Te dicen que vas ir en un descapotable ¿qué modelito escoges? Algo sexy y fresquito. Gafitas de sol y maquillaje suave, que es de día. Te imaginas ahí fardando con el carro a 120, (160 si no está leyendo esto ningún poli), todo es tan excitante… Preparas tu móvil. 

Para llamar no, claro está. ¿Queda alguien que siga creyendo que el uso principal de su móvil sea llamar? Si es así y está leyendo esto, le aconsejo que pase ya al siguiente artículo; aquí se van a leer palabrotas. A lo que iba. Que no, que preparamos los móviles para hacer fotos. Qué coño fotos, selfies. Por eso cuando nos compramos los teléfonos lo que más nos interesa son los megapixels y las App más chulas para editar nuestras arrugas, lunares y papada, entre otros defectos. Pues eso hice. Preparar la cámara frontal de mi iPhone y, también, mi mejor sonrisa. 

«Ho, ho, ho» ¿lo habéis leído como si fuerais Papá Noel? Bien, porque así salió de mi boca cuando ese auto del demonio, conducido por el mismísimo Pierre Nodoyuna, se puso en marcha. No hizo falta esperar a entrar a una autopista. Saliendo de una pequeña urbanización, sin asfaltar siquiera, mi pelo comenzó a enloquecer. Mi cabeza parecía una maraña de algas de la isla Sentinel del Norte con todos sus nativos, lanzando flechas a matar, incluidos. Apenas podía respirar. Era como cuando te tiras del tobogán más alto del parque acuático más grande, pero en vez de agua, aire. Mucho aire. Como si te pusieran unas gafas de oxígeno y te llegaran los pitorros hasta los senos paranasales. Una vez bien encajados en tu nariz, una hercúlea enfermera, a la que acaba de dejar su marido por una tan joven como tú, le da al turbo mientras te mira fijamente con ojos fríos y sanguinolentos. Juro que jamás volveré a imitar a Papá Noel. Jamás. El trauma de haber tragado pelos, polvo, mosquitos y seguramente algún moco helado, no podré superarlo nunca. Vale que iba detrás, lo mismo delante no se respira tantísimo viento. Pero no deja de ser un peligro. Te expones a sufrir una intoxicación por hiperoxia. Por un segundo creí que iba en un avión con la ventanilla rota. Un huracán que amenazaba con arrancar el asiento trasero y llevarme con él a pasear por la estratosfera. 

He de confesar que muy sexy no iba. Llevaba una rebeca con algunas pelotillas bien visibles. Y no sé de qué, porque apenas me la he puesto. Una vez en 1997 y otra en el año 2000. Años súper importantes en los que me cuidé mucho para tener tipín. En el 97 cumplía 18 años. En el 00 iba a ser el fin del mundo, si me iba a ir de este planeta, iba a ser con tipazo. Quería darle un mensaje al universo: mira la descendencia tan maravillosa que le vas a negar al sistema solar. 

Ayer también iba a ser un día especial. Me iban a pasear en un Mustang. Tenía piedras en la vesícula desde hacía unos meses por lo que la estricta dieta me tenía como el brazo de Donatella Versace. ¿En qué otro momento me iba a caber la rebequita tan mona que me hizo mi abuela? Ya compraré un quita pelotillas. Y un antipolillas. Deben ser las causantes de todas esas bolitas. Supongo que hacen como los escarabajos. Hacen bolitas y luego se la comen. Las polillas de mi armario deben ser muy trabajadoras y poco tragonas. Cómo las envidio. Hay días en los que no encuentro forma de levantarme del sofá para ir al club de salsa. Le dije a mis bailongas amigas que si me prestaban el bólido iría con ellas a darles una vuelta. En cuanto sepa cómo se cierra la capota lo mismo me animo a pedirlo prestado. Porque sabe Dios que no volveré a pasearme con un descapotable abierto a menos que vaya engominada con Super Glue, unas gafas de buzo y la boca como la chica de la portada de Silent Hill Revelation. Gente que tenéis un descapotable: a mí ya no me impresionáis. Os compadezco. Lo que llegáis a soportar por conseguir unas miradas. En invierno es ridículo abrirlo. En verano te quemas el cartón. Primavera, mosquitos, y en otoño ya hace rasca y se llena de hojas secas y polvorientas. Que no, que a mí no me convencéis. Intentáis rellenar un vacío existencial o montar a alguien que os cae mal para que pase de sexy a ridícula en cero coma. 

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Si necesitas conocer a una persona sincera de verdad, Susana Gálvez NO es la mujer indicada. Su currículum es un papiro repleto de falsedades con el que consiguió trabajar en todo lo que se propuso. Cocinera, directora de cuentas, ama de casa, escritora... Las croquetas le salían de maravilla. Los resultados de las campañas publicitarias eran una locura. Como mamá, sus 7 chiquillos ya los querría en su familia la reina de Inglaterra para lavar su imagen. Lo de escribir ha sido ya... lo nunca visto. Nunca visto...

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