Con sólo veinte años llegó a escribir dos novelas y presagió su muerte anunciándola de esta manera: “Dentro de tres días seré fusilado por los soldados de Dios”, dijo el 9 de diciembre de 1923. Tres días más tarde, el 12, moriría bajo la ejecución del sargento tifus mientras corregía las pruebas de imprenta de su manuscrito “El baile del conde Orgel”.

Radiguet jugó a bohemio y pronto sería carne y cúpula de Jean Cocteau, quien amaba a los efebos tanto en África, como en Europa, como en una península donde no había península. Cocteau era el homosexual que poéticamente surrealista hervía en deseos cada vez que un adolescente se le cruzaba por la place Vendôme o por el Pont de Saint Marie. Cocteau escribiría bien de novelista, con el cual comporto yo el título de una obra: “Le livre blanc”. Yo también tengo un “El Libro Blanco”, en el que día a día voy contando mi vida y mi historia de ayer y en donde salen nombres, literaturas, bohemia, mi bohemia de entonces, aquí en Palma, donde todavía padezco ese título honorífico de “el poeta maldito de Palma”, pero nunca conocí a Raymond Radiguet, a quien el dramaturgo Cocteau en seguida lo enfila y se lo lleva por los hoteles y cafés de Le Madalaine. Esta relación sexual pronto es diagnosticada como el adolescente que quiere triunfar en el mundo de la literatura a base de poner el culo para que el genio le consiga por ahí unas regalies o unos royalties. Esto se ha dado mucho en cine, sobre todo en Hollywood, donde bellas ninfas aproximaban su pubis al pene de cualquier grueso director desde el chantaje erótico con tal de conseguir una protagonista. Se ha dado y se sigue dando. Cosa parecida sucede en el mundo de la moda, donde las yogurinas se emplazan ante un relaciones públicas o ante un modistillo –aunque casi todos suelen ser homosexuales- para servir las pasarelas y luego realizar algunos anuncios de publicidad de alguna colonia o de algún automóvil feroz y masculino. Radiguet fue ese yogurino que se dejó llevar por el disipado Cocteau, al que le gustaba tanto el opio –“Opium”- que sus confesiones adivinan ya el sexualismo homoerótico de aquellos púberes que se dejaban invitar a una cena con velas o a un café con whisky con el pretexto de admirar una obra que seguramente tenía más de maniobra que de obra.

    «El malditismo de Radiguet no es el malditismo de Rimbaud, no se parecen en casi nada»

No es el caso de Radiguet, pues éste escribió excelso y brutal y se anunció como el joven que venía a sustituir a Rimbaud. El malditismo de Radiguet no es el malditismo de Rimbaud, no se parecen en casi nada, a no ser que esa colocación del ano para que Cocteau / Verlaine les mostrara el mundo bohemio y les alzara a una fama que luego les persiguió. Rimbaud tuvo que marcharse a Abisinia y Radiguet tuvo que viajar al tifus, que ya es una cosa como africana y hebraica. Radiguet hizo la novela de la época, “El diablo en el cuerpo”, luego pasada al cine por Claude Autant-Lara en 1947, pero ya ese diablo decía mucho de esa forma de malditismo que cultivó Radiguet, joven elocuente, visitador de tabernas, viciosillo y visceral, pero un maldito, como un romántico, nunca lo serán si no se mueren pronto, como es el caso Rimbaud / Radiguet, porque si no hay muerte todo queda en un pequeño paréntesis de juventud donde todos hemos sido alguna vez malditos, crápulas, bebedores, educandos de drogas, violentos y fáusticos. Radiguet mantuvo una vida breve pero intensa, sin embargo, lo que le convierte, ya digo, en maldito es el tifus y no sus amoríos con Cocteau, quien mientras escribía “Les Enfants Terribles” ya se había olvidado de la carnalidad de aquel adolescente que amaba más a las mujeres que a los hombres, pero un hombre nunca viene mal si quieres publicar una novela, aparecer en una película o ser consejero de administración de una multinacional. El sexo tiene esas cosas, que es tan poderoso como el propio poder. Sexo y poder –el poder del dinero- vigilan y costean el mundo del arte, pero también el de la política, el de la economía y hasta el de los Premios Nobeles. Toda carne es capaz de venderse por un fajo de billetes de cien dólares. La dolarización supone más la aspiración tributada que no la autenticidad de esa tributación. El sexo es el lenguaje de los efebos/as que quieren pasar a los anales gracias a sus anos.

«El sexo es más poderoso que la muerte, y si ya juntamos sexo y muerte, como hay los casos, la completud sale asombrosa, garantista, histórica, leyenda y publicidad»

El sexo es más poderoso que la muerte, y si ya juntamos sexo y muerte, como hay los casos, la completud sale asombrosa, garantista, histórica, leyenda y publicidad. El sexo tiene ciento de matices, y todos son comprensibles, siempre que no se llegue a la vulneración de los derechos humanos, creo que se me entiende. La sexualidad es única en cada uno de nosotros, por eso no entiendo todavía cómo hay quien se escandaliza ante determinados comportamientos o determinadas contemporaneidades de lo sexual. Aquí es donde nos secuestra la hipocresía, pues normalmente quien se lamenta o denuncia públicamente la refundación de lo sexual, acostumbra a pecar en sus fantasías eróticas cuando hace el amor decentemente con su señora en un pisito del barrio de Salamanca. A mí que no me jodan, que los más salidos son los que luego van por ahí con autobuses con eso de “las vulvas son las vulvas y los penes son los penes”, o algo así, que no me acuerdo, eso sí, financiado por las FAES. El conservadurismo/cristianismo está intentando apuntalar esta vía salvaje o tierna de la sexualidad en unos tiempos donde ya estamos hablando del “poliamor”, esto es, que una mujer pueda amar desesperadamente a dos hombres a la vez y practicar los tres el sexo juntos o a la viceversa o a la contraviceversa o a la multiplicación de los peces y los panes o lo que ustedes quieran. Vamos hacia el amor libre, pues no habrá libertad hasta que no regresemos a los primates que somos y acudamos a lo erótico como algo natural, alejado de toda moral, de toda teología, de esta historia hipertrófica que ha decidido que un polvo debe echarse en una cama con hembra y macho para la simple reproducción. Váyanse ustedes a la mierda, señores y señoras del Opus Dei y sus políticos y su fanatismo. Que follar con quien o quienes uno quiere es un acto individual que debe leerse desde lo más puro y la más acendrada libertad de un ser humano compacto en pensamiento, cuerpo y libre albedrío. Es preferible fornicar desde la genética del neardental que no legislar la fornicación. Eso es algo mediaval, inquisidor, beatería, tocacojones o, mejor, purísima envidia. Y es que hay mucho egoísmo y mucha envidiosillo por ahí en materia de la sexualidad libre y el pensamiento más libre aún. La baja natalidad en Occidente se arregla con una política migratoria de puertas abiertas. Y eso no lo digo yo, sino los especialistas en demografía. Los conservadores es que quieren regresar a aquello del franquismo de la familia numerosa, para que podamos volver a rodar aquella peliculilla de “La gran familia”, dirigida por Fernando Palacios y Rafael J. Salvia en 1962. La única gran familia que existe hoy en día es la humanidad entera y es por ahí cómo debemos concebir lo sexual, el poliamor, lo multierótico, etc. etc.

«El cine tiene mucho de ano –tanto en macho como en hembra-, porque da la fama muy rápido, mientras que en literatura, en poesía, ese talento tarda en llegar»

El cine tiene mucho de ano –tanto en macho como en hembra-, porque da la fama muy rápido, mientras que en literatura, en poesía, ese talento tarda en llegar, ya digo, el joven o la joven que quiera triunfar es mejor que lo haga primero con la muerte, por ver si luego se levanta y se pone a tocar la guitarra española con los gitanos que siempre esperan bajo los puentes, sobre todo los de París. Por París anduvo Raymond Radiguet y su diablo en el cuerpo, pero ¿cómo era el cuerpo de Raymond Radiguet? Sin duda bello, actoral, principesco, esbelto de formas y de erecciones prontas. Cocteau / Verlaine tuvo su recompensa a base de ponerle la mano en el muslo cada vez que Radiguet / Rimbaud se sentaba bajo el mármol de un café del Quartier Latin o de Montmartre. El amor debe reinventarse, dijo el autor de “Una temporada en el infierno”, y es ahí donde se unen Rimbaud y Radiguet, justo en el título de sus poemas: diablo / infierno. Pero toda juventud no es más que un trámite y todo adolescente mantiene su infierno diablesco particular en cuanto empieza a hacerse preguntas sobre el porqué de su hastío, el porqué de sus malos amores, el porqué de su tardanza en conseguir la gloria. La gloria necesita edad, como la elegancia, las canas o la seguridad social, por eso el malditismo es algo que está o que no está, pero que no se puede presionar, pues si uno juega a maldito lo único que puede pasarle es que muera joven y deje un bonito cadáver, como son los casos que comento. El malditismo del cine y de la música a su vez casi pertenecen a ese mundo legendario que forma parte ya de una odisea homérica, pues, entre el alcohol, el LSD, los tóxicos artificiales y una camisa a trozos se va realizando la lista en la que no están todos los que son y ni se presentan ni se les quieren. No hay mejor manera de penetrar en el obelisco del romanticismo maldito o del malditismo romántico que el suicidio. Un suicidio, a lo Werther, a lo Sylvia Plath, a lo Kurt Cobain, a lo River Phoenix, a lo Brando Lee, a lo Dean, ya te esquematiza el aura del rebelde que quiso ver antes la cara de Mefistófeles antes que la de Dorian Gray. El suicidio literario también ha tenido su moje de rebelión en las aulas, pues para qué seguir viviendo si todo lo que escribo sólo sale en los periódicos y encima con faltas de ortografía, quizá era eso lo que pensaban Chatterton, Karoline Günderode, Kleist, Antero de Quental, Nerval o Beddoes. El romanticismo siempre ha dado muchos suicidas, pero no en época, pues todo suicido seguirá siendo romántico, en el XVIII o en el 2018. El suicidio es un acto compulsivo, sobre todo en la juventud, más que reflexivo, como son los casos ya de Walter Benjamin, Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Horacio Quiroga o Leopoldo Lugones. Y luego están los suicidados por aburrimiento, por excesiva vida o por trágicos escarceos en el tiempo, donde el tiempo al final te pasa la factura del médico cuando ya no hay médico, sólo cirrosis, aneurisma o vómitos sanguinolentos, como les ocurrió a Kerouac, Dylan Thomas, Darío, Alejandro Sawa, Verlaine –si bien éste aguantaba bien el hada verde, aunque no tan bien las tumoraciones-, Byron, Shelley y así todo seguido.

    «Raymond Radiguet se suicidó de tifus por querer alcanzar la gloria en unos segundos»

Raymond Radiguet se suicidó de tifus por querer alcanzar la gloria en unos segundos, como un motorista GP, pero lo que queda de él es más su biografía que su obra, pues existen vidas que pueden más que el propio arte y es ahí donde nos encontramos con esta gran contradicción que es el mundo del artisteo. Porque si mueres viejo, al día siguiente ya te han olvidado, pero, si te pegas un pistoletazo a lo Larra o a lo Wolf von Kalckreuth, o te endosas una sobredosis de cocaína a lo Trakl, lo que menos importa es la obra, que en según casos puede superar las edades, sino el biografismo, porque, insisto en ello, toda una biografía puede más que una colección de lienzos, unos gestos en la pantalla o unos versos a lo demodé. Radiguet, como Rimbaud, fascinó a los cenáculos parisinos, pero la juventud pudo más que la razón y un joven chulesco tiene más tirada que un adolescente modosito y con la boca cerrada. Rimbaud mandó a la mierda a todos los parnasianos y Radiguet escribió una novela escandalosa sobre el ejercicio militar y unos amores adúlteros. Los dos fueron culpables, por eso hoy las casas de los jóvenes poetas contemporáneos, tipo siglo XXI, están llenas de póster de aquellos que se precipitaron a la alucinación y a la muerte antes que dejarse aburguesar, tener tres hijos gemelos y comprarse ropa en los mejores almacenes de París. Hasta que un obispo -por ejemplo, el de Alcalá de Henares- y un seminarista de Cuenca no se casen en La Almudena de Madrid y en vez de un beso finito se marquen públicamente y ante las cámaras un lengüetazo y un tocamiento de penes, aquí nadie entenderá a nadie y no será nunca posible el futuro entendido como normalidad o como acceso a la libertad más absoluta. Y a mí que no me toquen los cojones, que tengo ladillas y estoy reposando en la cama ya cuatro días. Hay que joderse.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here