“No importa la clase social, la fama ni el prestigio. Lo único que importa es la argumentación”.  Recuerdo las palabras de Martha Nussbaum acerca del legado filosófico de Sócrates, para quien “el estatus del orador no importa, lo que importa es la naturaleza de la argumentación”, mientras veo con algo de estupefacción Crea Lectura, el programa de libros que emite La Sexta. Son las 9:30 del sábado, no creo que haya mucha gente viendo la televisión ahora. En un primer momento, se me ocurre pensar en el sinsentido del horario: Si se quiere fomentar la lectura, ¿las 9:30 de un sábado, cuando la mayoría disfruta de las horas de sueño que la semana laboral le roba, es el mejor horario? De todas maneras, poco importa, tampoco se pierden demasiado los espectadores. Es mejor que Con Z de Zweig, el programa ideado por Mercedes Milà para hablar de libros, aunque no es muy difícil destacar entre lo indestacable. Más allá de que el 99% de los libros y autores que aparecen son de Planeta, cosa que convierte al programa en un espacio promocional y poco más, hay un elemento que se repite en cada programa: los protagonistas son siempre -casi, no vayamos a pillarnos las manos- autores de best seller, comenzando con Javier Sierra, siguiendo con Elsa Punset y María Dueñas y terminando con Javier Moro, Jorge Molist y, evidentemente, Aramburu.  

“No importa la clase social, la fama ni el prestigio. Lo único que importa es la argumentación»

Como he dicho, dejando de lado que todos ellos son autores de la casa realizadora del programa/espacio promocional, su presencia protagonista pone en evidencia una dinámica bastante perversa: el reconocimiento, en este caso televisivo, tiene que ver con el éxito de ventas. Esta asociación no es nueva: hace apenas unas semanas, en ocasión de la Feria del Libro de Madrid, se hacía referencia a que el éxito de la cultura española se debía, en gran parte, al éxito de escritores como María Dueñas o Javier Sierra. Misma lógica: quienes merecen ser destacados, ya sea en titulares o en programas de supuesto fomento de la lectura, son los escritores con amplias ventas a sus espaldas, porque se asume que el vender mucho y tener una fila inacabable de lectores en busca de una firma es sinónimo de éxito. Sin embargo, ¿es verdaderamente este el éxito literario? O, en otras palabras: ¿es verdaderamente este tipo de éxito el que engrandece la cultura?

«¿es verdaderamente este tipo de éxito el que engrandece la cultura?»

Hay muchos escritores para mencionar y destacar en un programa de fomento de la lectura y, sobre todo, hay muchos tipos de éxito, sin embargo, en determinados ámbitos se tiende a destacar autores representantes de un solo y muy concreto tipo de éxito: el comercial. Indiscutibles son sus cifras de ventas, gracias a las cuales han conquistado, entre otros, el complicado y bastante cerrado mercado norteamericano – Sierra, junto a Zafón, es el único escritor español que ha entrado en la lista de los diez más vendidos de Estados Unidos según The New York Times-, sin embargo, cabe preguntarse si el éxito en ventas es verdaderamente el éxito que “la cultura de España” necesita. ¿El triunfo de la cultura pasa únicamente por el éxito comercial, es decir, por la mera rentabilidad?

Resulta particularmente llamativo que en un programa dedicado a la lectura no se destacara que Rodrigo Fresán -argentino, pero afincado en Barcelona, donde ha publicado, de la mano de Penguin Random House, gran parte de su obra-, haya sido galardonado hace apenas unos días con el Best Translated Book Award a la mejor novela extranjera con La parte inventada. No, se opta siempre por los mismos cuando se habla de éxito,  pero ¿por qué no hablar, si de éxito se trata, de Alicia Kopf que con su primera novela Germà de Gel ha sido invitada a participar al PEN World Voices, de Alejandro Morellón que, hace menos de un año, ganaba el Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez con El estado natural de las cosas o de Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, galardonado en 2017 con el Premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara? Al contrario de lo que apuntaba Nussbaum, parece ser que lo único que importa es la cuestión económica, algo que, al fin y al cabo, tampoco sorprende demasiado en una época en la que, como apunta la propia Nussbaum en Sin fines de lucro, “sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva las democracias”. Nussbaum analiza cómo la búsqueda de la rentabilidad ha conllevado la marginalización de las humanidades, consideradas un conocimiento inútil en cuanto incapaz de producir bienes económicos: “Aunque la filosofía y la literatura han cambiado el mundo”, apunta Ruth O’Brien en la introducción del ensayo, “es mucho más probable que un padre o una madre se preocupen porque sus hijos no saben nada de negocios que porque reciben una formación insuficiente en materia de humanidades”.

“es mucho más probable que un padre o una madre se preocupen porque sus hijos no saben nada de negocios que porque reciben una formación insuficiente en materia de humanidades”

La idea de que solo la rentabilidad puede dar sentido y utilidad a un producto, ha traspasado al mundo de las humanidades. Ya lo advertía en 2012 el editor Constantino Bértolo a lo largo de una entrevista, en la que afirmaba que “los libros que más venden van imponiendo su propia ley en el conjunto de la maquinaria editorial, desde la cabeza del editor a la disposición de distribuidores y vendedores”. La maquinaria dirigida solamente hacia la producción masificada y hacia la obtención de beneficios expulsa el elemento humanístico tanto del mundo editorial como del mundo cultural, en general, convirtiendo la cultura en una industria -¿No es de por sí perverso que se hable de “industrias culturales”?- en la que la obra de creación se ha convertido en una mercancía producida en serie: “Libros con atractivos más banales, con escrituras más digeribles o más vendibles desde el punto de vista del marketing y la promoción”.

«La lógica a partir de la cual algunos defienden que el share justifica y legitima cualquier deleznable programa de televisión es la misma que convierte el mercado en la única instancia de legitimación en el campo artístico y, más en concreto, literario»

La lógica a partir de la cual algunos defienden que el share justifica y legitima cualquier deleznable programa de televisión es la misma que convierte el mercado en la única instancia de legitimación en el campo artístico y, más en concreto, literario. De ahí que al hablar de éxito, desde los medios y desde las instancias político-económicas se suela mencionar a autores de éxito comercial, olvidando que existe otro tipo de éxito, que no tiene que ver con el elemento monetario, pero sí con la creatividad, el pensamiento y la imaginación, es decir, en palabras de Nussbaum, con el “espíritu de las humanidades”, que “aparece con la búsqueda del pensamiento crítico y los desafíos a la imaginación, así como con la comprensión empática de una variedad de experiencias humanas y de la complejidad que caracteriza nuestro mundo”. Asociar el éxito de la cultura al éxito comercial es acabar de un mazazo con la cultura, es afirmar que la cultura -cine, literatura, arte, teatro…- solo tiene sentido sí va a acompañado de un éxito económico. Como recuerda Gustavo Guerrero, Néstor García Canclini se preguntaba acertadamente: “Sometido el campo artístico a estos juegos entre el comercio, la publicidad y el turismo, ¿adónde fue a parar su autonomía, la renovación intrínseca de las búsquedas estéticas, la comunicación ‘espiritual con el público?”.  A partir de aquí, la pregunta que tenemos que hacernos todos, empezando por los responsables políticos, es qué cultura queremos y, sobre todo, qué caminos tomar para fortalecer el campo artístico. Sin duda, un primer paso es la elaboración del Estatuto del artista, pero no basta, porque lo que se requiere va más allá de las medidas concretas que ya están sobre la mesa: es necesario repensar la cultura, no solamente desde una perspectiva económico-empresarial, sino como base fundamental de la democracia. Es necesario que para este país la cultura sea importante y lo sea no a base titulares más o menos complacientes, sino que lo sea de verdad en cuanto fundamento indispensable para toda sociedad democrática. En efecto, como escribe Nussbaum, las humanidades son fundamentales para “fomentar un clima de creatividad innovadora y de administración responsable y cuidadosa de los recursos”, para crear ciudadanos libres con conciencia crítica; ciudadanos que, como diría Kant, se atreven a pensar por sí solos. En otras palabras, la cultura humanística es la herramienta para combatir la ignorancia y fomentar el saber, que no debe evaluarse en términos meramente mercantilistas: “Yo sostengo que el valor del arte reside en su propia inutilidad”, escribe Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, “la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta; y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo”.

“Sometido el campo artístico a estos juegos entre el comercio, la publicidad y el turismo, ¿adónde fue a parar su autonomía, la renovación intrínseca de las búsquedas estéticas, la comunicación ‘espiritual con el público?”

Asociar el conocimiento directamente con el éxito económico es destruirlo y, consecuentemente, es crear autómatas al solo servicio de la rentabilidad. ¿Es este el modelo cultural que queremos? ¿Queremos fomentar la idea de que el arte solo tiene sentido si tiene éxito comercial? Dicho de otra manera, ¿queremos una cultura donde no haya otra cosa más allá de los libros más vendidos, las películas más taquilleras y Eurovisión? En la introducción a Anagrama 45 años 1969-2015, Jorge Herralde escribe: “Oteando el panorama, es evidente que la edición concebida con vocación inequívocamente cultural está pasando, por razones harto conocidas, tiempos difíciles en todos los países. Estas dificultades significan un reto para el editor, un reto que puede resultar positivo ya que obliga a estimular la imaginación, la creatividad”. Sin embargo, el editor no puede estar solo ante este reto; como tampoco lo pueden estar los libreros, los bibliotecarios, las salas de teatro, los galeristas, las salas de cine independiente y los creadores. Los responsables políticos deben ser sus cómplices y, para ello, además de las medidas legislativas pertinentes, deben restituir el capital simbólico que se ha ido sustrayendo a la cultura día tras día. Para ello, como apunta Nussbaum en su ensayo, la educación es imprescindible: devolver las humanidades a las aulas escolares y facilitar el acceso a la universidad y a los estudios superiores. En otras palabras, universalizar de verdad la educación, convertida -piensen en las tasas universitarias- cada vez más en un privilegio para unos cuantos.

“La educación es el proceso por el cual el pensamiento se desprende del alma y, al asociarse con cosas externas, vuelve a reflejarse sobre sí mismo para así cobrar conciencia de la realidad»

“La educación es el proceso por el cual el pensamiento se desprende del alma y, al asociarse con cosas externas, vuelve a reflejarse sobre sí mismo para así cobrar conciencia de la realidad”, afirmaba en Louisa May Alcott y con sus palabras suscribía el método socrático, según el cual lo que verdaderamente importa el proceso de autoconocimiento llevado a cabo a través de la reflexión. La educación debe ser entendida como un proceso cuya finalidad es, ante todo, el conocimiento y, por tanto, no puede depender, como lo está actualmente -basta ver los intereses empresariales que están detrás de los másters-, de las exigencias mercantilistas de empresas y estructuras de gobierno. La educación tiene que ser un fin por sí solo, el fin último de la educación debe ser el conocimiento. Asimismo, el fin de la cultura debe ser la cultura misma, de ahí que las medidas económicas y legislativas que deben tomarse deberán ir encaminadas a la consolidación de un campo artístico/cultural autónomo no subyugado a las exigencias de un mercado que no exige objetos culturales, sino mercancías. Es necesario devolverle al libro y a toda obra de creación su carácter específico de “objeto de cultura”, devolverle su valor de uso, que ha sido sustituido por el valor de cambio. “En diez años cabe imaginar que el libro y la lectura hayan dejado de pertenecer al ámbito del humanismo para asumirse como parte de las industrias del ocio y entretenimiento”, afirmaba Bértolo en aquella entrevista. Todavía no han pasado diez años desde el 2012 y, si bien los dados ya están echados, el reto eternamente postergado por los responsables políticos es dar un volantazo y tomarse la cultura verdaderamente en serio.