El miedo es una de las sensaciones más deliciosas que existen.

El miedo, digo. No el terror, no la angustia, no el pánico. O sí, vaya, pero yo hablo de otra cosa. Y, además, de algo muy concreto. El miedo provocado por una obra de arte. Una película, una narración, una novela. El miedo que sabemos “seguro”, el que no es amenazante, el que termina cuando cierras las tapas del libro (aunque, en realidad, eso no es sino una ficción, porque va a seguir ahí, insidioso, enseñoreando tus madrugadas)…

La literatura de terror ha tenido diversos problemas a lo largo de la historia. Esto no es un ensayo, y no pretendo extenderme, ojo, pero me sirve como base para una afirmación posterior, así que les ruego algo (un poco) de paciencia.

El primero de esos problemas es, precisamente, su consideración como narrativa “de género”. Es decir, menor. Es decir, que no cuenta con la aquiescencia de esos intelectuales que fuman en pipa. Es decir, popular. Es decir, algo que no te llevas para leer en una cafetería “porque no luce”, que no citas en la pregunta de “tus diez novelas preferidas” porque te hace quedar como un idiota. Ya ven, vivan los snobs y las ideas preconcebidas. En fin. Sic transit etcétera. Imbéciles…

Segundo problema. Consecuencia directa del primero, creo. La literatura de terror no es superventas. Tiene público fiel, eso sí, e incluso algunos autores que transforman en best-seller hasta su lista de la compra (un abrazo, Steve), pero por lo general no es el género más demandado. Y ello hace que sea difícil asomarse a cosas nuevas, precisamente porque las apuestas seguras tienden a monopolizarlo todo. Ya ven, pescadilla que se muerde la cola.

Por ello es digno de alabar la existencia de editoriales especializadas como “La Biblioteca de Cárfax” (cuyo símbolo es la abadía de Whitby, por acabar con la metarreferencia) que nos permite leer en buenas traducciones algunas de las cosas más interesantes que se están publicando por allá afuera con la intención de… eso, acojonar bastante. Como esta de la que les hablo ahora.

Se titula “Ella dijo Destruye”, y es una colección de relatos escritos por Nadia Bulkin. Si quieren me pongo estupendo y les cuento que en muchos de estos cuentos la autora aprovecha la narrativa terrorífica para introducir elementos simbólicos y metafóricos sobre aspectos políticos de la actualidad. El mejor ejemplo es, sin duda, el primer relato que nos topamos dentro de la antología, una joya perfectamente pulida que nos explica, mejor que cualquier reportaje de prensa, la política en la Indonesia de Suharto (y aun tras su caída). Sí, una maravilla con mucho más poso del que parece a simple vista…

Solo que si yo hiciera eso (sé que ya lo he hecho, pero hablamos de literatura, así que un poco de suspensión consciente de la realidad no les va a hacer daño) estaría cometiendo el mismo error de todos esos esnobs a los que pegué merecidas hostias líneas más arriba. Olviden todo. ¿Saben por qué tienen que leer el libro de Bulkin? Porque acojona. Acojona mucho, acojona todo. Hasta el punto de hacerte mirar por encima del hombro cuando te levantas de la cama, encender la luz del pasillo, desviar tus ojos del espejo, ese que siempre esconde más de lo que revela. Sí, asusta, asusta un montón. Los relatos beben de diferentes tradiciones (desde la sátira hasta la leyenda urbana, el uso de las nuevas tecnologías o los cuentos clásicos de fantasmas) pero todos ellos hacen un tic-tac preciso y amenazante. Uno que se queda a vivir en tu paladar hasta mucho después de abandonadas esas frases.

Si ustedes gustan del género (que no es un género, hostias) no se lo piensen…

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here