Se acerca el día del libro, queridos coleguillas. Normalmente hay uno al año, pero tal y como están las cosas yo no descarto que celebremos cada dos meses, en terrazas de esas que invaden cualquier espacio público y amenizados por fanfarrias y chirigotas. Vamos, que no tengo ni idea. Solo sé que siempre es buen momento para leer, y que aquí van unas pocas sugerencias, preñadas del absurdo subjetivismo que siempre exhibo.

No me digan que no se lo advertí.

 

No es que sea una novedad, pero siempre merece la pena volver a esta maravilla de Guillem López. De primeras porque es un tour de force estructural acojonante, y resuelto con maestría. Historias entrecruzadas con maestría. Algunas casi cayendo en el costumbrismo, otras con guiños a los más frikis, las de allá coqueteando con el noir, el terror cósmico e, incluso, la casquería más desvergonzada. Y sentido del humor, mucho, que no falte. Ah, no esperen respuestas… Guillem es de esos escritores que prefiere plantear preguntas. Y nos gusta más así. 

 

A estas alturas tampoco vamos a presentarles a Gabriel García Márquez, ¿no? Y Macondo casi seguro que les suena. De oídas, ya saben. Lo que igual resulta menos conocido es la existencia del mítico pueblo antes de que muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, etcétera. Este volumen (edición exquisita, estética excelente) reúne los primeros balbuceos de Macondo, recogidos en relatos, una novela más que apreciable (La hojarasca) e incluso dos o tres curiosidades de esas que hacen unir puntos y tirar líneas a los más aficionados. Ah, y es una sublime satisfacción ver cómo ciertas semillas van brotando, claro. Cosa de no perderse.

 

A mí es que con este título ya me tienen ganado. Los amigos de la editorial Muddy Waters Books están optando en sus primeros pasitos por libros que tienden a lo golfo, lo oscuro e, incluso, lo directamente dipsómano. Como este. Las (estrictamente profesionales) memorias de un reportero de sucesos que conoció la edad dorada del género (si se permite la expresión), y otros aspectos que hoy parecen inalcanzables, como sueldazos y dietas cojonudas para el periodista. Dietas de cobrar, digo, no de las otras, de las de no tener pan que echarte a la boca. Ah, reflexión acertadísima sobre el circo de Alcàsser, aun vigente hoy… más que nunca, quizá.

 

Un antiguo culto con cierto tufillo satánico; un barco en mitad del océano, sin posibilidad de pedir ayuda; un investigador bastante listillo, una mujer bastante avispada. ¿Suficiente? Bueno, pues también está el trasfondo de las Indias Holandesas, esa mezcla de exotismo y vergüenza cultural que surge al leer cualquier descripción detallada de esa fenómeno. Turton ha mezclado aquí Master and Commander con Lovecraft y Conan Doyle. Un delirio delicioso.

 

Usted. Sí, sí, usted, el rarito ese que estudia Historia del Arte. Seguro que le vienen a la cabeza tres o cuatro decapitaciones famosas. Cuadros de decapitaciones, nos referimos, no piense mal. Pues bien, en este libro podrá encontrar todos los elementos simbólicos, culturales y mágicos que encierran ese sencillo gesto de separar cabeza y tronco. El libro funciona como inventario, reflexión cultural y rareza absoluta. Y eso lo hace muy, muy divertido.

 

De Corea del Norte no se sabe demasiado. Tópicos sí, tópicos hay un montón. En un sentido (sobre todo) y en otro. Pero conocimiento directo… escaso. Barbara Demick recurre a los testimonios directos para pintar un fresco alucinante sobre aquel país, aportando datos del día a día que van componiendo una historia mucho mayor que sus partes. El hecho de que todos los testimonios provengan de gente que huyó hacia el sur, además, no arroja una investigación monocroma, porque varios de los defectos del capitalismo salvaje coreano aparecen perfectamente reflejados… Un título muy recomendable.

 

Un Corazón en las Tinieblas pasado de vueltas y puesto con speed. Más cruel, más dañino, más, incluso, realista. Kawczak es un chaval jovencito que escribe como los ángeles y debe de dormir bastante mal por las noches, porque te crea imágenes que son durísimas. Libro con muchas capas, que huye de lo evidente (pese a contar con un material básico que daba para ello) y explora terrores más profundos. No leer justo después de una barbacoa…

 

Nuevo periodismo del bueno. Ugrešić lo mismo te habla de fútbol para contarte cosas sobre historia, que te trata la historia para narrarte algo completamente personal. Racismo, la dificultad de ser reportera en un mundo de hombres, el desgarro del autoexilio, los rescoldos aun humeantes de lo que fue Yugoslavia… todos estos temas se van desgranando con elegancia y sin alharacas, porque ponerse serio con las seriedades es la forma más segura de que te tomen a chiste. Solo por lo que cuenta ya sería un libro muy recomendable, pero es que además lo hace tan bonito… Un descubrimiento reciente que nos muestra cuánto de bueno hay ahí fuera y qué poco llega hasta nuestras manos.

 

Seguro que muchos de ustedes han leído (o visto en las estanterías de algún amigo, uno de esos que siempre huele un poco como a hierba, ya me entienden) libros de “medicina natural”. Sí, sí, volúmenes donde te curan todo (desde la calvicie hasta las uñas largas) frotándote con plantas y bardales. Y si no funciona no pasa nada, porque el volumen ya cumplió su cometido… sacarte los cuartos. Bien, pues esto es totalmente distinto. De primeras porque la autora es botánica, que ya debería ser un punto a su favor, ¿no creen? En pocas palabras, Robin Wall Kimmerer afronta la medicina natural de ciertos pueblos americanos desde el punto de vista científico, sin renunciar a tradición ni estudios. El resultado es una obra apasionante, un tratado de antropología con plantas, que resulta muy provocador para las creencias preestablecidas. Y sin caer en magufadas, que las odio.

 

Ganar el Goncourt ya te da cierto marchamo de calidad. También, en no pocas ocasiones, te garantiza una obra densa, profunda, imbricada… por ser claros, bastante plomo. En fin, a mí no me miren, es lo que se lleva ahora, como el tractor amarillo. Pues bien, La anomalía es todo eso, salvo lo último. Lo de plomo. Thriller disfrazado de reflexión (o viceversa) esta novela se puede leer desde varios puntos de vista y a varias capas… y en todas ellas sale exitosa. Divierte y hace pensar desde su original punto de partida hasta esa puesta en escena polifónica que fluye suave y agradablemente. Ah, ojo al giro del final, que es uno de esos que se te quedan grabados en la mente.

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