Fomentar la lectura a los más pequeños de la casa y transmitir el gusto por abrir un libro en el cómodo silencio de una buena butaca y dejarse invadir por mundos imaginables es una ardua tarea que no siempre obtiene respuesta satisfactoria. En un mundo con tantas posibilidades de ocio a nivel de series, juegos, aplicaciones y demás, lograr que un pre-adolescente coja un libro motu propio y lo disfrute se me antoja algo que debería englobar a la comunidad educativa en el diseño del currículo de las asignaturas, bibliotecas y padres, obviamente.

Pero ni es así del todo ni dejamos a veces que los niños puedan elegir libremente su lectura. Se guían por las modas superventas que comentan en el patio del colegio y muchas veces ni eso termina de motivarles.

Este verano hice un experimento, y aviso, salió bien. Pasaban los largos días veraniegos y el libro que iba a ser la lectura del verano no terminaba de avanzar. El libro ni era muy largo ni corto, acorde a su edad y de una editorial de reputada solvencia en lecturas para niños de 11 años.

Tras varios días de preguntarle cómo llevaba el libro y siempre con el temor de que la insistencia provocara rechazo a terminarlo o ganas de no tocar un libro de por vida logré arrancarle un «es que me aburre, quiero dejarlo».

Fue como un «bingo», eso era realmente lo que quería oír. Le recordé los derechos fundamentales de todo lector, así por encima: el derecho a leer y a no leer, a dejar un libro a medias, a leer varios a la vez, a subrayar, etc y me dijo: «es que pensaba que te ibas a enfadar si lo dejaba a medias».

Obviamente no. Lo hago pocas veces pero algunos de los libros que han caído en mis manos han acabado en la fila de atrás de la biblioteca sin el menor de los lamentos.

Le conté que leer para mí es un espacio de libertad, y de distensión mental, y que así debe verlo. No puede estar leyendo algo por placer que no le motive en absoluto. Fui a mi despacho y cogí un pequeño y corto librito de Akal de unas 80 páginas y se lo dejé. Le dije, prueba esto, ya me contarás.

Era viernes, leyó un rato y me dijo que le gustaba. El domingo por la tarde lo había terminado y se declaraba ya fan de su autor. El libro era la Metamorfosis de Franz Kafka.

Me pidió más y le dejé la Carta al padre, texto brutal donde los haya y al terminar le dije que el resto de la obra no tiene por qué tener prisa en leerla no sea cosa que se canse. El Proceso y El Castillo son largas y durillas.

Entonces me dijo que le dejara alguno de ese autor japonés que tanto me gusta, y le dije que especificara, no sabía si hablaba de Mishima, Soseki, Banana Yoshimoto (la conozco personalmente) o el gran Murakami.

Murakami era, obviamente. Le dejé Kafka en la orilla y solo con la similitud del título con el autor de la Metamorfosis ya logré convencerle. Ya va por la mitad y le encanta, y me ha asegurado que quiere para reyes la última novela del autor japonés.

Estoy tan contento con esta metamorfosis que he querido compartirla con vosotros. Creo que los adultos, profesores y tutores tenemos demasiados complejos a la hora de proponer títulos a los jóvenes como lectura de placer y esto demuestra que se puede motivar con otro tipo de autores y títulos interesantes.

Feliz viernes y felices lecturas

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