Dejadme que os cuente algo. Una historia sobre lectura, sobre mis lecturas.

Tenía 16 años, quizá 17. Esa extraña edad en la que te emocionas con Martín Vigil y te besas a escondidas.

Yo me besaba a escondidas deseando que me vieran y leía en público, no lo podía evitar, deseando que me ignorasen.

Leía en la calle, sí. Esa era mi tontería. En realidad creo que en esa época leía todo el rato, sobre todo en verano.

Y ese verano en Barbastro cayó en mis manos Filomeno a mi pesar. El mejor título de la historia de los libros. Yo miraba ese libro, premio Planeta de los de antes, embelesada. Filomeno a mi pesar, de Torrente Ballester. Me gustaba sin leerlo. Y lo leí. Y me enamoré de él. De Filomeno o de Gonzalo, no sé muy bien. O de su premio, a saber.

«Y deseó que esa colección la formasen todos los libros que habían sido Premio Planeta desde el año que nací. Y compramos premios pasados en ferias de libro usado»

Y lo volví a leer y decidí que el Premio Planeta era el mejor premio literario.

Mam, yo a mi madre la llamo Mam y ella, en una especie de broma moderna a mí me llama Hij, decidió que era un regalo para toda la vida y año tras año compró  para mí los dos libros premiados. Y yo los leía y me gustaban… Y deseó que esa colección la formasen todos los libros que habían sido Premio Planeta desde el año que nací. Y compramos premios pasados en ferias de libro usado.

Los leía con cariño porque al leer Filomeno a mi pesar, pese a mis 16 añitos, quiero pensar que 17,  entendí que había otra forma de leer. Que la vida no salía al encuentro. Que a veces se era Filomeno aunque no te gustase ese nombre.

Y ese crecimiento lector mereció mi reconocimiento, y casi el de Mam que nunca falló a su cita envuelta en papel de regalo, durante años… Hasta que un día todo cambió.

El Planeta poco a poco perdió su prestigio. O a mí me lo parecía. Siempre tuvo este premio alguna salpicadura de buen hacer, no lo niego, pero cada vez sus autores, que empezaban a ser estrellas más que autores terrenales, me gustaba menos. O quizá si me gustaban, pero no lo suficiente como para  colocarlos yo en la estantería repleta de lomos rojos y negros. Dejé de comprarlos, salvo honrosas excepciones, no sin cierto poso de remordimiento pensando en Mam, que durante tantos años fue encargada de aparecer en casa con un par de libros.

«Cercas y Vilas se alzaban con el Planeta 2019. Y ayer yo fui feliz. Feliz por mí paisano, porque Vilas lleva muchos años con la pluma en la mano evolucionando, emocionando, desgarrando al lector. Feliz por Cercas, la inteligencia hecha autor»

Pero ayer el jurado lanzó un veredicto previamente alcanzado, Javier Cercas y Manuel Vilas se alzaban, jugada maestra editorial, con el Planeta 2019. Y ayer yo fui feliz. Feliz por mí paisano, como no, porque Vilas lleva muchos años con la pluma en la mano evolucionando, emocionando, desgarrando al lector. Feliz por Cercas, la inteligencia hecha autor.

Hoy tengo ganas de ver en las librerías los premio planeta. Sus cubiertas rojas y negras de faja inferior anunciando el ganador, la edición y, ojalá, el número de ejemplares vendidos.

Hoy tengo ganas de decir, “gracias, Planeta” aún hay huecos para rellenar en la estantería bicolor que Mam comenzó.