El tema de los géneros en literatura es pelín coñazo, oigan. Me refiero a cuando se sacralizan, ¿eh?, yo que haya géneros lo veo de maravilla. Sucede que, muchas veces, primamos lo epistemológico sobre lo ontológico, y al final se termina cayendo en falacia bien gorda donde el mayor perjudicado es el lector. Vamos, que tan jodido es aquel que consume cualquier forraje porque “este es mi género” como el snob diciendo “aparta de mí ese cáliz” mientras rompe airado su monóculo cuando le acercas una novela de, no sé, aventuras. En el fondo es limitador, algo bastante sano si se asume conscientemente, pero rozando la angustia cuando se hace por pura inercia…

Pensaba el otro día estas cosas mientras leía (a ver, no mientras leía, sino después de leerlo, que uno no hace magia) Las manzanas del oro, obra de Baltasar Porcel felizmente recuperada por la editorial Jot Down Books. Allí hay, por cierto, un texto previo de Basilio Baltasar y un prólogo escrito por Sergio Vila-Sanjuán, así que, como comprenderán ustedes, no voy a meterme con esos asuntos porque iba a salir con menos plumas que tras subir el Tourmalet. No, lo mío es otro asuntuco.

Los géneros, decíamos. Que menuda filfa, los géneros. Que vaya cosa espuria, los géneros. ¿Quieres parecer un tipo elevado, uno de esos que lleva levita y habla en esdrújulo? Yo no leo género. ¿Pretendes ir de guay, posmodernizarte, salir en las fotos con tatus de henna y cerveza artesana? Oh, sí, reivindico los géneros. Y, oigan, ni tanto ni tan calvo (aunque mejor tanto que calvo, siempre). Hay cosas interesantes en novelillas de esas que venden como “de aventuras”, o “de terror”, o “de ucronías postapocalípticas donde los dinosaurios han vuelto y esclavizan a la Humanidad mediante su seductora mirada, con erótico resultado” (lo juro, existe), y también en libros sesudos llenos de párrafos interminables, de los que lees con las piernas cruzadas en una butaca y cada poco te mesas la barbilla, pensativo.

Así que… fuera clichés. Y aquí más que nunca, porque Las manzanas de oro es una ensalada riquísima de géneros y de literatura. Así, todo junto, bum, dos minutos al micro y servir. Tenemos, por ejemplo, un pozo donde usted bien pudiera criar algunos alevines de Cthulhu (cuidado, son bonitospero crecen bastante). También hay su buena dosis de epopeya colonialista, con todos los ropajes clásicos cual alabarderos que acompañan. ¿Novela erótica? Check. Bueno, más bien novela con sexo brutal y brutalista, dominante a ratos, tierno los menos, motor siempre. ¿Relato de iniciación? Venga usted, hombre, cómo no, de eso también hay, nos ha llegado fresquísimo. ¿Experimentación a lo noveau roman, con sus saltos de tiempo, de espacio, con sus símbolos recurrentes y sus referencias clásicas? Pues también una miaja, claro. Si hasta sale la búsqueda del Santo Grial, que es algo muy rentable (salvo para Lancelot, que prefirió el ayuntamiento carnal).

Entonces… un poco de todo. Pero… me falta algo. Lo que más me gustó del libro, lo que me hacía pasar páginas y páginas como el niño glotón que soy. Ah, si… lenguaje. Términos. Yo es que me confieso como un admirador de la palabra, un rastreador del toque preciso para el momento adecuado. Vamos, que los sinónimos me parecen huidas hacia adelante para novelistas de esos que ganan premios fuertes. Seguro que saben a quién me refiero, tampoco es cosa de continuar. Y aquí, en este libro, la riqueza lingüística abruma. Deleita, sí, y abruma. Un paladeo constante, un placer consciente. Sorprende, además, porque Baltasar Porcel era autor con mucho éxito. Vamos, que vendía montones de ejemplares, y tenía detrás lanzamientos de esos con publicidad, y entrevistas, y fotos aparentando introspección y/o golfería. Pero, pese a todo… ni una concesión gratuita, ni un atajo, ni un “deja, ya lo hacemos de forma más llana”. No, no. Lo que fuimos, lo que somos.

(A quien se sorprenda por lo anterior… sí, Porcel fue un escritor muy conocido. Y muy leído. Y muy admirado. Que ahora ande un poquito en ese limbo tontorrón que se nos pone a veces entre tanta novedad es, apenas, accidente histórico. La recuperación de sus obras aparece como primer paso del retorno, creo).

Vamos, que no se lo piensen. Las manzanas de oro es disfrutable a muchos niveles, de muchas formas. Hasta el lector más resabiado encontrará páginas para gozar cual chon en cochiquera (y, si es especialmente resabiado, también otras donde enarcará un poco la ceja… estén tranquilos, este tipo de gente tiene los músculos de enarcar con desarrollo excelente), y aquellos amantes de las aventuras y similar tendrán sus barcos, sus tesoros, sus traiciones y sus exotismos. Todo ello envuelto en regalo de verbos y nombres. Para qué pedir más.