Muchos autores que llegan a Bookólicos lo hacen de la mano de la editorial Cuatro Hojas, en la que confiamos plenamente; algunos dejan ver su perfil desde el principio y otros son más sutiles, como es el caso del autor al que hoy intentamos dar visibilidad.
Preparando este artículo hemos descubierto que no solo contamos en nuestra plataforma con un buen escritor, sino que hay una persona detrás de esa pluma que lucha por ser siempre fiel a sí mismo, más allá del marketing, la fama y las ventas. Cosa que es de agradecer en estos tiempos en el que el ego supera en muchos casos la propia pluma.
Juan Manuel no es un cuentista, aunque sí un autor de relatos cortos. Podemos encontrar parte de su obra en antologías como Cuenta Hasta Cuatro (Cuatro Hojas, 2025) y en varias revistas literarias como El Narratorio, Espacio Fronterizo o El Coloquio de Los Perros. Pero es en su obra completa donde este autor se desnuda del todo, dejando ver atisbos de su inconsciente onírico, su peculiar imaginario y «sus monstruos». Nos encontramos ante un autor intimista, que escribe por necesidad de expresarse y que tiene cierta apatía a los baños de exposición al público. ¿Os suena esa figura del escritor que nadie ha visto físicamente y que tantas veces hemos romantizado aquellos que creemos que este oficio se ha vuelto un circo en redes sociales?
Si los lectores piden calidad literaria sin más florituras, aquí la tienen. Pasen y vean:
Siempre hay un debate en el mundo literario sobre si “escritor se nace o el escritor se hace”. En tu caso, ¿Qué te empujó a este oficio?
Diría que mi caso es un tanto sui géneris, porque tuve la pulsión desde siempre, pero empecé más o menos en serio muy tarde. De hecho, de joven escribí guiones para cortos, y hasta participé en el rodaje de alguno. Luego lo dejé porque mi vida juvenil vino a ser como un pim pam pum. Más tarde retomé la escritura, pero una cosa rara, una especie de manifiesto mezclado con ficción del que tengo ingentes cantidades de cuadernos manuscritos, imposibles de publicar al menos de manera convencional. Finalmente, decanté en lo que tenía que decantar, y de aquí ya no me muevo. Creo que de lo que acabo de decir se infiere mi respuesta a esa pregunta eterna: el escritor nace, pero, sin embargo, se hace.
En tus obras hay una constante que se repite: el mundo onírico. ¿Vienen las musas de esta parte subconsciente de tu mente?
En cierta medida, sí. No hace mucho, un editor al que conocí dijo que mi trabajo sobrevuela por el realismo sucio, el surrealismo, Kafka y no sé qué más, pero sin posarse definitivamente sobre ninguno de ellos; y donde el sarcasmo y el humor negro encuentran buena cabida. Añadió que era un escritor que contaba con eso que se da en llamar “una visión”. Creo que después de eso ya me puedo retirar, je, je, je… Hablando en serio: en realidad no se trata solo de la fase onírica; lo que pasa es que soy un tipo muy introspectivo, con un microcosmos personal muy acusado, donde habito. Y, claro, al que trato de amueblar lo mejor posible porque no en vano tengo que vivir en él. Y en el tipo de perfiles como el mío se desarrollan compañías extrañas, propias, supongo que, algunas, fantasmales. A veces, también monstruos, claro, pero cada vez menos, o más domesticados. Por eso los puedo sacar a pasear para hablar de ellos.
Eres un escritor profundamente arraigado a los relatos cortos. ¿Qué te aporta este formato a la hora de expresarte?
Bueno, alguno de mis relatos me salió tan largo que mi editora propuso publicarlo como novela corta… Más allá de la anécdota, soy un tipo inquieto y suelo aburrirme de estar mucho tiempo en un mismo lugar. En el mismo lugar interior, se entiende; que viajar por fuera creo que está sobrevaloradísimo… qué coñazo. Hace un tiempo pensaba que el relato, o cuento o como quieras llamarlo, estaba desprestigiado, infravalorado, considerado como una alternativa menor para el escritor que no era capaz de abordar una novela. No es que eso a mí me importase lo más mínimo a la hora de escribir relatos, pero podría decirse que mi percepción, casi, se ha dado la vuelta: hay obras brutales y profundas a base de relatos (véase a Horacio Quiroga, a Ribeyro, a Carver, a Cheever…). Eso sí, para valorarla es necesario abordarla toda o, al menos, buena parte de ella. Por otro lado, no me diréis que el relato no casa bien con nuestros tiempos, con el clickbait y todo eso; si bien, un buen relato supone, en el fondo, todo lo contrario: una parada en el camino para pensar, para profundizar en alguna cuestión; eso sí: cuidado porque esa cuestión podría engullirte. En todo caso, un buen relato te deja un sabor de boca que dura durante mucho tiempo después. Naturalmente, todo sea dicho con profunda admiración a las sensaciones que procura una buena novela.
¿Qué tipo de conexión busca tu literatura con los lectores? ¿Qué te gustaría escuchar sobre tus textos?
Bien, debo reconocer que no escribo pensando demasiado en el lector; es posible que por eso no me lea ni Dios…ja, ja, ja. Pero entiéndaseme bien: en el fondo esto no deja de ser, aunque sea por casualidad, una posición de profundo respeto por él, por el lector. Ocurre como con el sexo: creo que la mejor manera de proporcionar placer a la pareja es centrarse en uno mismo, dentro de un orden, a la hora de practicarlo. Si existe verdadera conexión con la otra, el otro, lu otru o lo que sea, entonces disfrutará tanto como tú, dándole rienda suelta, a su vez, a sus necesidades propias… todo lo demás son milongas. No creo que haya que empecinarse en buscar conexión donde no la hay. En cuanto a lo que me gustaría que se dijese sobre mi obra, depende de quién lo diga. Con determinado perfil de lector la buena noticia podría ser que no le gustes.
Algunas personas creen que los autores independientes son aquellos que no han conseguido publicar en editorial tradicional. ¿Cómo emprendiste tu camino hacia la auto publicación? ¿Cómo es este camino a diferencia de la publicación tradicional?
En rigor, yo tuve la oportunidad, al menos en dos ocasiones, de publicar con “tradicionales”; entiéndanse estas como las que no cobran por publicarte. Por ser justos, la primera de ellas me pidió, como condición tácita, que me buscase un “padrino”, un escritor más o menos consolidado que me prologase, que aportase, digamos, gancho a la hora de lanzar el libro; valor añadido, tal vez. Aunque conozco un par de autores a los que podría intentar recurrir, preferí no hacerlo, porque no son íntimos y la cosa no deja de pasar por poner a la gente en un compromiso, y yo para eso no valgo. Como tampoco estoy en esto por prestigio ni, no digamos, por negocio, prefiero que me lean cuatro por el boca a boca que veinticinco con métodos comerciales, que siempre comprometen. En la otra ocasión no me sugirieron nada parecido, pero la cosa estaba sujeta a una campaña tan bestial de presentaciones que no pude menos que rechazarlo, porque tengo un punto autista que me impide el contacto directo con público (eso, suponiendo que el público asistiese, que esa es otra). A mí me gusta escribir para comunicarme con un ramillete de personas de manera indirecta. Si tuviera don de gentes hubiera sido orador, o conferenciante. Dicho esto, creo que en la autoedición se puede encontrar de todo, cosas que no aportan tanto y cosas interesantes; pero ¿acaso no sucede lo mismo con la edición tradicional?; ¿Es lo mismo publicar a Faulkner (en su momento) que, pongamos, a Paulo Coelho? Luego, en las tradicionales, está lo del del control de las ventas por el autor y todo eso, claro, que es una entelequia a menos que te llames Pérez-Reverte o Ruíz Zafón, digo yo. Por si fuera poco, la Editorial Cuatro Hojas es un lugar perfecto para autoeditar, no solo por la calidad del producto final, también porque te mueven por ahí constantemente, con firmas y tal; aceptan tus rarezas… Si estoy haciendo esta entrevista muchos meses después de publicar, es gracias a ellos. Y a Bookólicos, claro, otra maravilla. En serio.
¿Cómo crees que será el escritor Juan Manuel Caballero dentro de diez años? ¿Qué cosas no te gustaría dejarte en el tintero?
En primer lugar, espero seguir siendo un escritor vivo, je, je. Luego, tener tras de mí un bagaje de relatos ya importante, enjundioso. Los suficientes como para ir estrechando el cerco a mis fantasmas personales, aunque solo sea formalmente; ir dejándolos sin argumentos o, más bien, obligándolos a que mejoren los que tienen, porque sin argumentos nunca se van a quedar. Por eso la narración corta es importante y tiene sentido por sí sola, porque puedes posar la mirada sobre temas diversos sin necesidad de forzar las costuras de una novela. Todo esto, por supuesto, sin perder de vista que el corpus de la obra debe reflejar el tormento existencial fundamental del autor, su infierno personal y exclusivo; la musa inversa sin la cual las personas, digamos, cerebrales no podríamos, en realidad, vivir. Eso sí: en modo alguno creo que las obras, grandes o pequeñas, sirvan para exorcizar. Ese es un tópico tan bonito como mentiroso.
Leyendo estas respuestas dan ganas de tomarse un café con Juan Manuel para seguir charlando de literatura sin tapujos y de forma transparente, sin segundas pieles.
Esperamos que hayáis disfrutado leyendo este artículo, al menos, la mitad de lo que hemos disfrutado nosotros desnudando a este magnífico autor. Estamos seguros de que su frescura ha despertado en vosotros un interés sincero por sus relatos, así que os dejamos enlace a una de sus obras, que podéis leer a buen precio en Bookólicos:
https://www.bookolicos.com/descubre/niebla-sobre-quantico-virginia










