España torera, José Tomás jugando con la muerte. Niño que la provoca. Que la toca y la traspasa. La muerte huye de él, como lo hace de todos los que son valientes de verdad. España es temeraria y por eso resiste.

España suicida. Tanto sol es malo. La luz muestra hasta la oscuridad que se esconde. El sol calienta nuestra sangre. Hierve en nuestra cabeza, deseosa de acabar reventada en la acera de la calle. La única “azotea” que nos funciona es desde la que nos lanzamos al vacío.

España solitaria. De “tinder” donde tender los cuerpos. El amor es una aplicación en periodo de pruebas. No nos fiamos de nadie, pero nos los follamos. La confianza es algo que va desapareciendo, como ver la televisión. Estoy contento porque mis amigos virtuales no me obligan, como los otros, a quedar con ellos a tomar vinos y cañas, a contarnos nuestras cosas a la cara, con la empatía que proporciona la piel, con la alegría contagiosa que provocan las risas de los otros. Me parece de una mala educación horrible, que alguien me quiera separar de quien no me exige nada, porque nada le importo. No hay libertad como la que te quita presión. Un gatillazo viendo porno siempre será mejor que con mi guapísima vecina del séptimo. España blanda, inconsistente, un edificio que se derrumba.

España musical. Rosalía tiene una joyería en la garganta y una mina de carbón en los ojos. Cuerpo de guitarra donde las cuerdas cantan. Uñas flamencas de guitarrista. España que araña. Rima animal. Rima que sangra. Cicatriz permanente en la piel de toro. Rosalía cantando en español o en catalán sin tener ningún complejo. El mundo es un lugar muy grande para hacerse uno más pequeño aún. La cultura es de todos y nadie puede apropiársela. Ella conoce profundamente sus orígenes y la expande al compás de una mente donde retumba el arte y la inteligencia.  Sangre latina y flamenca, trans(fusión) cultural. Rosalía redescubre América para una España que se ha quedado en Europa. Bud Bunny o J.Balvin bailando y cantando un reggaetón con ella, es el lazo que más ha acercado a las dos partes en los últimos cien años. España y América, dos cuerpos que bailan, sangres calientes que sudan, que se mojan, que se empalman, que se corren, cada uno en su lado del charco.

Áspera y sentimental. Perversa y cariñosa. Una puta que te abraza pero que te cobra el doble por hacerlo. Un país donde te chulean los imbéciles. Que son los que más gritan, y que si un día tienen mal la voz, tendrán a una gran parte de la población haciendo lo que haga falta para entregarles un megáfono. Aquí solo se oye el ruido. España es un país de interferencias. Los españoles llevamos un continuo sonido chirriante en nuestras cabezas. Los oídos nos los tapamos con las manos para no escuchar las estupideces de los demás.

Los españoles escuchan a Angels, a Federico, o a los “Carlos”. Que la radio informa más que la televisión es lo mismo que no decir nada. Que esos comunicadores piensen por nosotros. Bastante tenemos con obedecer a los que representan las distintas líneas de poder de este país. Una España libertaria es una utopía y por tanto una esperanza. Que nos “piensen”, pero luego haremos lo que nos dé la gana. Los tertulianos, esos pseudo-intelectuales, intentan explicarnos en esos espacios de televisión, como hay que pensar y que opinión debemos tener. Se pueden ir a la mierda. Trileros de primera, estómagos agradecidos que recitan y repiten como loros lo que su mafia correspondiente les dicta.

¿Y qué es un tertuliano-intelectual en España?. ¿Un escritor?. Vamos, no me jodas. Un escritor tiene un talento para contar historias por escrito, pero hablando me interesa lo mismo que lo que pueda decir un mono gibraltareño. Un escritor debe hablar en la intimidad y más aún si lo hace con Aznar. Plá, catalán universal, no hubiera hablado con él ni con nadie, si la sociedad le hubiera ayudado para poder vivir sin hacerlo. Cuanto más le llamaban intelectual, más se enroscaba la boina. El payés de las palabras que “gitaneaba” con ellas con su duende y con su gracia.

¿Y un periodista es un intelectual?. Los que salen en televisión se creen que nos chupamos el dedo. Y en muchos casos tienen razón. Soy bastante observador y me gusta salir a la calle a encontrarme con la cotidianidad que ha decidido marcharse aunque sea solo por un día. Cuando esto ocurre me gusta fijarme en esos dedos arrugados del personal. Están rechupeteados hasta el delirio. Autofelaciones digitales, babeantes y grotescas. Y yo me pregunto, ¿En qué coño están pensando la población masculina cuando lo hacen?. Los mejores coños de España los ha escrito Juan Manuel de Prada. Desgarrador, excéntrico y siempre buen escritor. Hay hombres que para meterse con otros les dicen que sus dedos parecen manojos de pollas y algunas mujeres que los escuchan piensan que ojalá fuera así.

Los periodistas que salen en nuestra televisión saben de todo. Se les llama tertulianos, aunque en el Café Gijón, Umbral los hubiera echado a hostias. Como Jesucristo a los mercaderes en el Templo. No me gusta la mercancía que me vendes. Camello jorobado por los golpes que te daría si fuera violento, pero que si te los dan otros, supondré que están bien merecidos. Ojalá tú droga fuera adulterada. El problema es que no hay droga, solo una ilusión a la que engancharse.  En las tertulias de café, el que más aprendía era el que callaba. En las de la televisión, el que más lo hace es el que la apaga. El maestro Alvite ya lo decía: “la televisión es un aparato que mejora con los apagones”. Los tertulianos no encienden brillantes ideas, sino que funden plomizos mensajes adoctrinados por sus amos. Ellos son las marionetas en el teatrillo y nosotros los niños necesitados de una fantasía en la que creer, y la televisión es ese mundo fantástico perfecto para confundirse con el real.

Cualquiera que respeta la palabra escrita, sabe que eso de que una imagen vale más que mil palabras es una patraña. Y recalco que estoy hablando de la palabra escrita, no de la que prostituyen cada día esos tertulianos tan intelectuales. Una frase de Larra, Quevedo, Galdós, Pardo Bazán, Valle Inclán, Gómez de la Serna, Lorca o Gil de Biedma, vale por toda la España de intelectuales-basura, que esparcen los excrementos de sus cerebros, ideados para confundir al pueblo y así seguir “pensando” que siguen siendo una élite. La élite de la carroña. La élite culpable de hacer analfabeto a un pueblo. Quieren engañarnos cuando ellos son la mentira. Da asco su cobardía y enternece ver la alegría en sus ojos cuando han logrado transmitir el mensaje que los hijos de puta de sus amos les ordenaron decir.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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