Por lo general, no creo en las esencias nacionales. Lo de que los catalanes son tacaños y trabajadores, los andaluces vagos y salados, los franceses románticos y racionales o los argentinos ególatras y habladores me parece, cuando menos, mero estereotipo, propaganda intelectual barata. Algo de verdad hay en los estereotipos, por supuesto, pero es que toda mentira se construye a partir de una pizca de verdad.

Aun así, me encanta leer libros que intenten describir las esencias nacionales, que se atrevan a investigar en qué puede consistir el carácter de cierta nación. Suelen ser una empresa condenada al fracaso, y de hecho a menudo estos libros naufragan en el ridículo nacionalista. Le sucedió a Eduardo Mendoza con ¿Qué está pasando en Cataluña?, que en sus menos de 100 páginas no solo no contestaba a la pregunta del título sino que además hacía un retrato muy tendencioso del «ser catalán». Para mí, uno de los mejores ejemplares del género es El laberinto de la soledad de Octavio Paz, que recorre la desgraciada historia de México para ir trazando la identidad del mexicano, con sus luces y sombras.

El título y el subtítulo del ensayo del escritor barcelonés Mauricio Wiesenthal lo sitúan de lleno en las coordenadas de este género que estoy intentando describir: La hispanibundia. Retrato español de familia (2018, Acantilado). De ahí también se deduce que se atreve a retratar un país donde la esencia nacional es un asunto especialmente conflictivo: España. Además, Wiesenthal decide sustituir la trillada hispanidad por su neologismo hispanibundia, que enfatizaría lo que según Plinio caracterizaba a los hispanos: la vehementia cordis o vehemencia del corazón. O sea, que para Wiesenthal el elemento constituyente del «ser español» es la pasión; de hecho, dice que «la hispanibundia nos llevó a dar más importancia a la acción que al pensamiento». Este intento de reducir la esencia nacional a un fundamento básico recuerda a los filósofos presocráticos: la sustancia primigenia es el fuego (Heráclito), el elemento primordial es el agua (Tales de Mileto), etc. Pero me parece que a estas alturas podemos aspirar a un análisis más complejo de la realidad, ¿no?

Según Wiesenthal, sería la misma hispanibundia la que impediría a los españoles reaccionar frente a la adversidad, ante la cual solo sabrían indignarse; así, tras «la derrota de la Invencible, la pérdida de las colonias, el Desastre de Annual», España produjo «una generación de indignados» que buscó «en cualquier parte, a cualquier precio, unas ideas que flagelen nuestro complejo de culpa con cuatro sentencias mal aprendidas de Erasmo, de Voltaire, de Hume, de Hegel, de Nietzsche o de Bakunin». La explicación de esta indignación hispanibunda, además de en el encendido temperamento español y en su tendencia a la acción más que al pensamiento, se encontraría también en el desconocimiento de la propia historia y tradición. Así lo explica Wiesenthal: «Cuando un pueblo pierde la fe en los mitos fundacionales de su comunidad, y cuando una sociedad no se reconoce en su historia, desaparece en el anonimato y en la dispersión». Por eso La hispanibundia también quiere poner al lector español frente al espejo de su historia, un ejercicio de memoria histórica que no es nada original pero siempre viene bien, por aquello de que si no conocemos la historia estamos condenados a repetirla. Supongo que esa es la razón por la que insiste tanto en usar el pronombre nosotros cuando habla de los españoles: está claro que el autor se siente español, pero quiere que el lector lo sienta también.

El otro gran problema de los 38 ensayos que componen el libro de Wiesenthal es el marco histórico elegido para pintar ese «retrato español de familia» que, de paso, debería educar al hispanibundo lector. Si La hispanibundia recorriera todos los capítulos de la historia de España en busca de los orígenes del carácter español, como hace Paz en El laberinto de la soledad, quizás el resultado habría sido satisfactorio; pero Wiesenthal prefiere buscar los «mitos y gestas heroicas que aún podrían conmovernos a los españoles» solamente en la Reconquista, el Siglo de Oro y la colonización de América. El «retrato español de familia» que pinta Wiesenthal es, pues, muy limitado: en vez de un retrato cubista, multiperspectivista, donde pudieran verse todos los españoles y españolas, Wiesenthal prefiere realizar un retrato velazqueño, que contiene una sola realidad, dejando fuera de foco otras muchas realidades del país y de su historia. ¿Qué tiene que aprender la ciudadanía de la España del siglo XXI de los conquistadores, los místicos, los toreros y demás personajes patrios reivindicados por Wiesenthal? ¿De verdad está la esencia de España en esos «mitos y gestas heroicas»? A este tipo de dibujo que subraya ciertas características del modelo ignorando otras, el diccionario lo llama caricatura.

Si La hispanibundia se hubiera titulado La esencia de la España del Siglo de Oro o Lo que no te explicaron sobre la España de los Austrias en el bachillerato, yo no tendría nada que objetar, aunque entonces quizás no lo habría leído. Por otro lado, en el ensayo de Wiesenthal hay algún capítulo y alguna reflexión interesantes, por ejemplo cuando analiza la psicología española a partir de las ganas, un término común al castellano, el gallego y el catalán: «La «gana» es una manifestación imperiosa y dramática del deseo, un apetito radical y vehemente que, en ciertos casos, es capaz de poner en marcha la voluntad del español». Por desgracia, todo está teñido de un nacionalismo que empobrece la lectura, aunque para Wiesenthal los nacionalistas siempre son los otros (y los populistas, término que no duda en usar para hablar de cualquier época histórica). Así, Wiesenthal reivindica y defiende la supuesta austeridad del español «a pesar de que algunos consideren hoy la «austeridad» como una detestable imposición social»; relativiza la ferocidad criminal de los procesos de la Inquisición; dedica un capítulo entero a alabar «la fiesta española de los toros» y otro a desmontar la leyenda negra española en América (¡cómo no!); ataca a Erasmo por sus ironías y sus burlas (sic) y a Descartes por su racionalismo y su duda (sic), mientras que Cervantes y los españoles «o se salvan por la realidad, o se condenan con los descomunales gigantes de su delirio»; critica a los que no se olvidan de las «heridas de nuestras guerras civiles»: «hay quien las hurga para perseguir a los muertos en sus tumbas o a los maestros en sus monumentos». Pero quizás lo más disparatado de La hispanibundia sea su embestida contra la picaresca, que merece un párrafo aparte.

Wiesenthal les dedica todo un capítulo a los pícaros (el 17, titulado «La casta aprovechada y aprovechona: los pícaros»), pero reaparecen en otras partes del libro. Así, el capítulo 8 habla sobre el «efímero triunfo del buen gusto» español, el cual opondría la sobriedad y la simplicidad locales al refinamiento y el lujo extranjeros, aunque pronto degeneraría en mera vulgaridad. Las razones políticas de esta supuesta decadencia de la buena educación no vienen al caso, lo importante es que según Wiesenthal en España se dio una «fiebre salvaje del populismo y del mal gusto» que está relacionada con la popularidad de la novela picaresca, «un género incivil, bufo e inmisericorde» (sic). ¿Por qué se enorgullece de los héroes conquistadores pero no de los pícaros? Sobre estos, Wiesenthal escribe lo siguiente: «los vagos de nuestra historia que han hecho voto de sosiego y se nutren de esfuerzos y de ideas ajenas mientras parasitan a sus convecinos más sacrificados, responsables y trabajadores»; o esto: «En Guzmán de Alfarache y en Rinconete y Cortadillo queda constancia de las enormes ganancias que sacaban estos pícaros, sisando y llevando mercaderías en sus espuertas y costales». Además de exhibir un dudoso gusto literario, las palabras de Wiesenthal exudan una aporofobia de manual, definida así en el DRAE: «Fobia a las personas pobres o desfavorecidas». Pero lo más disparatado es la teoría a-cuñada por Wiesenthal según la cual los primeros pícaros llegaron a España… ¡de Flandes! La palabra pícaro, de etimología discutida, puede que provenga del término flamenco begardo, que hace referencia a una cofradía mendicante que durante la Edad Media se extendería desde Europa Central por el resto del continente. En España los begarden-bigardos-pícaros habrían encontrado su hábitat ideal: «los españoles acogimos a esos aprovechados, bien amparados por nuestra tolerancia tradicional con los vagos—en cuanto se disfrazan de cesantes y cuitados—y por el desquiciamiento de nuestro sentido civil». De nuevo asoma el clasismo de Wiesenthal, que aprovecha para desbarrar sobre el siglo XXI: «la holgazanería no se ha enderezado en esta nueva Europa sin ideales de trabajo, donde—entre honrados trabajadores en riesgo—proliferan los parásitos a los que basta dar la mínima oportunidad para que elijan la sinecura y la asistencia regalada».

Como buen lector hispanibundo que soy, leyendo La hispanibundia me indigné mucho. Busqué reseñas del libro en los medios generalistas, pero como nadie criticaba su nacionalismo español velado, me indigné aún más. Sin embargo, como soy catalán y ya se sabe que los catalanes hacemos cosas, decidí escribir esta reseña.

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