Hasta en los confines donde habita el destino se han podido escuchar con ritmo marcial y estruendo regio, noventa y seis salvas de cañón apagando el eco de tantos y tantos:  ¡Larga vida a la reina!  ‘¡Dios salve a la reina!

Ese destino, curioso interventor del devenir humano ha querido saber cuál era la causa y entonces, sus vasallos, ángeles y diablos de la conciencia, le han dicho que los cañones sonaban por el fin de una época.

─¿Cómo ha sucedido tal cosa sin que yo me enterase? ─Protesta.

─Bueno… ha sido de forma repentina y como siempre estás tan atareado luchando con el libre albedrío, pensamos que debía entrar en juego  la naturaleza y esta, con lo que los hombres llaman ley de vida ha decidido actuar.

El destino conforme con el argumento, ha recordado aquellos días donde movió los hilos para que una niña fuera reina. Fue un tanto retorcido, pero a veces sus decisiones necesitan de ello.

En primer lugar creó una bifurcación en el camino de un rey, Eduardo VIII. Lo mejor que se le ocurrió fue presentarle una divorciada estadounidense y por lo tanto, incompatible con la corona. Eduardo, más hombre que rey, renunció, de este modo Jorge VIII abría la puerta a su hija Elizabeth Alexandra Mary para convertirse en Princesa de Gales y heredera al trono de lo que en aquellos momentos constituía un Imperio y, que con el tiempo daría lugar a la Commonwealth.

A continuación se le ocurrió  una forma exótica para convertirla en monarca. Así, una noche pensó en un hotel situado en la gigantesca copa de una higuera en Kenia como el lugar adecuado y hasta allí la envió junto a su marido. A la vez, confabulado con la parka iniciaba el último viaje de su padre, el rey Jorge VIII.  Jim Corbert, un naturalista británico que también se hospedaba en tan singular hotel dijo aquel día:

─Una joven subió a un árbol como princesa y bajo al día siguiente como reina.

De este modo, el destino creador de alegrías e infortunios, hacedor de ventura y desdichas, entronó a Isabel II el tiempo suficiente para conocer unas y otras. En el lado rosa del reinado, le permitió casarse por amor, algo relativamente complicado en su cargo, le dio cuatro hijos, le entregó perros y caballos suficientes para colmar sus deseos, le permitió viajar por el mundo… mientras era  querida por su pueblo. En el lado gris de la política y la economía,, le permitió conocer quince Primeros Ministros, cuatro Papas, cientos de mandatarios y atesorar una gran fortuna. A cambio, con tan solo veintiún años, ella prometía reinar todos los años que la vida le regalara, fueran muchos o pocos sin abandonar a su pueblo. Y Dios, pero sobre todo su hijo Carlos un dechado de paciencia saben que han sido muchos, pues las noventa y seis salvas han sonado por cada uno de sus años, de los que setenta fueron de reinado y setenta y cinco de matrimonio convirtiéndola así en la reina más longeva y el reinado mas largo del Reino Unido.

Pero la vida de cualquier mortal por muy poderoso que sea, tiene también un lado oscuro ennegrecido por el luto. Por este motivo el destino colocó en su camino un Annus horribilis, divorcios, acusaciones de abusos por parte de un hijo que le costaron catorce millones de euros, flirteos  escatológicos y extramatrimoniales entre otros. Y en la cima, la muerte de la princesa del pueblo, Lady Di dando lugar a una exigencia popular desconocida hasta el momento. Ella entendió que su postura silenciosa e invisible ante el cuestionado accidente debía ser enmendada si quería conservar el cariño de su pueblo. Cedería, aunque sin renunciar al boato británico. Entonces tuvo lugar una anécdota que la reconciliaría con su pueblo.

Aquel día una niña se le acerco con cinco rosas rojas, ante lo que  ella preguntó:

─Quieres que las ponga con las demás

─No señora, son para usted. ─Respondió la pequeña.

Isabel II configuró un reinado con el gesto de aquí no pasa nada. silente y metódico, moderadamente conservador capaz de romper protocolos, como aquella vez en Australia donde saludó al pueblo congregado por su visita, estableciendo así un nuevo protocolo. Correcta, con un marcado sentido del deber, símbolo eterno de la monarquía. Neutral, popular y respetada posiblemente gracias a la negativa a dar entrevistas.

Una vida de poder donde la mujer de llamativos colores, sombrerito a juego y un bolso de mano testigo de un lenguaje secreto, aún tendrá que esperar diez días para que la permitan descansar en paz.