curiosos que paso a describirles. Uno, fue un hallazgo macabro en lo alto de un armario y el otro, oh vaya… ¡otro hallazgo más extraño aún! También en un armario.

Ya nos habíamos mudado y comenzábamos una vida plena y feliz cuando quise guardar una maleta en lo alto del armario de nuestro cuarto. Pero al intentar encajarla, aquel objeto grande y vacío chocaba con algo. ¿Qué sería? Me pregunté y mientras mis gatos andaban en algún lugar indeterminado de la casa, agarré una escalera y subí hasta lo alto, palpando con mi mano izquierda lo que impedía que la maleta llegase hasta el fondo. Y al sacar aquellos objetos suaves y blandos hacia la luz me sorprendí: una mano cortada a la altura del antebrazo y una careta de un monstruo horripilante casi provocan mi caída al suelo.

Por suerte, eran de goma. Pero amigos míos, ¿recuerdan que les hablé, al principio de este relato, de otro hallazgo de similares características? Si, es cierto.

Lo recuerdan.

Pues bien, cerca del verano decidí limpiar el altillo de la terraza abierta de esta maravillosa casa en la que vivo, junto a mis tres gatos, que a veces miran el hueco de la puerta. Y sigue sin haber nadie, pero en ese altillo sí había alguien. O, mejor dicho, los trozos de alguien pues mis manos, al abrir la puerta corredera, se toparon con una forma envuelta en una bolsa de basura. Como en las peores películas de muerte y asesinatos, desde el interior asomó una cadera en hueso, crudo, pálido de textura plástica y después apareció el torso en forma de costillas y luego los brazos y piernas… montones de huesos de debían tomar forma pues el último elemento que mis dedos tocaron fueron unas cuencas oculares vacías y silenciosas. Una vez las piezas de aquel puzle humano se colocaron en el suelo del baño, pude contemplar un perfecto esqueleto de mujer. Y ahora, en la quietud de mi despacho junto a la estantería repleta de libros, ella descansa erguida saludándome cada vez que entro en él.

Y de uno de esos libros, apartado junto a otros de época victoriana, quiero hablarles. Por que lo que yo acabo de contarles son minucias, tonterías que poder narrar a mis nietos cuando la piel que recubre mi cuerpo sea un montón de pellejo. Les hablo de “la mejor historia de fantasmas de la lengua inglesa” (Lafcadio Hearn), de uno de los mejores relatos de casas encantadas jamás escritos según el propio Lovecraft. Les hablo de “la casa y el cerebro”, de Edward Bulwer-Lytton, una historia espeluznante publicada en 1859 en la revista Blacwood’s Magazine.

Quien cuenta la historia en primera persona desoye los consejos de sus conocidos y se aventura a ocupar una casa encantada en medio del Londres victoriano. Pero no acude solo. Su perro le acompaña. Lo que me ocurrió a mi no tiene nada que ver con lo que a nuestro apuesto inquilino le sucede: apariciones, movimiento de objetos sin sentido, fuerzas telúricas que ensombrecen su estancia, el miedo en la personificación de las más oscuras sombras, el huir de su pobre mascota y él, en el interior, que intenta escapar, pero…

En la casa hay alguien más. Un ser perverso, asfixiante y malvado conectado con horribles crímenes sucedidos en el interior, hacía muchos años atrás. ¿El secreto? Una habitación donde no hay nada. Y parece que tampoco nadie, aunque eso, queridos amigos, se lo dejo a ustedes pues la historia, editada por Impedimenta y de tan solo 101 no he podido terminar… dejando mi lectura en la número 86.

Que lo disfruten.

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Estudiante de Criminología, soy autor de tres novelas publicadas bajo el seudónimo David Verdejo (Woods Lane, Alma de cobre y El secreto de Pozonegro) y en la última (No te sientes de espaldas a la puerta) utilizo mi nombre real. Soy gran admirador de los grandes autores cómo Chandler o Hammet y todas mis novelas y relatos pertenecen al género negro-criminal, de cuyas técnicas narrativas y de investigación me ha formado durante años. Colaboro en la revista Moon Magazine publicando relatos y reseñas literarias."

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