De cuando en cuando.

De vez en cuando.

Cuando mi padre y yo hablamos mucho tiempo seguido acabamos siempre en las mismas cosas. Es una vuelta a los orígenes, normalmente los suyos. A veces pienso que me utiliza para recordar, como si fuese un líquido que engrasa su cadena neuronal hasta el hipocampo, dando un empujón a su memoria a largo plazo. Una de esas regresiones que le gusta relatarme es cuando siendo yo pequeño me castigó encerrándome en el cuarto de baño de la planta de arriba de la casa de mi abuela Concha, en Ayamonte. Me repite sin mirarme que lo siente; que, seguramente, aquello me causó un trauma y que eso, puede, también haya significado una falla en nuestra relación. Creo que, pese a que me lo cuente por teléfono, puedo seguir los gestos y expresiones con los que acompaña la anécdota. Lo llamo anécdota porque yo recuerdo aquello muy vagamente, por haberme obligado a olvidarlo, porque he aprendido a inmovilizar mis entrañas cada vez que, frente a mí, lo verbaliza. Él, en cambio, suma pequeños detalles al mismo, convirtiéndolo en un cuento. Quizá de terror. Quizá de nostalgia. Quizá de arrepentimiento. Quizá mentira.

Todo es culpa mía. Todo. Yo provoco esa intensidad, yo lo obligo a que decida abrirse y compartir lo que él es, lo que él ha vivido, lo que en él sucede. Yo sé que, la mayoría de las veces, pese a soltarlo todo, sigue sintiendo que le queda, que reluce en su fuero una esquirla de yo que desea salir. Y ahí es donde entra mi parte: mi silencio. Acabo por no decir nada, por no transgredir sus confesiones, dotándolas de perdón, de consuelo, de halago, de redención. Eso me convierte en un ser deleznable que, por no perdonar, no se perdona. Pues mi padre no es más que un reflejo de lo que yo seré, una hipérbole de mi personalidad actual. Yo no lo acepto. Él, que me ha llevado durante cuatro años, dos veces a la semana, durante 52 kilómetros, desde mi pueblo hasta el conservatorio, con la correspondiente espera. Él, que me entregó una pequeña oportunidad para jugar al fútbol llevándome también a bastantes kilómetros durante algunas semanas. Él, que ha corrido creyendo que me había perdido, mientras yo dormía entre dos sillas dentro de un bar. Él, que me ha dejado irme; que me ha dejado volver. Que me ha perdonado mis innumerables errores. Mi mal humor. Que me ha enseñado música. Que entiende algunas cosas. Que ha bailado conmigo. Que me ha explicado otras. Que me ha dado espacio. Que no me abandona. Mi padre es mejor que yo y quizá, por eso, no quiero ser él. Por esa obcecación mía de negarme la felicidad.

Cuando me llama por teléfono, estos días, me dice: “Ahora que eres editor. Ahora que eres una especie de escritor, que tienes talento para narrar cosas, apunta esto. Apunta lo que nos está pasando, lo que le pasa a tu hermano, lo que le ocurre al mundo; para que no se nos olvide, para contarlo”. Y yo lo apunto, lo que sucede y lo demás, señalo en mi cuaderno algunas cosas que recuerda, pese a no necesitarlo, por tener esas historias que me repite clavadas en la zona fascicular de la corteza suprarrenal, como si fuese un castigo; siendo, sin embargo, otra cosa; quizá una ofrenda. Él me entrega su vida, él me dicta su experiencia y me hace partícipe. Él quiere que aprenda. Él me quiere.

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La vida puede llegar a ser realmente violenta. La hostilidad siempre anda al acecho. El mundo confabula para sacarnos lo peor, como si se alimentase de la crueldad. Se nos llena la boca de amargura, envenenándonos. Pese a ello, no deja de darnos oportunidades para quedarnos en paz. Esta es su dicotomía.

En cambio, la naturaleza, fuera de la definición de vida humana o social, no nos tiene en cuenta, no posee conciencia, no decide, y lo que nosotros consideramos un cataclismo, para ella es un ciclo normal de su existencia. Ella perpetúa aún a riesgo de ponerse fin a sí misma. Sin ser tampoco hay final.

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“Tu madre y yo no nos decimos que nos queremos. Sólo a veces en la distancia. Pero nos queremos”. Cuando me dice esto también se refiere a nosotros. A cada uno de los que formamos nuestra familia. Es su manera de reconciliarnos, su modo de contener la distancia en un puño que tiembla ya de ejercer la fuerza durante tanto tiempo. Algo que parece que en cualquier momento puede romperse.

A veces la única manera de mantenerse cuerdo es admitir que la situación te ha superado. Que te falta la energía necesaria para resolver ciertos conflictos. Que, como todos, estás cansado. Y cuando eso ocurre en las conversaciones que tenemos mi padre y yo, es cuando de verdad reconocemos la sangre que se enfría, la misma que nos recorre, con todos sus códigos y hebras. Porque cuando esto termine querremos regresar para calmarnos y decirnos que lo sentimos, porque puede ser ahora o nunca y esa es la verdadera carga que nos pesa.

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