“Si tomamos como punto de partida aproximado el final del siglo XVII”, escribía en 1978 Edward W. Said, “el orientalismo se puede describir y analizar como una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él”. Para el crítico de origen palestino, “el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente o, en otras palabras, es una manera de construir Oriente desde una posición de autoridad, primero de Europa y, posteriormente, de Norte América. ¿Cuál es la correlación que se instaura entre el Oriente construido por el orientalismo occidental y el Oriente ajeno a dicha construcción? ¿Qué queda fuera en la representación orientalística de Oriente? Estas son algunas de las cuestiones que Edward W. Said trata de analizar en su ensayo Orientalismo, cuyo punto de partida es la relación que mantienen, primero a partir del XIX, Francia y Gran Bretaña y, posteriormente, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos con Oriente.

A partir de lo teorizado por Said, ¿podríamos hablar también de un africanismo? Es decir, ¿puede hablarse de un estilo occidental que “pretende dominar, reestructurar y tener autoridad” sobre África? Si tomamos al escritor y crítico Ngugi Wa Thiong’o como referencia, la respuesta es irremediablemente positiva. En Descolonizar la mente, Wa Thiong’o insiste no sólo en el relato que desde Occidente se ha construido en torno a la realidad africana, sino en el relato parcial que desde los medios occidentales se ha dado y se sigue dando de África: “El estudio de las realidades africanas se ha llevado a cabo en términos de tribus durante demasiado tiempo. Cualquier cosa que ocurra en Kenia, en Uganda o en Malaui es porque la tribu A está enfrentada con la tribu B. Cualquier conflicto que estalle en Zaire, en Nigeria, en Liberia o en Zambia se debe a la enemistad tradicional entre la tribu C y la tribu D”, apunta el escritor, subrayando a continuación que “incluso la literatura se evalúa constantemente en términos del origen tribal de sus autores o los orígenes y las filiaciones tribales de los personajes de una novela o de una obra de teatro dadas”. ¿El motivo? Para Thiong’o no hay dudas: se busca desviar la atención de la gente acerca del hecho de que el imperialismo está todavía en la raíz de muchos de sus problemas. Con palabras distintas a las de Said, Thiong’o pone el acento en el mismo fenómeno, el imperialismo, y en la voluntad occidental de tener autoridad –política y económica- sobre África. “El auténtico fin del colonialismo era controlar la riqueza de los pueblos: lo que producían, la forma en que lo hacían y cómo se distribuía; controlar, en otras palabras, todo el ámbito del lenguaje de la vida real”. Y este control del lenguaje, apunta Thiong’o no pasa solamente por la imposición del inglés como lengua oficial, sino también por la imposición de un relato sobre sí mismos: África empezó a escribirse literariamente a partir de Occidente. El área de dominio del imperialismo, escribe Thiong’o, “fue el universo mental de los colonizadores; el control, a través de la cultura, de cómo las personas se percibían a sí mismas y su relación con el mundo. El control político y económico no puede ser total ni efectivo sin el dominio de las mentes. Controlar la cultura de un pueblo es dominar sus herramientas de autodefinición en relación con otros”.

Aceptando incluso el inglés como lengua literaria -afirma Gabriel Okara que el escritor africano deberá buscar “un inglés nuevo, todavía en comunión con su hogar ancestral, pero alterado para acomodarse a su nuevo entorno africano”– uno de los retos de la literatura africana es ir más allá del relato dominante, escribir a la contra del relato parcial o, incluso, falso proveniente de Occidente; en definitiva, escribir aquello que el lector no espera leer.
“La mayor parte de la cobertura sobre mi país se basa en la pobreza o la guerra, y esa no es mi experiencia, así que cuando la escribo dicen: ‘Vaya, esto es diferente’”, afirmaba Chimanda Ngozi Adichie en una entrevista con Amanda Mars. Americanah, la tercera novela de Adichie, responde precisamente a este propósito: narrar la propia experiencia, es decir, narrarse a sí misma, entendiendo el “sí misma” tanto el yo como el propio entorno, desde la conciencia crítica de un relato “africanista” que interviene en la construcción identitaria del yo sea en el país de origen sea en el país de acogida; en el caso de Adichie, Estados Unidos.

Americanah, otro relato

“En este país los autores negros que escriben narrativa, cuatro gatos si no contamos los diez mil que escriben gilipolleces de gueto con portadas chillonas, tienen dos opciones: pueden ser afectados o pueden ser pretenciosos. Cuando no eres ni lo uno ni lo otro, nadie sabe qué hacer contigo. Así que, si escribes sobre la raza, tienes que procurar ser tan lírico y sutil que el lector que no lee entre líneas ni siquiera se entere de que el libro trata sobre la raza”. El dilema que plantea Sha, uno de los personajes secundarios de Americanah, es el dilema al que se enfrenta la protagonista, Ifemelu, joven nigeriana en los Estados Unidos pre-Obama, en el momento de construir un relato en primera persona sobre su experiencia en Norteamérica. Los textos escritos en su blog Raza o Curiosas observaciones a cargo de una negra no estadounidense sobre el tema de la negritud serán el relato de esa experiencia y, a la vez, la respuesta a una identidad que, nada más llegar a Estados Unidos, queda entre interrogantes: ¿Quién es ella en la sociedad estadounidense? Y, sobre todo, ¿quién es Ifemelu, ahora? ¿La misma Ifemelu de Nigeria?
En su blog, Ifemelu desoirá las “advertencias” de Sha: no hay lirismo en sus textos ni tampoco disimulo. Ifemelu habla de la raza como problema: “Yo vengo de un país donde la raza no era motivo de conflicto; no pensaba en mí como negra, y me convertí en negra precisamente cuando llegué a Estados Unidos. Cuando eres negro en Estados Unidos y te enamoras de una persona blanca, la raza no importa mientras estáis los dos juntos y a solas, porque estáis únicamente vosotros y vuestro amor. Pero en cuanto salís a la calle, la raza sí importa. Pero no hablamos de ello. No comentamos siquiera a nuestras parejas blancas los pequeños detalles que nos sacan de quicio, ni las cosas que nos gustaría que entendieran mejor, porque nos preocupa que digan que exageramos, o que somos demasiado susceptibles”, contesta Ifemelu a una “poeta haitiana” que cuenta con satisfacción que “en California, había salido con un hombre blanco durante tres años, y la raza nunca les había creado ningún conflicto”.
El problema racial perdura, insiste Ifemelu, pero se silencia o, incluso, se niega, según la regla de lo políticamente correcto. Nadie reconocerá ser racista, pero el racismo está ahí, en la sociedad norteamericana, pero también en la cultura europea, como experimenta Obizne, el amor de juventud de Ifemelu, que viaja hasta Londres, donde sobrevive con un falso permiso de trabajo hasta que lo extraditan por falta de papeles. Obizne es también testigo del silencio que rodea el tema racial, un silencio que practican todos, incluso ellos, las víctimas del racismo: “Emenike contó la anécdota del taxi que intentó parar una noche, en Upper Street; de lejos, el taxi tenía la luz encendida, pero, al acercarse, la luz se apagó, y Emenike supuso que no estaba de servicio. Cuando el taxi pasó de largo, Emerike miró hacia atrás despreocupadamente y vio que la luz volvía a encenderse y un poco más allá, en la misma calle, se detenía para recoger a dos mujeres blancas. No es el relato de Emenike aquello que sorprende a Obizne, sino su actitud ante sus amigos ingleses: “No mencionó la rabia que sintió allí de pie en esa calle, mirando el taxi”, tampoco “el estado de agitación” en el que entró ni el “temblor de las manos”.
Lo experimentado por Obizne en Londres lo experimenta Ifemelu en Estados Unidos y no tarda en escribir en su blog: “En principio, las personas negras no deben indignarse por el racismo. De lo contrario, no obtendréis solidaridad. Esto es solo aplicable a los progresistas blancos, dicho sea de paso. No os molestéis en contar a un conservador blanco un suceso racista que os haya ocurrido. Porque el conservador os dirá que sois VOSOTROS los verdaderos racistas y os quedaréis boquiabiertos”. Ifemelu, a través de su blog, y Adichie, a través de la novela, muestran como el tema racial está en la base de todas las relaciones sociales, desde las relaciones de amistad y de amor hasta las relaciones de poder. No se puede escapar de la definición racial: “Queridos negros no estadounidenses, cuando tomáis la decisión de venir a Estados Unidos, os convertís en negros. Basta ya de discusiones. Basta ya de decir soy jaimaicano o soy ghanés”, advierte Ifemelu desde su blog, donde, además, insiste en que no es lo mismo ser un africano que llega a Estados Unidos que un Afroamericano, aquellos que “descienden de los esclavos”. Si Ngugi Wa Thiong’o criticaba que la lectura que se hace de África es siempre en términos de tribu, Ardichie nos muestra como el concepto de tribu se ha trasladado a Estados Unidos, divida sociológicamente por “tribus” raciales –“los hispanos son los compañeros frecuentes de los negros estadounidenses en los ránkings de pobreza, los hispanos están a un breve paso por encima de los negros estadounidenses en la escala racial estadounidense”– y cada una de las tribus adquiere un rol social que se manifiesta, ante todo, en la manera de comportarse y de relacionarse con el otro: “las personas negras tienen un gen que las lleva a no dejar propina, así que, por favor, imponeos a ese gen. Si contáis a una persona no negra algún suceso racista que os ha ocurrido, aseguraos de que no hacéis con resquemor. No os quejéis. Sed tolerantes. Si es posible, presentadlo con humor”, advierte Ifemelu en su blog.
Y si bien es cierto que, como apunta Elvira Lindo en el prólogo, el expatriado de Adichie es alguien que “no renuncia a su cultura para asimilar otra, no se avergüenza de sus orígenes y se convierte, a través de la experiencia del nuevo mundo, en una persona en la que han de convivir dos identidades”, el camino a esa no-renuncia es largo y pasa por la asimilación de haberse convertido en el Otro y a cuestionarse el modo de interactuar en sociedad: ¿disimular la propia proveniencia o reforzarla? ¿adoptar los habitus comportamentales que se espera de una “negra” como ella o negarse a ello, consolidando la propia individualidad? De ahí las diatribas internas de Ifemelu sobre si alisarse el pelo y esconder el encrespado – ¿Acaso Michelle Obama no se plancha el pelo? Se pregunta la protagonista- o sobre si disimular el acento y convertirse, al menos lingüísticamente, en norteamericana.
Los recientes altercados racistas, el resurgido Ku Klux Klan y las afirmaciones de Trump no sólo demuestran que la cuestión racial perdura, sino que, lejos de las esperanzas que muestran algunos de los personajes de Adichie, Obama no ha conseguido vencer el racismo. “¿Nadie se da cuenta de lo ridículo que es preguntar a la gente si está preparada para tener un presidente negro? ¿Estáis preparados para que el ratón Mickey sea presidente? ¿O qué tal la rana Gustavo? ¿Y Rodolfo el reno?”, pregunta indignada Ifemelu. Los interrogantes que los “progresistas” se ponían ante la “preparación” de la sociedad estadounidense ante la llegada de un presidente negro reflejan de por sí la centralidad de la cuestión racial. Obama no era un simple candidato, Obama era un candidato negro. La adjetivación racial le acompaña, acompaña a todo norteamericano que no encaje dentro de las siglas de WASP. El negro, termina diciendo Ifemelu, no deja de ser negro, el afroamericano, afroamericano; el hispano, hispano y el “blanco pobre”, blanco pobre, pero siembre blanco.
Las recientes manifestaciones racistas en Estados Unidos confirman la actualidad de Americanah, sin embargo, la novela de Adichie trasciende la circunscripción geográfica y temática; sustituya “raza” por “género” y la lógica discriminatoria para la construcción del Otro será la misma. La (i)lógica racial es la ilógica de género y, antes que nada, la ilógica de clase: es la (i)lógica que sustenta la construcción de ese Otro al que vaciamos de palabra, para construirlo desde un relato impositivo, ese mismo relato al que apelaba Wa Thiong’o refiriéndose al imperialismo. Construir al Otro es dominar “sus herramientas de autodefinición” y lo que hace Adichie en Americanah es restituir a ese Otro la herramienta para definirse ya no como Otro, sino como un “yo” y, consecuentemente, es convertir a la literatura en discurso auto-afirmativo de una experiencia individual que, en su individualidad, trasciende los pronombres y las etiquetas de raza, de género y de clase.