Me levanté esta mañana. Miré alrededor. El país se estaba derrumbando. Giraba a toda velocidad mi cabeza. Explosiones de brillo sacudían mi mente cada vez que cerraba los ojos. Intenté recordar qué sucedía. Nada. Miré la pantalla del móvil y ocurrió. Nada más. Después, todo fue oscuridad tamizada por explosiones de color que provocaban fuertes pinchazos de dolor en mis sienes. Saqué dos pastillas del blíster y, con un  café solo sin azúcar, me las tomé. Miré de nuevo alrededor. La pantalla del móvil me acechaba inquietantemente desde la mesilla de noche. Aparté los ojos de ella. Tambaleándome fui al baño y me lavé la cara con agua fresca. El dolor seguía. Las manos temblorosas apretaban mis sienes y vi reflejado en el espejo un grito sordo. Boquiabierto, dolorido, triste y asustado me dejé caer al suelo y me tumbé bocarriba.

Decidí ir tambaleándome al salón. Allí, en el mueble bar, estaría mi salvación. Descarté la ginebra y el vodka. Siempre fui de whisky. Miré la botella como náufrago que mira la tabla flotando sobre las olas salvajes de un mar embravecido. Nadé hasta la cocina con la botella cogida con ambas manos para que no se cayese. Me alcé torpemente para coger un vaso de la alacena y lo llené hasta los bordes. A grandes males, grandes remedios. Con las manos temblorosas conseguí alzar la copa y llevármela a los labios. Con el primer trago el suelo se aquietó un poco. El segundo me dio la serenidad suficiente para, a pesar de estar derrumbándose todo a mi alrededor, coger un taburete y sentarme. El tercero me hizo ver las cosas con otro color. Los pinchazos de mis sienes fueron sosegándose paulatinamente.

«La luz del sol fue el detonante para que mi cabeza dejase de girar. Lopetegui había firmado por el Real Madrid por tres años a contar desde desde el final del mundial»

Me acerqué al salón de nuevo y pude acercarme a la ventana. Levanté las persianas y la luz entró destruyendo a su paso el ambiente sombrío y triste. Abrí las ventanas y dejé que el frescor de la mañana entrase a borbotones. La luz del sol, limpia y clara, fue el detonante para que mi cabeza dejase definitivamente de girar. Me asomé a la ventana y el paisaje era tranquilo y claro. Aspiré una bocanada de aire y volví a mirar la pantalla de mi móvil. Tuve que mirar una y otra vez para asegurarme de lo que estaba leyendo. Lopetegui había firmado por el Real Madrid por tres años a contar desde desde el final del mundial. Abrí mis redes sociales y ardían con gente que estaba pidiendo la expulsión inmediata del entrenador navarro que había cometido tamaña atrocidad. Mira tú que firmar por el Real Madrid estando en la selección española. Estuve enganchado a la radio. A las redes sociales. A la televisión. Algo tenían que hacer para evitar esta afrenta. El presidente de la Real Federación Española de Fútbol fue a la concentración de la selección para dar satisfacción a la sed de justicia popular.

«Tras una conversación triste, entrecortada y mustia, convenimos que esta gente son profesionales del fútbol que están acostumbrados a vivir con la presión de lidiar con las necesidades de sus selecciones y de su club»

Un amigo me llamó alarmado ante la situación que estaba viviendo el fútbol español. Tras una conversación triste, entrecortada y mustia, convenimos que esta gente son profesionales del fútbol que están acostumbrados a vivir con la presión de lidiar con las necesidades de sus selecciones y de su club. Porque, de otro modo, los jugadores del Real Madrid dejarían pasar y no intentarían frenar las incursiones de Cristiano Ronaldo, en el partido que jugarían más adelante y, por su parte, los culés no dejarían que nadie de la selección se arrimase a Lionel Messi cuando jugasen con Argentina. Me asaltan unas preguntas: ¿No hay jugadores que aunque sus representantes están negociando su futuro, en cambio, luchan por su selección dejándose el alma en cada partido? ¿No son profesionales del fútbol y están acostumbrados a estas situaciones? ¿Olvidamos que un seleccionador, con un precontrato con otro equipo, fue el que puso la primera piedra para que esta selección estuviese en la élite mundial? ¿Entonces se duda de la profesionalidad de un entrenador que nos ha traído hasta aquí con una clasificación ejemplar y limpiando conductas raras del pasado? ¿Se monta todo este guirigay por tratarse del equipo que se trata?

Escuché y leí, enganchado como dije a Redes Sociales y prensa de todo tipo, las reacciones de periodistas de uno y otro bando. Había quién decía que tenía que dimitir todo el mundo, desde Lopetegui hasta Luís Rubiales, presidente de la RFEF y Fernando Hierro como su secretario técnico. Lo decían con un aplomo y una seguridad preñados de la mala leche propia de un “Peter Griffin” o un “actor secundario Bob” venidos a menos. Se rasgaban la camisa diciendo que tanto el Real Madrid como el seleccionador habían traicionado a una selección y, por lo tanto, a un país. Que unos por no informar, otros por no enterarse y otros por estar de paso, tenían que dimitir. Que, por la limpieza en las formas de la selección española de fútbol, tenían que irse.

Unos periodistas que durante todo el mundial, en todos los mundiales, están hablando de los posibles cambios de camisa de unos jugadores y otros. Que están hablando y haciendo caja de uno u otro cambio de camisa de un seleccionador. De futuribles fichajes y fichajes frustrados. Unos periodistas que, sin ir más lejos, horas antes estaban pidiendo a Griezmann que hablase sobre su futuro en la concentración de la selección gala y que, cuando les dijo que no era el día, le afearon la decisión. Esos mismos periodistas decían ahora, en su habitual ataque de doble moral y rasero, que Lopetegui y el Real Madrid tenían que haber hecho un Griezmann. Lo que resultó más sangrante fue que hubo algún periodista, silenciado después por cierto, que dejó entrever que el Real Madrid tuvo que hacer público el acuerdo porque parte de la prensa le había obligado a ello.

«El colofón fue ver a un presidente inexperto y, en este caso, torpe, prescindiendo de los servicios de un seleccionador invicto»

El colofón fue ver a un presidente inexperto y, en este caso, torpe, prescindiendo de los servicios de un seleccionador invicto. Prescindiendo tras un ataque, no de gastroenteritis que también, sino del autoritarismo más casposo y rancio, del seleccionador español. La excusa que puso es que él no se había enterado de la negociación. Espero que todos los jugadores que vayan a la selección tengan a bien decirle al señor Rubiales en qué punto están sus acuerdos de renovación con sus clubes, o las negociaciones con otros diferentes, para que él les dé su opinión y no tenga un ataque de cuernos que haga dar con los huesos del jugador de turno en su casa. Tras esto, presentó a Fernando Hierro como nuevo seleccionador. Vaya por delante el interés en que este ídolo de juventud haga el mejor papel posible y consiga llevar a la selección a conseguir colocarse su segunda estrella en el pecho sobre su escudo.

Después, lo único que pude ver fue cómo un bulto sospechoso colocaba otros bultos sospechosos en una furgoneta blanca y se marchaba. Vi cómo los tres bultos sospechosos iban por el aeropuerto para regresar a España y, aunque le hacían preguntas, no contestaban. Se emplazó a los periodistas al día siguiente, fecha en que haría una rueda de prensa ya en Madrid. Después de todo esto, pude verla. Ahí estaba. Esa era la mirada del adiós. Una mirada que se caracteriza por ser de ojo brillante. Entrecerrado. Enrojecido. Que suele estar aderezada con el gesto serio o agrio, según la ocasión lo requiera, y con enrabietada prisa para alejarle del lugar del delito.