Quizá no lo sepan, pero ya estamos casi en navidad. A ver, es algo muy sutil, así que igual ustedes permanecen ajenos al hecho. Quiero decir… vas al súper y nada, ni un producto navideño por ningún sitio. ¿Las calles? Sin iluminaciones especiales. ¿Vigo? Apenas se puede ver desde el espacio. Esas cosas. Pero sí, que ya llega, que ya llegó.

Y son fechas estas de concordia (salvo que cenes en familia), fraternidad (salvo que cenes en familia) y paz (salvo que cenes en familia). Ah, y de regalos, sobre todo regalos, muchos regalos, regalos por todos los sitios. Como ustedes son personas ocupadas y no tienen tiempo para depende qué temas aquí estamos al quite. Ayuda, ayuda, nino, nino. Que listas. Sugerencias. Por si quieren regalar libros, que es algo siempre adecuado. Si el receptor lee, porque le va a encantar (casi, casi seguro). Si no lee, porque usted le hará sentir incómodo, y eso también es muy de regalo navideño. Casi más que lo anterior. En fin, a mí no me miren, yo soy un ángel.

Lean, amigos.

Y felices fiestas.

 

Neil Gaiman es muchas cosas. El Nobel que yo más querría ver en mi vida, por ejemplo, o un tipo que siempre viste de negro. Ambas igual de trascendentes, creo. Sé. Creo. También es un tipo que no duda en mezclar la ficción popular con la alta literatura, porque poner etiquetas es cosa muy fea, digna de académicos y articulistas que no se lavan el pelo. O el maestro de los cuentos oscuros. Y de los poemas oscuros. Y de las gafas oscuras. Todo muy oscuro. Aquí eso está llevado a su máxima esencia. No esperen cosas jamás leídas, porque hablamos de una recopilación. Vamos, leer a Gaiman siempre es novedoso, porque tú describes reinterpretaciones por cada esquina, pero eso… Material conocido. Relato breve, poemas. Todos con marcado tono de… en fin, oscuridad. Tenebrosos, ustedes me entienden. Ah, ilustrado. Ilustrado con gusto y tiento. De esos dibujos que, oh, no mostrarías a tu hijo antes de irse a dormir. O sí, porque debe aprender lo jodido que es el mundo. No se lo pierdan. Regalo perfecto para aquellos que cuentan Caperucita Roja deteniéndose mucho en el lobo…

¿Se puede plantear la cultura tomando como base el deporte? Pues, en fin, algunos llevamos nuestros buenos años con este asunto. Ya saben. De una manera u otra, pero nuestros buenos años. Cómo pensar que no, si el deporte es pasión, negocio económico, pegamento (o despegamento) social. Seguro que me entienden. En Altamarea pensaron hacer esto mismo fijándose en una única figura. Diego Armando Maradona, nada menos. Que no vean lo eufónico del nombre, amigos. A veces es con detalles así como uno garantiza puestos en la eternidad, también les digo. Y eso, que invitaron a varios autores y autoras para que hablasen del Diego desde distintos puntos de vista. Social, económico, como rebelión ante (y de) las masas, aspectos puramente biográficos y personales, que son, muchas veces, reflejo perfecto de un momento y un lugar. Especialmente interesantes son las piezas que ponen a Diego bajo el prisma del feminismo, porque la figura es polémica, como poco, y resulta objeto perfecto para reflexionar sobre todo aquello que damos en llamar “Cultura de la Cancelación”. Para leer, disfrutar y pensar. Perfecto si usted lleva gafas de pasta pero también vio alguna vez “Estudio Estadio”.

Una historia de La Tierra desde toda esa parte de La Tierra que no es tierra. Una historia social, además. Muchas veces vemos los mares como esas manchucas azules que aparecen en mapas y similar, apenas borrones que separan los sitios realmente importantes. Y, oigan, miren, pues no. Abulafia nos lo explica de forma abundante, cuadrando el asunto de manera geográfica y con tanto aparataje crítico que este libro se convierte en una matriushka inacabable. Prometido. Ah, es muy divertido, y lograr eso cuando hablas de las condiciones socioeconómicas que propiciaron las grandes navegaciones melanesias hace mil añucos pues tiene mérito. De verdad. Regalo perfecto si te gusta la brisa salada y los percebes…

  • Aquel día, de Willy Ronis, Errata Naturae Ediciones.

Ronis es fotógrafo. Pero también humanista. Deberíamos serlo todos. Humanistas, no fotógrafos, fotógrafos ya hay de sobras con eso de los móviles y tal. Pero humanistas… todos. Pasa que no, que escasean. Por eso resulta tan valiosa la mirada de alguien que es bueno en lo suyo (que es muy bueno en lo suyo) y pretende mostrar, con tonos blanquinegros y contornos suaves, todo lo que de maravilloso tiene el género humano. Que no es poco. Aquel día se contempla como una novela, una a ratos triste y a ratos dura, sí, pero con final luminoso en sonrisas. Seguro que saben a qué tipo de libros me refiero. Precioso. Perfecto para regalar a los amantes de la fotografía.

Intelectualidad soviética. Al principio de todo, vaya. Milenarismo, santones, creencias en el más allá, profecías por cumplir. Y, en medio, un edificio. Prestigioso. Vivir allí no era cualquier cosa, oigan. Pleno Moscú. Microcosmos. Si fuera novela lo suyo, Slezekine hubiese escrito una Guerra y Paz. Por extensión, por espesor, por interés, también. Solo que no, que ni de lejos. Todo cierto y recierto. Y eso es lo más fascinante. Solo el aparataje crítico y bibliográfico ya serviría para recomendar este libro, pero es que además es apasionante. Vamos, que trata temas de esos que comentas con los colegas cuando llevas tres vodkas adicionales. Y, además, tiene chispazos de humor, que es cosa muy de agradecer. Ah, y la edición es chulísima. No se lo pierdan. Regalo ideal para amantes de los libros gordos y las cosas ruskis.

Un tipo algo mayor. A ver, bastante mayor. No mayor-mayor, pero sí mayor. Lo suficientemente mayor como para que su edad, punto central del libro, me incomode. Por cercana. Hostias, esto antes nunca me había ocurrido. En fin. Pues eso, un tipo algo mayor, con trabajo nuevo. En una empresa de esas tontísimas. Burbuja tecnológica. Para hacer trasvase a 2021 pues serían algo así como criptomonedas o streaming. Vamos, mucha gente muy joven sin tener ni puta idea de nada que finge tener alguna idea sobre algo y, sobre todo, aparenta ser guay. Pero guay por completo. Si tienes que hacer gilipolleces (como hablar con un osito de peluche, situación real entresacada del libro) las haces. Todo menos ser viejo… viejooooo. Y eso, que nuestro protagonista entra en la empresa nueva, y le hacen perrerías. Digamos que no entiende demasiado la orientación corporativa, y no comparte renunciar a derechos sociales a cambio de golosinas gratis (los putos rojos son así). Además… luce mal en las fotos. No literalmente, pero esas cosas se notan. Como antes era periodista cultural (profesión llena de gente con mala hostia y tendencia al sarcasmo, se lo aseguro) decide escribir un libro sobre la experiencia. Y le sale esto. Que aterra tanto como divierte. De la carcajada al tembleque en dos minutos. Perfecto regalo para su cuñado, el que va a forrarse con la nueva estafa piramidal de este año.

Miren ustedes qué título más bonito. Pero de verdad. Todo un tratado filosófico sobre la jardinería. Con su punto de recopilación histórica. Cómo eran los jardines en cada civilización, en cada lugar. Cómo eran, también, los jardineros. Un libro breve, pequeño, delicado. Haría la metáfora con una flor, pero se me quitaron las ganas de ser un hortera cuando cumplí los treinta y cinco. En fin, ustedes saben. Yo es que tengo huerta, que es como un jardín pero comiendo, y esto lo veo muy familiar. Cosa seria. Perfecto para quienes les gusten pétalos y colores vivos.

Gonzo en la Unión Soviética. O sobre lo que fue la Unión Soviética, vaya. Un reportero con pluma afilada, bastante sed y ganas de hablar. Una carretera imposible. Si tú coges todo eso, lo agitas en la mejor tradición del periodismo polaco y aliñas con toques de crítica política, sátira social y dos o tres puntos de autoindulgencia metaliteraria te sale esta obra… un tour de force casi inclasificable que se lee como novela de intriga. Solo que, además, dice cosas que son ciertas. Vamos, que miel sobre hojuelas. Y aprendes tacos en cirílico. Muchos. Uno nunca sabe cuándo tendrá que usarlos… Perfecto para quienes quieran hacer un viajecito al país de los sóviets, como Tintin.

Coge usted a uno de los personajes más conocidos del pulp, uno de esos cuyas aventuras resultan tan inverosímiles como apasionantes. Lo mezcla con André Breton, que era pulp en sí mismo, y tenía sus aires de niño soñador (cuando no estaba de muy mala hostia), hacedor supremo de mundos. Agitan y, hop, ya sale algo digno de leer. O de verse, vaya, porque esto es un álbum ilustrado, y aquí la trama es (casi) lo de menos. Lo otro, lo otro importa. La maravillosa visión lisérgico-surrealista de David B. que juguetea con realidad y mil tramas dentro de la misma tramas. Blanco y negro, porque los colores son cosa de horteras. Detalles, referencias a cuentos que se escribieron o están por escribirse. Invitados con los que te gustaría comer, como Frida Kahlo, como los surrealistas de París. También archienemigos malísimos, porque los folletines son así. Un deleite para los sentidos, un puzzle intelectual. Para chavales que crecieron pero no quieren crecer.

  • Crónicas del Madrid secreto. Ochenta historias singulares de la Villa y Corte, de Pedro Ortega, Ediciones B.

Pirámides en la Corte. Fantasmas por la Villa. No es el último disco de Mecano (afortunadamente) sino lo que podría ser subtexto para esta joyita de Pedro Ortega. Que está escrito con rigor y erudición, porque su autor es (se lo puedo asegurar) riguroso y erudito. También algo cachondo, oigan, así que hay aquí sentido del humor, algo que se agradece sobremanera en el género, lleno de tipos plomazo con tendencia a la caspa, la naftalina y, en general, cierto mal rollo. Él no. Si es que hay cosas aquí para divertirse sin parar. El príncipe armenio que fue Señor de Madrid. Las casas encantadas. Cuadros malditos, malditos cuadros. Todo eso. Anécdotas que usted no sabía (o las sabía, pero se las habían contado mucho peor). Un deleite. Regalo perfecto para gatos y adláteres.

Se acaba Montalbano, amigos, y eso nos duele a todos en el alma. Con pocas personas he pasado tantos ratos felices como con Salvo y sus colegas. Con pocas personas de verdad, digo… aunque, qué coño… si es que los personajes de ficción resultan más reales que muchos de carne y hueso. Este, por ejemplo, con sus dudas, sus fallos, sus imperfecciones, su deliciosa humanidad. Cuentan que si “La red de protección” es penúltima aventura del inspector, porque se nos fue Camilleri, y dejó un vacío tan grande como su Sicilia misma. Y eso… no esperen sorpresas aquí, porque no las hay. La suave familiaridad de lo conocido, los elementos referenciales, las bromas internas. Catarella que es un genio de la informática, por ejemplo. Qué delicia. No sé si podré leer el último, también les digo, porque se me va a partir el alma. Ideal si ustedes son hedonistas por naturaleza.

La biblioteca de Carfax es una editorial bastante loca. Publican género, colegas. Género fantástico. Terror, sobre todo. Sin concesiones, sin medias tintas. No busquen aquí vampiros de esos que te dan besitos antes de morder y llevan peines en la capa porque salir despeinado eso sí que no. Nah, ya ay casitas para eso. En Carfax queremos sangre, grotesqueces y temblores. Sobre todo temblores. Y esto de Gemma Files cumple. Cumple de narices. Cumple para ella y para varias de sus amigas. Si me preguntan… el mejor libro de cuentos terroríficos de este 2021. Pumba, así, sin anestesia. Claro que los relatos tampoco la llevan, y mejor, porque así son más efectivos. Como mucho te dejan morder un palo, para que no grites mucho, mira qué horas, están los vecinos durmiendo. No pienso desvelarles nada, porque sería una falta de respeto. Solo les aviso que aquí hay todo tipo de horrores. De los clásicos, otros más modernos. Una joya. Ah, y las portadas. Que menudas portadas se marcan en La biblioteca, amigos. Menudas portadas.

Una antología completa de Percy Shelley. Bilingüe, ahí es nada. Vamos, que no esperen cosas loquísimas, ni sorpresas de ningún tipo, porque Shelley es uno de los grandes de siempre. Quizá el mayor poeta romántico (aunque algún amigo suyo seguro que se lo discute), sin duda de los más influyentes. Vamos, para leerlo sin dudar, porque parte de nuestro acervo cultural está basado en estos versos (y no siempre se puede decir la frase sin ironía, como hacemos aquí). Edición de lujo, tomo gordísimo (que se agradece mucho en este tipo de cosas), traducción correcta pero sin arabescos… Ah, y temáticas que aun hoy son universales, porque los genios son así. Perfecto para regalar a gente que aprecie la belleza. También, si quieren, a ese amigo intensito que todos tenemos.

De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda algo que podríamos llamar “narrativa del pueblo”. Vamos, que muchos escriben sobre pueblos, entorno rural, España vaciada y todos esos asuntillos. El problema es que la mayoría lo hace desde su bonito loft de Madrid y Barcelona, y son los típicos imbéciles que si ven por ahí un osezno lo llamarían para achucharlo como si fuese el borreguito de norit. Es que igual ni se comían al borreguito de norit, los muy ilusos. En fin, seguro que me entienden. Esa es la gracia de este libro que firma Enrique Andrés Ruíz. Vamos, que él se fue hasta un rincón apartado de Soria (un rincón no apartado de Soria sería oxímoron de los gordos) y nos habla, en primera persona, de su experiencia. Que no es luminosa y cuqui, porque los pueblos no son (no siempre son) luminosos y cuquis. Vamos, que aquí duelen los riñones. Y está bien que sea así. Huyan de ideas alternativas, porque les pueden empujar a sabañones de los gordos. Perfecto para regalar a sorianos y gente que sepa cuándo se plantan las patatas.

Hubo un tiempo en que Barcelona era la capital del mundo. Al menos la capital del mundo en cuanto a cañita se refiere, seguro que saben a lo que me refiero. Anarquistas, crímenes de barrios altos, quinquis por extrarradio, la rumba catalana (que es un delito de lesa majestad). Ahora tienen a Rosalía y batucadas, no vayan  pensarse, que es aun más nocivo, oigan. Jordi Corominas recoge toda esta tradición violenta para ir trenzando, con sabiduría y más fuentes que un pueblo de Cantabria, el recorrido histórico de la Ciudad Condal en los últimos tres siglos. Descubrimos una urbe mucho más agitada de lo que nos cuentan a veces, y con cara sucia de mocos y polvillo, nada de pantalones caídos y barbitas hipster. O sí, pero no solo. Nosotros preferimos lo otro, porque es más natural, y a mí me dan mal rollo los modernos que visten como mi abuelo Bartolo, que era una bellísima persona y les hubiese dado lo suyo. Oiga, se vuelve a agradecer aquí cierto sentido del humor, y mira que es difícil con el tema. Pero lo hay, y muy bien. Interesante la lectura cruzada de este libro con el paso de Maradona por la ciudad que aparece en “Fenomenología de Maradona”, unas líneas más arriba lo tienen. Perfecto para nativos de Barcelona y alrededores.

  • Los Evangelios escarlata, de Clive Baker

Lo nuevo de Clive Baker. Pam, ya está, tienen ustedes la publicidad hecha. Saga Hellraiser, sale Pinhead. Joder, colega, si es que para que decirles más cosas, si ya anda todo fortísimo. Ahora que tenemos todos estos revivals ochenteros basados en mongoladas (la Movida, fundamentalmente), no está de más reivindicar algo tan jodidamente cool (y aterrador) como estos libros. Los Evangelios Escarlata es más grande, mayor y nos lleva más lejos. Hasta el mismísimo infierno, vaya. Hay sangre, vísceras, descripciones que harían vomitar a una cabra (abrazo a John Rambo), sustos, santería a borbotones (en ambos sentidos). Pero también, ojo, ese sentido del humor salvaje y socarrón de Baker, aderezado con los habituales protagonistas canallas. Vamos, gente que maneja poderes sobrehumanos pero apenas llega a fin de mes. O no se cambia de calzoncillos. En fin, seguro que saben a lo que me refiero. Puro Baker. Perfecto para regalar a gente que come la carne muy poco hecha y lleva camisetas de color negro…

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