Las dos formas de viajar más esenciales son gratis y, quizás por eso, casi siempre las damos por supuestas y acabamos menospreciándolas. La primera es la lectura: leyendo podemos viajar en el espacio y el tiempo, visitar lugares prohibidos o inaccesibles, trasladarnos a mundos existentes solo en las mentes del autor y del lector. La segunda forma básica de viajar es el paseo; pero no se trata solo de dar vueltas con o sin rumbo por la ciudad, sino de descubrir nuevos espacios gracias al azar y de redescubrir lo que la cotidianidad nos vela día a día, mirando de otra manera cuanto nos rodea. Este paseante crítico, el flâneur, era para Baudelaire un poco artista, ya que su forma de andar lo individualiza, lo saca y destaca de la masa indiferenciada de meros peatones. Pero así como la educación y los libros eran hasta hace relativamente poco el privilegio de una minoría, las calles y la libertad de movimiento tampoco han estado siempre disponibles para todos. Especialmente para todas.

«Este paseante crítico, el flâneur, era para Baudelaire un poco artista, ya que su forma de andar lo individualiza, lo saca y destaca de la masa indiferenciada de meros peatones»

Esto constata Anna Mª Iglesia al analizar el fenómeno del callejeo o vagabundeo con una mirada crítica propia de un flâneur: «No hay que negar el carácter contestatario de la figura del flâneur desde Baudelaire hasta Walter Benjamin, pasando por Louis Aragon o Janin Jaloux, pero tampoco hay que negar que dicha contestación se realiza sin ninguna perspectiva de género». La tesis principal de La revolución de las flâneuses (Wunderkrammer, 2019) es, pues, que la revolución de los flâneurs, como otras revoluciones, se quedó a medias porque silenció a la otra mitad: las flâneuses. Y el ensayo de Iglesias nos da a lectores y lectoras herramientas para conocer la historia de las paseantes, las pioneras que se atrevieron a exigir la libertad espacial e intelectual que la sociedad les negaba por ser mujeres.

La propia lectura de La revolución de las flâneuses resulta un viaje flâneur, porque nos obliga a mirar de forma diferente los lugares que nos envuelven, demasiado envueltos de rutina. Iglesia nos explica que, en el siglo XIX, las mujeres que osaban salir a la calle solas y solo para pasear en seguida eran clasificadas como prostitutas y, por tanto, se convertían en víctimas potenciales de la violencia destinada a las prostitutas. Irónicamente, estas —no por nada aún son llamadas «mujeres de la calle»— fueron las primeras en disfrutar del dudoso privilegio de ser flanêuses; pero los privilegios de la mujer paseante siempre se han repartido de forma contradictoria: las mujeres obreras disfrutaban de más libertad de desplazamiento en la ciudad que las burguesas porque tenían que ir a trabajar, mientras que las segundas estaban mucho más recluidas, aunque, eso sí, en sus torres de marfil.

«Iglesia nos explica que, en el siglo XIX, las mujeres que osaban salir a la calle solas y solo para pasear en seguida eran clasificadas como prostitutas y se convertían en víctimas potenciales de la violencia destinada a las prostitutas»

Si el flâneur encarnado por Baudelaire y analizado por Walter Benjamin se mueve entre la multitud como si fuera invisible o demasiado insignificante para el cedazo de la masa, la flâneuse nunca ha gozado de esta suerte. Todo lo contrario: la mirada objetivadora del hombre impide que la mujer se desplace como él. Por eso, condenadas a ser miradas antes que a mirar, muchas mujeres decidieron travestirse para poder experimentar en qué consistía ser más sujeto que objeto y, así, convertirse en flâneurs y artistas. Es el caso de George Sand, la escritora que escondió su nombre y género verdaderos para poder escribir y pasear como sus colegas con pene. La segunda gran escritora incluida en el libro de Iglesia es Flora Tristán, otra feminista, viajera y flâneuse pionera, aunque a diferencia de Sand nunca ocultó su identidad sino que se autoafirmó en su condición de «paria».

Sand y Tristán, francesas, pasearon por París y por Londres, ciudades que en sus textos quedaron retratadas y que, gracias al libro de Iglesia, se han convertido en las capitales de La revolución de las flâneuses. Otras escritoras en las que pivotan las atractivas reflexiones y los estimulantes paseos de Iglesia son las españolas Luisa Carnés, Carmen de Burgos y Emilia Pardo Bazán, así como las anglosajonas Louisa May Alcott, Rebecca Solnit y Virginia Woolf.

No obstante, más allá de las coordinadas geográficas y literarias, quizás lo más sorprendente e innovador de La revolución de las flâneuses sea el uso que su autora hace del arte: en vez de la habitual cita que abre los diversos capítulos, un cuadro ilustra el inicio de cada episodio, sirviendo a continuación como apoyo para desarrollar sus teorías. Así, la mujer que lee en el Comparimento C (1938) de Edward Hopper no es considerada solo un símbolo de la soledad, sino sobre todo la encarnación de una conquista feminista. Es la mujer que puede salir sola de casa, pasear sola y estar sola en un tren; puede, en fin, permitirse el lujo de la soledad. El cuadro de Hopper nos recuerda, como el ensayo de Anna Mª Iglesia, que hasta las más obvias libertades —la lectura, el paseo, la soledad, el viaje— son fruto de las luchas de algunas valientes. Si aspiramos a más, no podemos olvidar la revolución de las flâneuses.

  • «La revolución de las flâneuses»
  • Autor: Anna Mª Iglesia
  • Nº de páginas: 160
  • Editorial: WUNDERKAMMER
  • Idioma: CASTELLANO
  • SBN: 9788494972539
  • Año de edición: 2019

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