Lloramos a escondidas. Como si nos per/siguiera la Atlántida desde el gen que asumimos entre el pan y los edificios verticales. De qué nos sirvió el verano, oh ruiseñor de la nieve. Hemos dejado de leer a Luis Cernuda, porque hemos detenido todas esas casas que se van con los vientos, hacia un infinito in/coloro, hacia las compresas que nos guardamos en los bolsillos de la canadiense, hacia un tiempo que ya sólo existe en las grandes riadas de los valles tibetanos. Tas d’encules¡, sometidos al arbitrio de nuestros conflictos interiores, que son varios, tampoco, tres, quizá unos cuantos, quién sabe si todos. Perdidos como hojas de otoño que caben en el agujero del alfiler, pinzando los tics y el bohordo que nos sacuden como guerras napoleónicas. Hemos dejado de gozar la vida. Pero ¿qué es la vida?, ¿cómo se nos presenta?, ¿adónde pre/tendemos llegar? No lo sabemos. Ésa es la única realidad. Ése es el auténtico camarlengo.

Arrastrados por la Clío de los instantes que se suceden como páginas en blanco, ya no sabemos de qué manera de/tener este frío en los cuellos de las camisas que nos de/vuelven a los condotieros que asumimos como reales, pero que no son más que ofensas contra nuestro cielorraso que nos con/sume, en el pero de lo absurdo, en el paseo de Buster Keaton, en la cíclica constatación de que no somos lo que somos, sino lo que nos viene como un perfume de colonia de actor de cinematografía en las cuencas mineras donde habitamos. Y hay un dolor que coliga alrededor de todo lo que hacemos. La tu…

Pero este dolor no nos viene desde la cuna, donde llorábamos porque aún no com/prendíamos la astronomía, el paisaje de las colinas, las novelas de Elías Canetti, en todo caso, porque la edad nos sitúa en la com/prensión del mundo, que ya de por sí es in/comprensible, y hay quien se obstina en destinarnos hacia aquellas tierras donde la luz nunca llega, donde el llanto se cuelga de los brazos de los títeres como un collar de perlas Majorica. Llavors, es en esos precisos momentos, mientras la política inter/nacional y los datos económicos nos deniegan la lectura de Demóstenes, una brisa por los olivos, el amor que necesitamos, cuando empezamos a entristecernos y a quedarnos bloqueados ante la gran pantalla del televisor, donde ocurren las noticias como melo/dramas de novelas que jamás fueron escritas. Ta gueule, pèpére. El sufrimiento forma parte de nuestras vidas, porque es innato al hombre, porque en cuanto cumplimos tres meses de edad ya nos damos cuenta de que existe la meningitis, la guerra del Vietnam, la especulación de las finanzas. Vivimos en un mundo tan sumamente real que nos hace daño, que nos so/mete a una-angustia-dibujada- -en-los-cuadros-expresionistas, y Alekséi von Jaw/lensky ya retrata esta evolución del hombre en su rojo de urgencia y de/negación. ¿Por qué nos duele vivir? ¿Cuál es la razón para que asistamos a esta melancolía per/manente? Suena el móvil.

A/costumbrados al rumor de las olas, a un paisaje donde el hombre nace y es bañado por las aguas de los manantiales, nos sucede que, así como crecemos vamos deparando en el demontre de las sílabas de las palabras. Pero no sabemos muy bien de qué manera explicar las cosas. No sabemos muy bien cuál es el contenido del duramáter, porque el cerebro, en este mundo tan avanzado científica y tecnológicamente, es el gran desconocido. Y los doctores de los dibujos animados nos recetan comprimidos y realidades electromagnéticas para escapar del dolor, pero éste siempre está ahí, como una pelota de tenis que va de campo a campo, como una cesta de frutas que no tiene frutas, porque ya todas las han pintado Cézanne o Roger de La Fresnaye, porque el jazz ya no suena como en Rayuela, porque ya no hacemos sonar el dulcémele, porque ya no somos ni tiernos, ni dulces, ni solidarios.

Hemos entrado en la agonía de la megalomanía, aplicada a un mundo que nos manda, que nos constata obligaciones tributarias, números débiles para los hospitales, desahucios que son silencios de gaviotas rosas, mercadería en la que entraría Jesús con su látigo, un tiempo global para momentos difíciles. Pero. Pero. Sí. Pero esa instantánea, fijada por Trey Ratcliff, que nos ahoga y nos oprime, que no nos deja ver con claridad el durazno del cubismo, el dumping que se esconde en todos los salones donde las tarjetas bancarias re/corren una invisibilización que nos afecta a la hora de entrar en los hipermercados y no tener nada que comprar, deduzco es completamente falsa… Es lo dolor. Yes it is. Es el dolor. Así lo decimos. Incluso lo decimos. Es el dolor. Una cercanía que nos expulsa de los campos donde se juega a béisbol. ¿Y nos/otros qué hacemos aquí? ¿Y nosotros qué coño hacemos aquí?

Hacemos lo que hacemos. Aguantar este caracal en que nos hemos con/vertido ante la protesta de los astros, de los bebés de color negro, de las mujeres que viven en las islas de Ko Samui. Nos en/frentamos ante-un-dilema-terrible: ¿cómo combatir este archipiélago Gulag en donde residimos?, o mejor, ¿cómo con/tinuar manteniendo esta rozadura de cristales rotos que nos aproxima a un fascismo en donde no es que el hebreo sobre, sino que todos ya somos sefardíes entre las aguas que nunca jamás vol/verán a pintar los artistas re/nacentistas? Nos han explicado las cosas a la manera contraria. Nos están dando una muerte pequeña en cada una de las sillas de los snack-bar donde nos sentamos.

Nos han dejado acudir a la tenebrosidad de Caravaggio, hacia arriba o con demasiado frío. Las neveras están vacías y el gas ya no llega a los cinco minutos en donde vivimos. Existe un boicot para la literatura que bocina en la neurología en que consistimos, pues hemos quedado re/ducidos a un antia que sólo resiste en medio de los volcanes. Esta vulcanización nos limita la anticresis que nos capona toda irradiación a un humanismo que ya se da como perdido. Todo eso –el juego deportivo- nos hace llorar y, por esa causalidad que lee la chambre negra, con/sigue que amanezca el dolor como una alción que se apaga en todas las noches. Fondrait quand même laisser dormir les gens. El alba afina la aflicción, una escuela funeraria que llega hasta la abadía carolingia de Saint-Denis. ¿Quién va a evitar esta noche tan larga como la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis? ¿Quién entrará ya para siempre en los coches oficiales aparcados en las peluquerías? Los vientos satíricos no son excesivamente felices cuando están juntos. Vivir nos gusta más que la ira.

¿Es el dolor el que produce esta indignación, este castellar de unidades moleculares sajado por el cinismo de los caballeros? Toda revolución hasta hoy ha sido violenta. Pero hemos aprendido. Lo sabemos. ¿Acaso no es cierto? Hemos aprendido a golpear el cielo raso sin derramar ni una gota de sangre, en la Castalia que es sólo agua, palabra precisa, verbo en gerundio. Podemos. Hallar de nuevo el idioma. Creemos que nos lo merecemos. Podemos sacar de la alacena todos los vasos rotos donde antes se aneaba este combate perpetuo que es el mundo. Busquemos con delicada extremosidad el andarivel que nos desportille esta agonía que conduce con la izquierda, en mitad de todo, a la cuenta de, dentro del douleur de un Goya despolvoreado. Así. Caminemos hacia ese sonido lakista de las fragatas, de las armas atómicas, las cuales nos rodean como las píldoras que nos venden para que per/damos la memoria. On es à le mond, pas en Amazonie. ¿Por qué mataron a John Lennon? Estamos untados de cok, de manos sangrientas de mayordomos que utilizan la publicidad para herir quien sabe si hasta el agua que somos con estos ojos que ya no miran, sino que observan hacia dentro encontrando tan sólo el corazón junto a la lluvia que cae desde las células. Han acabado con el cine. ¡Han acabado con el cine¡

Y ya no se cuidan los jardines. La naturaleza está siendo invadida por la creme de una filosofía aprendida en universidades de posguerra, y así vamos, dolidos, ¿entendés?, desde el cánido que nos ahoga en el álgebra, necios por mímesis, en la bramadera que siempre se nos cae de las manos, almohadados, branquiales sin conjunciones de oraciones subordinadas, constantemente vigilados por la policía, sordos y neuróticos, blandeando hacia el final de la i.

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