Al mar tú puedes ir de muchas formas. Puedes ir en plan hortera, con esos zapatos espantosos, con gesto de “a mí que no me toque nada o grito”, con aires en plan joder, por qué habré salido yo de la gran ciudad, si allí todo es más civilizado, y más limpio, y mejor. Es la visión del turista malandrín, especie desagradablemente abundante en costas españolas.

Pero al mar tú también puedes irte con los ojos muy abierto, y acercar tus pasos así, despacito, y después aspirar muy fuerte la brisa, y sentir que el aire sabe a sal, y recordar tiempos que se fueron, y no contenerte las ganas de lanzarte allí, aunque sepas que está de temperatura como para mantener camarones congelados. Porque el mar, como todo, está fabricado también por nuestros mirares.

Existen también varias maneras de escribir sobre el mar. Novela pijipi de iniciación (esas novelas deberían seguir algunos años adicionales, justo hasta que el pijipio protagonista se marcha a Estados Unidos para hacer el máster, pagado por papi). Novela de catástrofes, con tiburones y megalodones. Novela de aventuras, con sus hombres-muy-hombres y sus mujeres pobres y desvalidas. Y hasta ensayos.

Recientemente se han publicado dos de estos últimos. Muy distintos entre sí. Recomendables ambos, anticipo, porque son sendas joyitas para no perderse si te gusta lo azul (o la literatura, vaya, que un buen ensayo es literatura de la buena, ténganlo clarito).

Empecemos por “Un mar sin límites. Una historia humana de los océanos”, escrito por David Abulafia, traducido por Tomás Fernández y editado por Crítica. De primeras… a ver, cómo decirlo… un tochazo. Un tochazo de los más gordos que hay. Mil quinientas páginas, por redondearles el dato. Vamos, que no se lo lleven para leer en el metro, que se les queda el bíceps como el de Rafa Nadal. Digamos que es un ensayo histórico sobre cómo los océanos han ido dibujando la cultura humana. Toma ya, leído así resulta inmenso, ¿no? Pues bien… lo es. Del Mare Nostrum a los antiguos navegantes melanesios. Si quieren datos (a montones) aquí los van a encontrar, pero ello no trastabilla la lectura, afortunadamente. El libro se lee como una novela apasionante, solo que todo, absolutamente todo, lo que aparece en ella es cierto. Como ocurre, sí, con las mejores obras…

Luego tenemos “Horizonte”, escrito por Barry Lopez y traducido por María Luisa Rodríguez. “Horizonte” lo ha publicado la (muy maja) editorial Capitán Swing, y encaja perfectamente en su catálogo, añado. A mí, de mayor, me gustaría ser como Barry Lopez. Saber todas las cosas que sabe él, contarlas con tanta precisión, con un estilo tan meticuloso y, a la vez, tan bello. Porque esta obra es algo parecido a si un tratado universitario y un volumen de poemas hubiesen follado durante toda la noche en una playa, bajo la luna creciente. Nueve meses más tarde… hop, “Horizonte”. Ah, además tiene curiosidades. Curiosidades grandes. Grandísimas. De las de hacerse el listo cuando uno lleva dos copas de más. ¿Saben ustedes, por ejemplo, la diferencia entre piedra y roca? Pues Barry se lo explica. Imperdible.

Lean las dos obras, amigos. Mares solo tenemos uno (aunque le pongan distintos nombres) y deberíamos cuidarlo, porque está el pobre viejuco y achacoso. Entender su importancia histórica, su inmensidad natural, es una magnífica forma de concienciación. Después de esto, después de aprehender todo lo que esconde ese gran azul… todos los relatos, los bichejos, los recuerdos, todas las tempestades… después será imposible que no lo miren con esos ojos que reservamos a las cosas que se aman.

Y no me vengan a la playa en plan hortera, por favor.

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